En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre, quien nos ha hecho hijos suyos en Cristo, estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros por las veces que hemos dudado de tu amor en el dolor. Cristo, ten piedad de nosotros por las veces que hemos cargado con culpas que no nos pertenecen. Señor, ten piedad de nosotros y haznos partícipes de tu luz eterna.
Hay una imagen en la primera lectura de hoy que se queda grabada en el alma: una multitud tan vasta que nadie puede contarla, venida de toda nación, raza y lengua. Están de pie ante el trono, vestidos con túnicas blancas y sosteniendo ramas de palma. Es una escena de victoria, de plenitud, de descanso. Pero el anciano en la visión de Juan hace una pregunta que resuena en nuestro propio corazón: '¿Quiénes son estos que están vestidos de blanco y de dónde han venido?'. Y la respuesta es tan directa como desconcertante: 'Estos son los que han pasado por la gran tribulación; han lavado sus túnicas y las han blanqueado en la sangre del Cordero'.
Quiero que nos detengamos un momento en esa 'gran tribulación'. A menudo, pensamos en los santos como figuras distantes, personas que vivieron vidas perfectas, sin arrugas ni sombras. Pero la Iglesia nos enseña hoy que los santos son aquellos que, como nosotros, caminaron por el barro de este mundo, que conocieron el peso del cansancio, la punzada de la pérdida y la incertidumbre de la noche. Y, sin embargo, sus túnicas están blancas. No porque nunca se hayan ensuciado, no porque nunca hayan sufrido, sino porque han dejado que la misericordia de Dios, la sangre del Cordero, los transforme en su totalidad. Entre esa multitud, hoy celebramos a los que conocemos y a los que amamos, y entre ellos, en ese lugar de luz, visualizamos a nuestro querido Benjamin.
Benjamin Vo era un chico de una curiosidad infinita, un joven que encontraba en la lógica de las matemáticas y en la precisión de un entorno digital una forma de entender la arquitectura de Dios. Él tenía esa mente brillante capaz de descifrar sistemas complejos, pero tenía, sobre todo, un corazón que sabía reconocer la belleza en lo sencillo. ¿Recuerdan cómo le fascinaban los aviones? Ese deseo de elevarse, de ver el mundo desde arriba, de entender las rutas y los destinos. Él era, en muchos sentidos, un pequeño explorador de la creación. Y hoy, en esta Solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia nos dice que Ben no ha perdido esa curiosidad, ni esa chispa, ni esa capacidad de asombro. Él ha llegado al destino final, al 'aeropuerto' de la eternidad, donde ya no hay retrasos, ni fallos técnicos, ni despedidas.
Sé que para ustedes, Alan, Thao, y para ti, Ryan, estos cuatro meses desde el 13 de junio se sienten como un vuelo que nunca termina, un tiempo suspendido en el aire. El vacío que Ben dejó no es un concepto teológico; es el silencio en la habitación, es el recuerdo de su sonrisa, es la ausencia de sus pasos. Y a veces, en el silencio de la madrugada, cuando el peso del mundo parece insoportable, la mente humana, buscando desesperadamente protegerse, comienza a hacerse preguntas que hieren. Uno se pregunta si faltó algo, si hubo una señal que se pasó por alto, si una mayor vigilancia habría cambiado el rumbo. Quiero decirles hoy, con la autoridad de la ternura de Dios: dejen caer esa piedra. No se acusen. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un fallo de su amor, ni una falta de cuidado, ni un castigo. Dios no envía el sufrimiento y jamás acusa a quienes aman con tanta entrega. Hay tormentas en este mundo que escapan por completo al control humano, vientos que ningún padre, por más atento y dedicado que sea, puede detener. Ustedes no son responsables de los misterios de la vida y de la muerte. Dios no los señala; Dios los abraza. Ustedes fueron los padres que Ben necesitaba, y él supo, en cada fibra de su ser, que fue profundamente amado.
San Juan nos dice en la segunda lectura: 'Amados, ahora somos hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos'. Esta es nuestra esperanza. Nuestra vida aquí es solo el prólogo. Ben ya conoce el resto de la historia. Él ya ve a Dios tal cual es. Él ya no tiene que luchar con la lógica de este mundo; él vive en la lógica del Amor. Y esa lógica es la que Jesús nos enseña en el Evangelio de las Bienaventuranzas. 'Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados'. No dice 'serán consolados algún día en el futuro lejano', sino que la promesa de Dios es una realidad que ya comienza a obrar en ustedes ahora. Cada vez que ustedes se levantan, cada vez que comparten un recuerdo, cada vez que Ryan sigue adelante con sus propios sueños, ustedes están siendo consolados por esa misma presencia que ahora abraza a Ben.
Ben era un chico que, un día, quiso ofrecer todos sus ahorros para ayudar a su tío, sin siquiera romper la alcancía. Ese acto no fue una transacción; fue la expresión de un alma que ya pertenecía al Reino de los Cielos. Él no necesitaba que el dinero cambiara de manos para que su generosidad fuera real. Y hoy, ese amor sigue dando frutos. Como ese pozo en Vietnam que lleva su nombre, su vida sigue siendo una fuente de agua viva, calmando la sed de los que sufren, recordando al mundo que una vida entregada, por breve que parezca a nuestros ojos, es un río que nunca se seca. Su amor no ha muerto; se ha vuelto más grande, más libre, más capaz de tocar corazones que él nunca conoció.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de una parte muy especial de la historia de Ben. No temas vivir plenamente, no temas reír, no temas construir tus propios sueños con la misma curiosidad con la que tu hermano exploraba el mundo. Ben no querría que camines a medias; él quiere verte volar alto, recordándote que el lazo que los une es más fuerte que la muerte. Él te mira desde el banquete del cielo, y te anima a ser valiente, a ser auténtico, a ser tú mismo. Él está ahí, en la comunión de los santos, rodeado de esa inmensa multitud, esperando el día en que todos se reúnan nuevamente.
No intenten cargar con el mañana. El dolor es un visitante que llega sin avisar, pero la gracia de Dios también llega en cada momento. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias debilidades, descansen en la misericordia del Padre, y dejen que la paz de Cristo habite en su hogar. Que la Virgen María, que estuvo de pie junto a la cruz y sabe lo que es mirar al cielo con el corazón partido, los cubra con su manto. Ella conoce el camino del dolor hacia la gloria. Ella los sostiene hoy. No están solos. Ustedes son parte de esa gran multitud que, aunque hoy camina entre lágrimas, está destinada a encontrarse en la luz que no tiene ocaso. Que la memoria de Benjamin sea siempre una invitación a mirar hacia arriba, hacia el cielo, donde él ya nos espera. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los proteja, que haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.