En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Que la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Dios que es rico en misericordia, estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
Hay momentos en la vida en los que una puerta se abre sola, movida por una brisa ligera, y nos deja ver el interior de una casa donde alguien acaba de salir. Quedan las cosas sobre la mesa. Queda un par de zapatos en la entrada. Queda el eco tibio de una voz que hace apenas un instante pronunciaba el nombre de su padre al bajar las escaleras. Cuando miramos las lecturas de hoy, especialmente esa carta que Pablo escribe a los Efesios, nos encontramos exactamente en esa orilla. Nos habla de un Dios que es rico en misericordia, que nos sacó de la oscuridad cuando estábamos muertos en nuestras transgresiones y nos levantó para sentarnos con Él en los cielos. No es una teoría abstracta. Es el relato íntimo de cómo Dios toma lo que estaba perdido, lo que parecía apagado, y lo enciende con una vida que ya no conoce la muerte.
Piensen en el apóstol Pablo escribiendo esas palabras: 'Por gracia habéis sido salvados'. Es como si estuviera contemplando una gran obra de arquitectura invisible. Y ahí es donde la mente brillante de Ben se cruza con este misterio. Benjamin Vo no era solamente un chico con una capacidad asombrosa para la lógica, las matemáticas adelantadas y los sistemas complejos de la nube. Tenía esa mirada aguda que veía cómo funcionaban las estructuras del mundo. Pero lo que verdaderamente definía a Benjamin era algo que ninguna pantalla podía replicar: su ternura desarmante, su sonrisa luminosa y esa inocencia pura que lo llevaba, a sus quince años, a soñar con crear su propia aerolínea, 'Con Chim Airlines', imaginando aviones surcando el cielo con la misma ligereza con la que su alma volaba hacia lo alto.
Hay una imagen que hoy corre como un hilo invisible por toda nuestra oración: la imagen del tesoro que no se guarda en graneros, sino que se entrega. En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús nos advierte contra la trampa de acumular posesiones creyendo que la vida consiste en lo que guardamos. Vemos al hombre rico preocupado por sus cosechas, diciendo: 'Tengo tantos bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea'. Y la respuesta de Dios es tajante: 'Necio, esta misma noche te van a reclamar el alma'. Pero miren el contraste absoluto con el corazón de un niño. Cuando su tío sufría los estragos de los golpes de salud, Ben, sin que nadie se lo pidiera, sin cálculos ni medidas, le dijo a sus padres que quería entregarles todos los ahorros de su alcancía para ayudarlo. No necesitó romperla, ni vaciarla materialmente; lo que importaba era la ofrenda limpia de un muchacho que entendía, de forma instintiva, que lo único que vale la pena en esta tierra es lo que uno está dispuesto a dar por amor.
Esa es la verdadera riqueza ante los ojos de Dios. No los graneros llenos, no los códigos perfectos, no el control absoluto de las cosas, sino un corazón abierto que dice: 'Aquí estoy'. Y sé muy bien que cuando miramos atrás, a esos cuatro meses largos desde que Ben partió un trece de junio, el silencio en casa a veces pesa como una losa de plomo. Alan y Thao, sé que hay mañanas en las que el vacío se siente insoportable. Sé que la mente humana, en su dolor, a veces intenta buscar una rendija por donde colarse la culpa. Se pregunta si faltó una señal, si hubo un detalle que se escapó, si se pudo haber hecho algo más para detener la tormenta.
Quiero decirles hoy, con la autoridad sagrada de la Palabra de Dios, que dejen caer esa piedra. Escuchen el Evangelio: la enfermedad no es un castigo, no es el resultado de un error, no es una falla en el cuidado inmenso que ustedes le prodigaron a su hijo. Las grandes pruebas de la vida a veces llegan sin tocar la puerta, más allá de todo control humano, sin que nadie sea culpable. Dios no les pide cuentas por lo que no pudieron cambiar; Él les agradece cada historia compartida, cada carcajada, cada vez que Ben bajaba las mañanas diciendo con puntualidad su 'Good morning, Dad'. Ustedes amaron a Benjamin con una entrega tan pura que esa misma entrega es ya un reflejo del cielo.
Ben era así. Era el chico que escuchaba las historias inventadas de su papá como si fueran las aventuras más reales del mundo, porque para él, el amor de su padre era la única realidad que importaba. Y Dios los escucha a ustedes de esa misma manera. Cada vez que cierran los ojos y recuerdan su risa, cada vez que Ryan recuerda los momentos compartidos en las montañas rusas de la vida, Dios recoge esas lágrimas y las convierte en eternidad. Ryan, hermano querido, tú llevas esa misma luz en tus manos. No temas seguir creando, seguir soñando, seguir viviendo con alegría. Tu hermano te mira desde la presencia del Padre con un orgullo infinito, sabiendo que tú eres el guardián de su memoria en este hogar.
San Juan de Brébeuf, San Isaac Jogues y sus compañeros mártires que hoy celebramos sabían lo que era entregar la vida por completo. Ellos no guardaron nada para sí mismos. Entregaron su sangre porque sabían que el amor no se retiene, se derrama. Benjamin hizo lo mismo con su corta y hermosa vida. Su paso por este mundo ha dejado huella, como esa agua limpia que brota en el pozo cavado en su memoria al sur de Vietnam, dando vida a los sedientos, recordando que el amor de Ben no se quedó en una tumba, sino que sigue fluyendo, sigue corriendo por caminos que nosotros apenas alcanzamos a vislumbrar.
No miren el día de hoy con la desesperanza de quien ha perdido todo. Miren el altar. Miren la cruz donde Cristo venció a la muerte. Ben está allí, en ese banquete eterno, gozando de una salud perfecta, respirando sin trabas, sonriendo con esa carita que ustedes tanto extrañan. Él les dice hoy, con la misma paz que en aquel sueño: 'No se preocupen, todo está bien, estoy en las manos del Padre'.
Que al salir por estas puertas, lleven una sola certeza: Dios no los acusa, Dios los abraza. Suelten el peso de lo que no pudieron controlar. Dejen que el amor de Benjamin, como un avión que despega hacia la luz infinita, los levante y les devuelva la paz. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor de toda consolación los guarde en su paz y les devuelva la esperanza en cada amanecer. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.