En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos acoge a todos como hijos amados, esté con ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, la vida se nos presenta con la precisión de un código perfecto. Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un joven que entendía esto mejor que nadie. Él encontraba una paz profunda en la lógica de las matemáticas, en la estructura de una red, en la armonía de un sistema que funciona como debe. Él sabía que, si se escribía la línea correcta, el resultado sería claro. Pero hoy, la Palabra de Dios nos lanza a un terreno donde la lógica humana se detiene y comienza el misterio. Hoy, nos encontramos con Job.
Imaginen la escena: Job, un hombre justo, un hombre que no buscaba mal alguno, lo pierde todo en un instante. No es una pérdida gradual; es una tormenta que arrasa con sus bienes, con sus hijos, con todo lo que sostenía su vida terrenal. Y Job, en su desnudez, en su dolor absoluto, dice algo que nos estremece: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor». ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede un corazón humano, destrozado por la ausencia, pronunciar una bendición?
Alan, Thao, Ryan… sé que en estos meses, desde aquel junio que cambió sus vidas, han caminado por ese mismo desierto. Sé que han buscado explicaciones en la lógica, en la ciencia, en la memoria, como si encontrar la causa fuera a aliviar el peso del vacío. Pero hoy quiero decirles algo con la misma ternura con la que Jesús tomó a aquel niño en el Evangelio: ustedes no tienen la culpa. El dolor que cargan no es un error de sistema. No hubo un paso que omitieron, no hubo una vigilancia que faltó. Algunas penas, como la de Job, simplemente caen sobre nosotros como el viento del desierto, fuera de toda mano humana, fuera de toda previsión. Dios no les acusa. Dios no envía el sufrimiento como un castigo. Dios es, simplemente, el lugar donde el dolor descansa cuando ya no podemos cargarlo más.
Fíjense en el Evangelio. Los discípulos están discutiendo quién es el más importante. Están atrapados en la lógica del mundo: el poder, la jerarquía, el éxito, el ser 'el mayor'. Y Jesús, con un gesto sencillo y eterno, toma a un niño y lo pone a su lado. Él no dice: 'miren a este niño porque es un genio'. Él no dice: 'miren a este niño porque es un gran deportista'. Él dice: 'el que reciba a este niño en mi nombre, me recibe a mí'.
Ben era ese niño. No porque fuera pequeño, sino porque su corazón tenía la pureza de quien no busca el poder, sino la entrega. ¿Recuerdan ese deseo de Ben de ofrecer su alcancía para ayudar a su tío William? Él no la rompió, no la vació, no hizo un espectáculo. Él simplemente ofreció. Ese es el corazón de un niño de Dios: la disposición de entregarlo todo, incluso cuando no es necesario, solo por amor. Ese gesto, esa intención pura, es lo que Jesús llama 'el mayor en el Reino'. Ben no necesitaba ser el mayor en la lógica de la tierra; él ya era, en su sencillez y en su bondad, el mayor en el Reino de los Cielos.
Sé que a veces, al despertar, el silencio de la casa se siente como una pregunta sin respuesta. Sé que Ryan, a veces, siente que el equipo está incompleto, que falta el copiloto en la cabina de la vida. Pero Ben está allí, en el lugar donde el tiempo no existe. Él está en el 'Banquet of Heaven', donde la curiosidad de su mente ha encontrado finalmente la respuesta a todos los misterios que le apasionaban. Él no se ha ido a un lugar lejano; él se ha ido al origen de todo amor.
No se culpen por seguir viviendo. A veces, el dolor nos hace sentir que disfrutar de una cena, o reír ante un recuerdo, o planear un viaje, es una traición. No lo es. La vida es el regalo que Ben honró con cada sonrisa, con cada 'Con Chim Airlines' que imaginaba, con cada acto de bondad. Vivir con esperanza, seguir amando, seguir cuidándose unos a otros, es la manera más hermosa de mantener encendida la luz de Ben.
Ustedes han sido padres y un hermano que han amado con una perfección que solo el cielo puede medir. Ese amor es el puente que los une a él. No busquen a Ben en el pasado; búsquenlo en el presente, en la paz que Dios les regala cuando se atreven a soltar la piedra de la culpa. Dios no les pide que sean fuertes todo el tiempo; Él les pide que sean honestos con su dolor. Y en esa honestidad, Él se hace presente.
Al salir de aquí, quiero pedirles algo pequeño. No intenten resolver hoy el misterio de la vida. Solo hagan un gesto de bondad en nombre de Ben. Puede ser algo tan sencillo como una palabra amable para un extraño, o un momento de gratitud profunda por haber tenido a un hijo tan extraordinario. Al hacerlo, verán que el amor no se detiene. El amor fluye, como el agua de aquel pozo que lleva su nombre en Vietnam, dando vida a quienes no conocen. El amor de Ben sigue trabajando, sigue sanando, sigue construyendo.
Que la Virgen María, que estuvo al pie de la cruz y comprendió que el amor es más fuerte que la muerte, los sostenga hoy. Sigan adelante, con la certeza de que Ben los espera, no en el silencio de la ausencia, sino en la plenitud de la presencia de Dios. Él está bien. Él es feliz. Y él, desde el cielo, los sigue llamando a vivir con la misma intensidad y ternura con la que él vivió. No están solos. Nunca lo han estado.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, les muestre su rostro y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.