En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos enseña a llamar a Dios 'Padre', esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros por las veces que nos hemos dejado llevar por el miedo. Cristo, ten piedad de nosotros por las veces que hemos olvidado la sencillez del Evangelio. Señor, ten piedad de nosotros por las veces que no hemos confiado en tu amor de Padre.
A veces, la vida se siente como una conversación que se interrumpe justo cuando estábamos empezando a entender el hilo conductor. Nos sentamos, abrimos el libro de nuestra existencia, y de repente, una página se vuelve pesada, o el lenguaje cambia a uno que no comprendemos del todo. En el Evangelio de hoy, vemos a los discípulos acercarse a Jesús con una petición que nace de una necesidad profunda y humana. 'Señor, enséñanos a orar', dicen. No le piden una fórmula mágica. No le piden una técnica para obtener resultados. Le piden que les enseñe a hablar con el Padre, como ellos han visto que Él lo hace. Jesús, en su respuesta, no les da un discurso complejo. Les da una oración que cabe en la palma de la mano: el Padre Nuestro.
Fíjense en las primeras palabras: 'Padre, santificado sea tu nombre'. Es una invitación a dejar de mirar hacia el suelo, hacia nuestras preocupaciones, hacia el ruido que nos rodea, y levantar la mirada. Es un cambio de enfoque. A menudo, nuestra vida se parece a la de los apóstoles en la lectura de san Pablo a los Gálatas. Pablo nos cuenta cómo tuvo que oponerse a Pedro porque, por miedo a lo que dijeran los demás, se estaba separando de sus hermanos. Tenía miedo de no ser aceptado, de no encajar en las expectativas de los que le rodeaban. ¿Cuántas veces nos pasa lo mismo? Nos encerramos en nuestras propias inseguridades, nos separamos de los demás por miedo a ser juzgados, o nos alejamos de la verdad del Evangelio porque el camino parece demasiado difícil de recorrer bajo la mirada de otros.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, tenía una forma de ver el mundo que era refrescantemente directa. Él no se andaba con rodeos cuando se trataba de lo que amaba. Pensar en Ben es recordar a ese joven que, sin necesidad de grandes discursos, simplemente se lanzaba a la vida. Él tenía esa curiosidad brillante, esa pasión por entender cómo funcionaban las cosas, desde la arquitectura de la nube hasta la mecánica de un avión. Pero, sobre todo, Ben tenía la capacidad de ser auténtico. Él no necesitaba 'separarse' por miedo o por hipocresía. Él simplemente era. Y esa autenticidad es un reflejo de lo que Jesús nos pide hoy: una relación con Dios que sea, ante todo, sincera, como la de un hijo con su padre.
Alan, Thao, Ryan… sé que han pasado tres meses desde que Ben fue llamado al hogar del Padre. Sé que el silencio en la casa puede ser un eco constante. A veces, la mente intenta buscar explicaciones, intenta entender los 'por qué' de un camino que nos parece incomprensible. Pero la oración que Jesús nos enseña hoy no es una explicación; es un refugio. 'Padre', dice. Es una palabra que desarma todo argumento. Es la seguridad de que, sin importar cuán perdido se sienta uno, hay alguien que nos conoce, que nos llama por nuestro nombre y que nos sostiene en la palma de su mano. Ustedes han amado a Ben con un amor que es, en sí mismo, un testimonio de la bondad de Dios. Ese amor no se ha perdido. Ha sido sembrado en el corazón de Dios, donde florece ahora en una plenitud que nosotros apenas podemos vislumbrar.
La Virgen María, cuya memoria celebramos hoy bajo el título de Nuestra Señora del Rosario, es la maestra de esta oración. Ella no solo rezó el Padre Nuestro; ella lo vivió en cada momento de su vida, especialmente cuando el camino se volvía oscuro. Ella sabe lo que es entregar a un hijo. Ella sabe lo que es confiar en el Padre cuando el mundo no tiene sentido. Ella los acompaña a ustedes ahora, no con palabras vacías, sino con su presencia silenciosa y amorosa. Ella les toma de la mano, como tomó la de Jesús, y los invita a confiar en que la fidelidad del Señor, como dice el Salmo, dura para siempre. No es una fidelidad de un momento, sino una que atraviesa la muerte y llega hasta la eternidad.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa luz aquí en la tierra. Sé que a veces sientes que el equipo está incompleto, que falta el copiloto en la cabina de tu vida. Pero recuerda que el amor de Ben no se ha quedado atrás. Él sigue siendo tu hermano, sigue siendo parte de tu historia, de tu valentía, de tu sonrisa. No tengas miedo de ser feliz, de jugar, de explorar el mundo con la misma curiosidad que él tenía. Cada vez que eres amable, cada vez que buscas la verdad en tus estudios o en tus pasiones, estás manteniendo viva la esencia de Ben. Él no es un recuerdo; es una presencia que te anima a seguir volando. Él te acompaña, te cuida, te espera. Y tú, Alan y Thao, no carguen con el peso de la pregunta '¿por qué?'. Dios conoce cada piedra, cada espina, cada lágrima. Él las recoge todas, como perlas, y las guarda en su corazón.
Quiero hablarles a todos los que hoy, desde lejos, se sienten identificados con este dolor. A las familias que cargan cruces que el mundo no ve. El Evangelio de hoy no nos da una explicación filosófica sobre el dolor. Nos da algo mejor: nos da una relación. Nos dice que no estamos solos. Nos dice que, cuando no sepamos qué decir, cuando el dolor sea tan grande que las palabras se quiebren, basta con decir 'Padre'. Esa sola palabra es suficiente para que el cielo se abra. Esa sola palabra es el puente entre nuestra fragilidad y la fuerza de Dios. La oración no cambia el pasado, pero cambia el presente, porque nos permite ver nuestra vida a través de los ojos de la eternidad.
Ben, con su sonrisa radiante y su espíritu de 'Con Chim Airlines', nos enseñó que la vida es para ser vivida con alegría y generosidad. Él no se guardaba nada. Él quería dar, quería ayudar, quería ser parte de algo más grande. Ese espíritu sigue vivo. Cada vez que ustedes, en su nombre, extienden una mano a alguien que sufre, cada vez que comparten un momento de bondad, están permitiendo que la luz de Ben siga brillando. Su amor no se ha apagado; se ha transformado en una corriente de gracia que sigue trabajando en el corazón de quienes lo conocieron. No busquen a Ben en el pasado, como si fuera una fotografía en un álbum. Búsquenlo en el presente, en cada acto de amor que ustedes realicen. Él está ahí. Él está en la paz que Dios les regala en medio de la tormenta.
Al salir de aquí, no busquen resolver el misterio de la vida hoy. Solo les pido un pequeño gesto: busquen una forma de ser 'hijos' ante Dios. Quizás sea simplemente decir: 'Padre, confío en ti'. O quizás sea hacer un pequeño favor a alguien, sin esperar nada a cambio, solo por amor, como Ben lo hacía. Al hacerlo, verán que el amor es más fuerte que la muerte, y que el cielo no es un lugar lejano, sino una realidad que se hace presente cada vez que nos inclinamos para orar o para servir. Que el Señor los bendiga, que su luz ilumine sus noches, y que la paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre. Ben está bien. Él es feliz. Y él, desde la luz, los espera con esa sonrisa que nunca se apagó, con esa curiosidad que ahora conoce todos los secretos del cielo. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Pueden ir en paz.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.