En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz y el consuelo de nuestro Señor Jesucristo estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, la vida nos presenta un objeto tan pequeño, tan cotidiano, que no le damos importancia hasta que nos falta. Pensemos en una llave. Una llave que abre una puerta, una llave que da acceso a un lugar seguro, una llave que nos permite entrar en casa después de un largo día de viaje. En el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de un hombre fuerte que guarda su palacio, alguien que tiene todo bajo control, con sus posesiones a salvo detrás de puertas bien cerradas. Pero Jesús, con esa mirada que atraviesa las apariencias, nos advierte: hay alguien más fuerte. Hay una presencia que llega y desarma las defensas en las que tanto confiábamos.
Es fácil sentir que nuestras vidas están construidas sobre cimientos sólidos. Nos esforzamos, planeamos, estudiamos, trabajamos. Como Benjamin Vo, que tenía esa mente brillante capaz de descifrar la lógica de los sistemas más complejos y soñar con horizontes infinitos para su propia aerolínea, 'Con Chim Airlines'. Ben entendía la estructura de las cosas; él sabía que para que un avión vuele, cada pieza debe estar en su lugar, cada sistema debe responder con precisión. Él amaba esa lógica, esa claridad. Pero el Evangelio de hoy nos invita a mirar más allá de la estructura. Nos invita a reconocer que, por encima de nuestra lógica y nuestros planes, hay una 'fuerza' mayor que no es una amenaza, sino una invitación: el dedo de Dios.
'Si yo expulso a los demonios por el dedo de Dios', nos dice Jesús, 'entonces el Reino de Dios ha llegado a ustedes'. Fíjense en la imagen: el dedo de Dios. No es un brazo de hierro que impone, es un dedo que señala, que toca, que transforma. Es el mismo dedo que trazaba formas en la arena, el mismo que tocó los ojos del ciego para que pudiera ver. A veces, cuando la vida se siente desordenada, cuando las piezas no encajan como esperábamos, nos sentimos como una casa dividida. Nos sentimos como si estuviéramos buscando descanso en regiones áridas, vagando sin encontrar un lugar donde nuestra alma pueda finalmente posarse, como el espíritu del que habla el Evangelio.
Alan, Thao, Ryan… sé que han pasado tres meses desde que Ben partió hacia el hogar definitivo. Sé que el silencio en el hogar puede sentirse a veces como una casa que ha sido barrida y puesta en orden, pero que se siente extrañamente vacía. Ese vacío no es una señal de que algo falta en su fe; es una señal de cuánto amor habitaba en esa casa. Ustedes no han sido una casa dividida; han sido una casa unida por un amor que, como dice san Pablo a los Gálatas, no depende de las obras de la ley, sino de la fe. La fe no es una lista de requisitos que debemos cumplir para que Dios nos sonría. La fe es la confianza absoluta de que, incluso cuando no entendemos los tiempos de Dios, Él está ahí, siendo el más fuerte que ha entrado en nuestra historia para rescatar lo que es suyo.
Ben era un joven que entendía este principio de entrega. ¿Recuerdan cuando, con ese corazón inmenso, quiso ofrecer sus ahorros para ayudar a su tío William? Él no estaba haciendo un cálculo matemático; estaba haciendo un acto de fe. Estaba diciendo: 'Lo que tengo, lo pongo a disposición del amor'. Ese gesto, esa intención pura de un niño que quería darlo todo, es lo que Dios valora. Dios no busca contadores de méritos; busca corazones que, como el de Ben, están dispuestos a ofrecerse sin reservas. Ese es el espíritu que sigue vivo en ustedes. Cuando se cuidan, cuando se sostienen, cuando recuerdan a Ben no como una ausencia, sino como un hermano y un hijo que ahora conoce la verdadera libertad, están viviendo esa misma fe.
Quiero hablarle a quien hoy se siente 'dividido', a quien siente que su corazón está tironeado entre el dolor de la pérdida y la esperanza de la resurrección. No intenten resolver esa tensión con su propia fuerza. No intenten ser el hombre fuerte que guarda su palacio y no deja entrar a nadie. Jesús nos pide que le abramos la puerta. Él es más fuerte que nuestro dolor. Él es más fuerte que la muerte. Cuando el Evangelio habla de alguien 'más fuerte que él' que viene a vencer, no está hablando de un enemigo, sino de la Gracia. La Gracia es lo único que puede entrar en una habitación donde hay tristeza y convertirla en un lugar de paz. La Gracia es lo que permite que una madre y un padre, después de haber atravesado lo indecible, puedan encontrar un momento de alivio, un destello de sonrisa al recordar una anécdota de Ben, una de esas veces que él se reía de sí mismo por haber probado algo picante, o por su entusiasmo al ver un avión en el aeropuerto.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa luz. Ben te mira desde la eternidad con el mismo orgullo con el que te miraba cuando compartían un viaje en tren o una tarde de juegos. No tengas miedo de seguir construyendo, de seguir soñando. Tu curiosidad, tu inteligencia, tu alegría son el legado de Ben. Él no se ha ido de tu vida; se ha convertido en parte del aire que respiras, de la fe que te sostiene. Él es, en cierto modo, tu copiloto en la vida, uno que ya conoce la ruta hacia el Padre y que te anima a seguir adelante con valentía.
Para todos los que escuchan desde lejos, para las familias que hoy cargan con una cruz que el mundo no comprende: no se sientan culpables por no tener todas las respuestas. El Evangelio de hoy nos recuerda que la verdadera 'limpieza' de nuestra vida no viene de nuestros esfuerzos por poner orden, sino de dejar que el Espíritu de Dios habite en nosotros. Si hoy se sienten vacíos, invoquen al Espíritu. Si hoy se sienten cansados de luchar, descansen en el Señor. Él no les pide que sean perfectos; les pide que sean suyos. La alianza de Dios, como canta el salmista, es eterna. No es una promesa que se rompe cuando la vida se vuelve difícil; es una roca sobre la cual podemos edificar, incluso cuando todo lo demás parece tambalearse.
Ben, con su sonrisa que mostraba sus brackets y su corazón que siempre buscaba ayudar, nos enseñó que la vida es para ser entregada. Su 'Well of Love' en Cà Mau, ese pozo que da agua viva a quienes tienen sed, es un recordatorio de que su amor sigue fluyendo. No se detuvo el 13 de junio. Se transformó en una corriente que sigue dando vida. Cada vez que ustedes, en su nombre, hacen un pequeño gesto de bondad, están permitiendo que el 'dedo de Dios' toque el mundo a través de ustedes. No busquen a Ben en el pasado, como si fuera una página que ya se cerró. Búsquenlo en el presente, en la paz que sienten cuando se sientan a rezar, en el amor que se tienen el uno al otro.
Al salir de aquí, les pido que no carguen con el peso de 'tener que estar bien'. Solo intenten ser hijos ante Dios. Quizás hoy puedan hacer un pequeño gesto de amor en nombre de Ben: una palabra amable, una ayuda silenciosa, un momento de oración por alguien que sufre. Al hacerlo, verán que el amor es más fuerte que la muerte, y que el cielo no es un lugar lejano, sino una realidad que comienza aquí, en cada corazón que se atreve a confiar. Que el Señor los bendiga, que su luz ilumine sus noches, y que la paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre. Ben está bien. Él es feliz. Y él, desde la luz, los espera con esa sonrisa que nunca se apagó, con esa curiosidad que ahora conoce todos los secretos del cielo. Que la paz de Dios los acompañe siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.