En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. La gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Hay algo profundamente humano en la forma en que observamos el mundo, buscando siempre un patrón, una lógica, una razón que explique el porqué de cada evento. Benjamin, nuestro querido Ben, era un experto en esto. Con esa mente brillante que Dios le regaló, él encontraba una belleza fascinante en la arquitectura de los sistemas, en la precisión de los números y en la lógica de las redes. Él amaba entender cómo las cosas encajan, cómo se construye algo que funciona, desde un código bien escrito hasta la trayectoria de un avión en el cielo. Pero hoy, el Evangelio nos invita a dejar de lado la lógica de las estructuras rígidas para contemplar la lógica del amor, una lógica que a veces parece desafiar todo lo que creemos saber sobre el orden del mundo.
Jesús entra en la casa de un fariseo en día de sábado. Es un escenario tenso. Todos lo observan, esperando ver si cometerá una falta contra la ley. Y allí, en medio de esa atmósfera cargada de reglas y juicios, hay un hombre que sufre de hidropesía. Jesús no hace un discurso sobre la ley. Él no se detiene a debatir si es el momento o el lugar. Él simplemente ve al hombre. Y al verlo, el amor de Dios se vuelve una urgencia, una fuerza que rompe cualquier restricción. '¿Quién de ustedes, si se le cae un hijo o un buey a un pozo, no lo saca inmediatamente en día de sábado?', pregunta Jesús. Y ante esa pregunta, el silencio de los fariseos es el silencio de quienes han olvidado que el corazón de toda ley, de toda estructura, de toda vida, es la compasión.
Quiero hablarles hoy, Alan, Thao, y a ti, Ryan, con la verdad más profunda que puedo ofrecerles. Sé que en estos meses, la ausencia de Ben se siente como un vacío que desafía toda lógica. Ustedes, que siempre buscaron el bienestar de sus hijos, que los rodearon de amor, de viajes, de sueños y de una dedicación incansable, se enfrentan a un misterio que no encaja en ningún sistema humano. A veces, la mente busca desesperadamente una razón, intentando encontrar un error en el código de la vida, una señal que se pasó por alto, una vigilancia que pudo ser mayor. Quiero decirles, con la ternura de quien sabe que Dios los sostiene, que dejen caer esa piedra. No se acusen. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un fallo de su amor, ni una falta de cuidado, ni un castigo. Fue una tormenta que escapó a cualquier control humano. Ustedes no son responsables de los misterios de la vida y de la muerte que están más allá de nosotros. Dios no los acusa, y ustedes deben dejar de acusarse a sí mismos. Ustedes fueron los padres que amaron, que cuidaron, que estuvieron ahí en cada despegue y en cada aterrizaje de su vida, y ese amor es lo único que permanece.
San Pablo nos dice en la primera lectura: 'Estoy convencido de que el que comenzó en ustedes esta obra buena, la llevará a término hasta el día de Cristo Jesús'. Esta es la promesa. La vida de Ben no fue una obra incompleta; fue, y sigue siendo, una obra de Dios. Él tenía esa curiosidad brillante, esa capacidad de asombro que lo hacía mirar al cielo buscando aviones, ese deseo de ser un 'constructor' de futuros. ¿Recuerdan esa chispa en sus ojos cuando hablaba de sus proyectos? Ese Ben, el que quería ayudar a su tío ofreciendo sus ahorros, el que sabía reírse de sí mismo cuando algo salía mal, ese Ben es el que ahora descansa en la plenitud de Dios. Él no era solo un chico brillante; era un alma que ya entendía, mucho mejor que muchos adultos, que la verdadera riqueza no está en lo que acumulamos, sino en lo que estamos dispuestos a ofrecer. Su oferta de ayudar, ese deseo puro de entregar todo lo que tenía, fue un gesto que quedó registrado en el corazón de Dios, mucho más allá de si la alcancía se rompió o no.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de una historia que es sagrada. No temas vivir plenamente, no temas soñar, no temas ser tú mismo. A veces, cuando perdemos a alguien tan cercano, sentimos que debemos vivir a medias para no traicionar el dolor, pero Ben no querría eso. Él querría verte volar, querría verte explorar el mundo con la misma curiosidad con la que él lo hizo. Él está en el banquete del Reino, ese lugar donde la lógica de este mundo se transforma en la luz de la presencia de Dios. Imaginen a Ben allí, sin el peso del dolor, sin la carga de la enfermedad, con esa sonrisa que iluminaba todo. Él no es una ausencia; es una presencia que los empuja a seguir adelante.
El amor de Ben sigue dando frutos. Como el agua de ese pozo en Vietnam que lleva su nombre, su vida sigue fluyendo, calmando la sed de los necesitados, siendo una fuente que no se agota. Ese pozo es un recordatorio de que su paso por este mundo no fue un accidente, sino una misión de amor que continúa. Cada vez que actúan con bondad, cada vez que eligen amar a pesar de la herida, están permitiendo que la vida de Ben siga brillando. No intenten resolver todo el dolor hoy. No intenten cargar con el futuro. Solo vivan este día. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado hace mucho tiempo. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la paz. Dios no los ha dejado solos en esta casa. Él está en el silencio, está en la lágrima, está en el recuerdo de su sonrisa. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, y que su rostro brille sobre ustedes con la paz que no tiene fin. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.