En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo estén siempre con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, el mundo se nos presenta como un jardín que parece descuidado. Caminamos entre los surcos de nuestra propia vida y, al buscar un fruto, una respuesta o una señal de consuelo, solo encontramos tierra seca. Es una experiencia humana universal, y es, quizás, la más dolorosa de todas: el deseo de encontrar un sentido, un consuelo, una razón, y toparse solo con el silencio de una higuera que parece no haber dado lo que esperábamos.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de una higuera que, tras tres años de búsqueda infructuosa, está a punto de ser cortada. '¿Por qué ha de agotar la tierra?', pregunta el dueño. Es una pregunta que resuena con una crudeza terrible en el corazón de quien sufre. ¿Por qué el dolor? ¿Por qué la ausencia? ¿Por qué la vida de alguien tan brillante, tan lleno de promesas como nuestro querido Benjamin, tuvo que terminar tan pronto? Es la pregunta que golpea las puertas de nuestra fe cuando el cielo parece, por momentos, no responder.
Pero miren la respuesta del jardinero. Él no se apresura a destruir. Él dice: 'Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré abono, por si da fruto'. Ese jardinero es la imagen de la paciencia de Dios. Dios no es el dueño que exige resultados inmediatos bajo amenaza de castigo. Dios es el jardinero que se arrodilla en la tierra, que remueve el suelo, que se ensucia las manos con nosotros, que nos ofrece el abono de su gracia incluso cuando nosotros mismos sentimos que ya no tenemos nada que ofrecer.
Benjamin Vo era un chico que, con esa mente brillante que Dios le regaló, entendía perfectamente la lógica de los sistemas. Él podía navegar por los entornos de AWS o los mundos complejos de la inteligencia artificial con la facilidad de quien respira. Pero, ¿saben qué es lo que hoy, cuatro meses después de su partida, resplandece con más fuerza en la memoria de quienes lo amaron? No fue su capacidad de entender la tecnología, sino su capacidad de ser un 'jardinero' del corazón. Ben era un chico que, con esa curiosidad infinita que lo caracterizaba, encontraba en los pequeños detalles —en el ritual de observar aviones, en el sueño de 'Con Chim Airlines', en la calidez de su familia— una forma de cultivar el amor.
Quiero hablarles con mucha honestidad, Alan, Thao, y a ti, Ryan. Sé que en estos meses, el dolor ha intentado erigir sus propios muros. Hay mañanas en las que el vacío de Ben se siente como una tierra que ya no puede producir nada. Y en esos momentos, la mente, que busca lógica y orden, intenta buscar culpables. Se pregunta si algo se hizo mal, si hubo una señal que no se vio, si el destino pudo haber sido otro. Quiero que hoy, en este servicio de la Palabra, dejen caer esa piedra. Escuchen bien: la enfermedad que se llevó a Ben no es un castigo, ni es el resultado de una vigilancia fallida. Hay tormentas en esta vida que simplemente ocurren, misterios que escapan a cualquier control humano, a cualquier plan de ingeniería o de lógica. Ustedes no fallaron. Ustedes fueron los padres que amaron, que cuidaron, que estuvieron presentes en cada paso, en cada sueño, en cada momento de esa vida que, aunque breve en años, fue inmensa en gracia. Dios no les pide cuentas por lo que no pudieron controlar; Él los sostiene por el amor que entregaron. No se acusen de no haber sido Dios; ustedes fueron los padres de Ben, y eso fue suficiente para que él conociera el amor en esta tierra.
San Pablo, en la carta a los Efesios, nos dice: 'Grace was given to each of us according to the measure of Christ’s gift'. La gracia no es algo que ganamos; es algo que se nos da. Y el regalo de Ben, su sonrisa, su curiosidad, su deseo de ayudar a su tío ofreciendo sus ahorros, todo eso fue gracia. Cuando él quiso entregar todo lo que tenía, no estaba haciendo una transacción; estaba demostrando que su alma ya pertenecía al Reino. Ese gesto, esa disposición de entregar el piggy bank, es el abono que Ben dejó en el suelo de su familia. Es un amor que no se marchita, que sigue dando fruto en la vida de quienes lo recuerdan, en el pozo de agua que lleva su nombre y que sigue dando vida en lugares lejanos.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa memoria. No temas vivir. No temas ser tú mismo, con tus propios sueños, con tu propia curiosidad. Ben te mira desde la presencia del Padre con un orgullo que no conoce límites. Él no es una ausencia; es una presencia que te empuja a seguir adelante. Él está en el banquete, donde el Maestro mismo, como dice el Evangelio, se ciñe la túnica y sirve a sus siervos. Imaginen a Ben allí, sin el peso del sufrimiento, con esa sonrisa que iluminaba todo, descansando en la luz de Aquel que lo conoce por su nombre. Él no quiere verlos consumidos por la culpa o por el '¿qué hubiera pasado si...?'. Él quiere verlos vivir, quiere verlos soñar, quiere verlos seguir adelante con la misma ternura que él siempre tuvo.
El jardinero de la parábola no se rinde. Él sigue cultivando. Dios sigue cultivando el suelo de sus corazones, incluso en medio del dolor. No intenten resolverlo todo hoy. No intenten cargar con el peso de toda la vida en un solo día. Solo vivan este momento. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la moneda de su paz. Ben está bien. Él está en casa. Y desde allí, sigue siendo el mismo chico curioso, el mismo hijo tierno que ama a su familia. Que la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde sus corazones. No se miren a sí mismos a través de la lente de lo que se perdió, sino a través de la lente de la promesa. Dios no los ha dejado solos. Él está en el silencio, está en el recuerdo de la risa de Ben, está en cada acto de bondad que ustedes realizan en su nombre. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que el Señor los bendiga y los guarde, y que la luz de su rostro brille sobre ustedes, hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.