En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos invita a todos a su banquete eterno, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Imaginen por un momento la escena de una gran mesa. No es una mesa cualquiera, sino una que se extiende hasta perderse de vista, cargada con lo mejor de la cosecha, el aroma del pan recién horneado y la promesa de una fiesta que no tiene fin. El profeta Isaías nos habla hoy de esta montaña, un lugar donde el Señor de los ejércitos prepara un festín para todos los pueblos. Es una imagen de hospitalidad absoluta, donde el velo que nos separa de la alegría verdadera es destruido, y donde las lágrimas son secadas por la mano misma de Dios. Es una invitación a dejar de mirar al suelo para levantar la vista hacia la abundancia de la gracia.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, conocía bien el valor de una invitación y el gozo de compartir. Él era un joven que vivía con las puertas de su corazón abiertas. ¿Recuerdan cómo disfrutaba de la maravilla de los aviones? Para Ben, un aeropuerto no era solo un lugar de tránsito; era una puerta abierta hacia lo desconocido, hacia la posibilidad de encontrarse con otros, de ver nuevos horizontes, de conectar mundos. Él veía la vida como una gran red de conexiones, muy parecida a la infraestructura digital que tanto le apasionaba. Él sabía, con esa intuición brillante que poseía, que la vida está hecha para ser compartida, para ser volada, para ser explorada.
Pero hoy, el Evangelio nos presenta una parábola que nos hace detenernos. Un rey prepara una boda para su hijo y envía a sus siervos a llamar a los invitados. Y, sin embargo, muchos se excusan. Uno se va a su campo, otro a sus negocios. Se distraen con lo inmediato, con lo que parece urgente pero que, ante la luz de la eternidad, resulta ser solo un detalle pasajero. ¿Cuántas veces nos pasa eso a nosotros? Nos encerramos en nuestras preocupaciones, en el trabajo, en la rutina, y olvidamos que el banquete ya está servido. Nos distraemos tanto con el 'hacer' que olvidamos el 'ser'.
Alan, Thao, Ryan… sé que hace tres meses que Ben partió hacia ese lugar donde el banquete es eterno. Sé que, a veces, el corazón se siente como ese invitado que, al ver la mesa vacía, no sabe cómo sentarse a comer. La ausencia de Ben es un silencio que resuena en cada rincón de la casa. Pero quiero que miren hoy la parábola no como una advertencia de juicio, sino como una promesa de inclusión. El rey, al ver que los primeros invitados no quisieron venir, dice: 'Salgan a los caminos y a todos los que encuentren, invítenlos'. El banquete de Dios no es para los perfectos; es para los que están en los caminos, para los que están cansados, para los que se sienten solos.
Ben, con esa dulzura que lo caracterizaba, siempre fue un buscador de conexiones. Él no era un chico que se quedara en su propia burbuja. Cuando pensaba en su 'Con Chim Airlines', no estaba pensando solo en aviones, sino en la alegría de llevar a la gente a su destino, de hacer posible el encuentro. Él tenía un corazón que, como el de aquel joven que quiso ofrecer sus ahorros para ayudar a su tío, estaba dispuesto a darlo todo por los suyos. Ese es el espíritu de alguien que ya vive en el banquete del Rey. Ben no está lejos; él ha llegado antes a la mesa, y desde allí, nos espera.
A veces, nos preguntamos por qué el banquete de la vida parece tan breve para algunos. ¿Por qué el vuelo de Ben fue tan rápido? No tenemos la respuesta lógica, y tratar de encontrarla es como intentar descifrar un código complejo sin tener la clave. Pero la fe no es una ecuación matemática. La fe es confiar en el Anfitrión. Es saber que, aunque nosotros no veamos el final de la historia, el Padre sí lo ve. Él conoce cada lágrima que han derramado, cada momento en que el corazón les ha pedido un poco más de fuerza. Y Él les asegura: 'Yo estoy con ustedes'.
San Pablo nos dice en la segunda lectura: 'Todo lo puedo en aquel que me conforta'. Esta no es una frase vacía. Es el secreto de los que han caminado por el valle oscuro y han llegado al otro lado. Pablo sabía lo que era la escasez y la abundancia, el hambre y la saciedad. Él aprendió que su fuerza no venía de sus propios recursos, sino de la presencia de Cristo. Ustedes, Alan y Thao, han demostrado una fortaleza que no es humana; es una gracia que Dios les ha dado para cuidar de Ryan, para sostenerse el uno al otro, para seguir adelante cuando el mundo parece haberse detenido. No se culpen por nada. No busquen errores en su amor. Ustedes amaron a Ben con una entrega total, y ese amor es lo que los mantiene unidos hoy.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de la luz de Ben en este mundo. Tu hermano te mira con un orgullo infinito. Él no es un recuerdo que se desvanece; él es tu compañero. Sigue adelante con esa curiosidad, con esa brillantez, con esa capacidad de soñar que compartían. Cuando mires al cielo y veas un avión surcando las nubes, no sientas tristeza; siente la cercanía de alguien que ya conoce la libertad del vuelo pleno en los brazos de Dios. Ben está contigo. Él te anima a ser feliz, a explorar, a vivir con la misma intensidad que él tenía.
Para todos los que hoy nos acompañan desde lejos, para cada familia que carga con una cruz que parece demasiado pesada: no se queden fuera del banquete. Dios no los llama por sus méritos, sino por su amor. Si hoy se sienten indignos, si sienten que su 'traje de boda' no está a la altura, recuerden que es el Rey quien nos viste. Él nos da su propia gracia. No intenten ser perfectos; solo intenten ser hijos. La paz que Dios ofrece es más profunda que cualquier dolor, más fuerte que cualquier ausencia.
Ben nos enseñó que la vida es para ser entregada. Su legado no es solo lo que él hizo, sino lo que él despertó en los demás. Ese 'Well of Love' en Cà Mau, ese pozo que da vida, es un signo de que el amor de Ben sigue corriendo, sigue alimentando, sigue dando de beber a los que tienen sed. Cada acto de bondad que ustedes realizan en su nombre, cada vez que comparten una historia, cada vez que sonríen a pesar del dolor, están haciendo que el banquete de Dios se extienda aquí en la tierra.
No busquen a Ben en el pasado. Búsquenlo en el presente, en la paz que se instala en su corazón cuando rezan. Búsquenlo en la bondad que todavía brota de su familia. Él está bien. Él está en la casa del Padre, en ese lugar donde ya no hay velos, donde el Señor ha enjugado toda lágrima. Él está en el banquete, y la mesa está preparada para todos nosotros cuando llegue nuestro momento.
Al salir de aquí, les pido una cosa sencilla: hoy, en honor a Ben, hagan un pequeño gesto de hospitalidad. Denle la bienvenida a alguien que se siente solo, compartan una palabra de ánimo con alguien que parece estar cargando una cruz, o simplemente regálense un momento de paz en el silencio. Al hacerlo, verán que el amor es más fuerte que la muerte, y que el cielo no es un destino lejano, sino una realidad que se hace presente cada vez que nos atrevemos a amar como Dios ama. Que el Señor los bendiga, que su luz ilumine sus noches, y que la paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre. Ben está bien. Él es feliz. Y él, desde la luz, los espera con esa sonrisa que nunca se apagó.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Pueden ir en paz, sabiendo que el amor de Dios es más fuerte que cualquier distancia.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.