En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo estén siempre con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, el mundo se siente como una casa en la que las luces se han quedado encendidas, pero las habitaciones están extrañamente vacías. Hay una quietud que no es paz, sino una espera cargada. San Pablo, en su carta a los Efesios, nos habla de un 'misterio' que ha sido revelado. Él dice: 'Que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús'. Pablo está fascinado por este plan de Dios: un plan que rompe las barreras, que une lo que estaba separado, que hace de extraños una sola familia. Es un plan que, a menudo, no podemos ver con los ojos de la lógica, pero que podemos sentir con los ojos del corazón.
Cuando pienso en Benjamin, mi mente no va a las grandes teorías de la fe, sino a la imagen de un chico que, con esa curiosidad brillante que lo caracterizaba, miraba el mundo como si fuera un rompecabezas esperando ser armado. Ben no solo veía los números o el código de un sistema; él veía la posibilidad. Él era un joven que, en su sencillez, comprendía que la vida es un regalo para ser compartido. ¿Recuerdan esa chispa en sus ojos cuando hablaba de sus proyectos, de esa aerolínea imaginaria llamada 'Con Chim Airlines'? Había en él una ligereza, un deseo de elevarse, de volar hacia algo más grande. Esa curiosidad no era solo intelectual; era el reflejo de un alma que ya estaba, en cierto modo, sintonizada con la frecuencia del cielo.
Pero, ¿qué sucede cuando la vida nos golpea con la fuerza de un ladrón en la noche, como nos dice Jesús en el Evangelio? 'Si el dueño de casa supiera a qué hora viene el ladrón, no dejaría que le abrieran un boquete'. El dolor, el vacío, la pérdida de un hijo como Ben, se siente exactamente así: como una irrupción violenta en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestra paz. Alan, Thao, Ryan, sé que han pasado cuatro meses desde que Ben regresó a la casa del Padre, y sé que el eco de esa irrupción todavía resuena en las paredes de su hogar. Hay mañanas en las que el silencio es tan espeso que parece que Ben todavía debería estar allí, bajando las escaleras, con esa sonrisa que iluminaba todo el espacio. Y en esos momentos, es muy fácil que la mente, en su afán de encontrar orden en el caos, comience a buscar culpables. Se pregunta si algo se pasó por alto, si hubo una señal que no se vio, si el destino pudo haber sido distinto. Quiero decirles hoy, con la verdad del Evangelio, que dejen caer esa piedra. Ustedes no fallaron. Dios no envía la enfermedad. La pérdida de un hijo es un misterio que está más allá de cualquier control humano, una tormenta que llega sin invitación. Dios no les pide cuentas por lo que no pudieron cambiar; Él los abraza por cada momento en que estuvieron allí, por cada historia que compartieron, por cada vez que fueron 'el mejor papá' y 'la mejor mamá' para él. Ustedes no tienen que cargar con la culpa de no haber sido Dios; solo tenían que ser los padres que amaron, y eso lo hicieron con una entrega que es, en sí misma, una forma de luz.
Jesús nos habla hoy de la vigilancia. 'Dichoso aquel siervo a quien el señor, al llegar, encuentre haciendo esto'. ¿Qué es lo que el Señor quiere que hagamos? No es que estemos en tensión, esperando un castigo. Es que estemos en el amor. Ben vivió en el amor. Cuando ofreció sus ahorros para ayudar a su tío, sin siquiera romper la alcancía, él estaba viviendo en la lógica del Reino. No fue el dinero lo que importó; fue la ofrenda. Fue el corazón de un niño que, ante la necesidad de otro, no pensó en sí mismo, sino en cómo dar. Ese es el 'tesoro' que Pablo menciona, la 'riqueza inescrutable de Cristo'. Ben, a su manera, ya era un administrador fiel de la gracia. Y ahora, él está en el lugar donde esa gracia es plena. Él está en el banquete, donde el Maestro mismo se ciñe la túnica y sirve a sus siervos.
Imaginen a Ben allí, en la luz, con esa misma curiosidad que lo hacía investigar los aviones, pero ahora sin límites, sin cansancio, sin el peso del cuerpo que sufre. Él no está lejos. Él está en la presencia del que creó todas las cosas. Y desde allí, él les mira. Él no quiere verlos consumidos por la culpa o por el '¿qué hubiera pasado si...?'. Él quiere verlos vivir. Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa memoria en la tierra. No temas ser feliz, no temas crear, no temas soñar. Tu hermano te mira con un orgullo que no tiene fin. Él es tu compañero de viaje, aunque ahora camine por senderos de luz que nosotros apenas intuimos.
La vida de Ben fue corta en años, pero inmensa en significado. Él fue como ese pozo de agua viva en Cà Mau, el 'Giếng Gioan Baotixita', que sigue dando de beber a los sedientos en su nombre. El amor de Ben no se detuvo el 13 de junio. Sigue fluyendo. Cada acto de bondad que ustedes realizan, cada vez que ayudan a alguien en su nombre, es un recordatorio de que el amor de Dios es más fuerte que la muerte. Ustedes son una familia que ha sido marcada por un amor que trasciende el tiempo. No se miren a sí mismos a través de la lente del dolor, sino a través de la lente de la promesa. Dios no los ha dejado solos en esta casa. Él está en el silencio, está en la lágrima, está en el recuerdo de la risa de Ben.
¿Saben qué es lo que más me conmueve? Que, a pesar de que el 'ladrón' vino, la casa no ha sido destruida. La casa sigue en pie porque el amor que ustedes construyeron con Ben es eterno. Dios es el dueño de esa casa. Y Él les promete que, al final, cuando el Maestro llegue, no habrá más 'horas inesperadas', no habrá más despedidas, no habrá más preguntas sin respuesta. Solo habrá el banquete, la luz y el reencuentro. Hasta entonces, vivan un día a la vez. No traten de cargar con el peso de toda la vida hoy. Solo vivan este día. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la moneda de su paz. Ben está bien. Él está en el lugar donde los aviones de 'Con Chim Airlines' vuelan en cielos que nunca se oscurecen. Y ustedes, aunque caminen por el valle de sombras, no están solos. La luz de Cristo es más fuerte que cualquier noche. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.