En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos llama a cada uno por nuestro nombre, esté con todos ustedes.
Señor, que llamaste a Mateo a pesar de sus faltas, ten piedad de nosotros. Cristo, que viniste a llamar no a los justos sino a los pecadores, ten piedad de nosotros. Señor, que nos invitas a seguirte con un corazón humilde y generoso, ten piedad de nosotros.
A veces, la vida nos parece un escritorio lleno de papeles, de cuentas, de rutinas que parecen no tener fin. Imaginen a Mateo, sentado en su puesto de cobro de impuestos. Es un hombre de números, de lógica, de cálculos fríos. Él está allí, en su mundo de transacciones, cuando de repente, Jesús pasa por allí. No le da un discurso, no le pide un examen de méritos. Simplemente lo mira y le dice: 'Sígueme'. Y Mateo, ese hombre que parecía tan enterrado en su oficio, se levanta. Se levanta y lo sigue. Es un movimiento tan sencillo, tan radical, tan humano. Es el momento en que la lógica del mundo se detiene para dar paso a la lógica del amor.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un joven que conocía bien la importancia de la lógica y la precisión. Ustedes lo recuerdan, con su mente brillante, capaz de navegar por los sistemas más complejos, de entender la infraestructura de la nube, de programar mundos enteros en sus repositorios de código. Ben tenía esa capacidad de ver el mundo como un sistema que se puede comprender, mejorar y construir. Pero, sobre todo, Ben poseía esa capacidad de levantarse y seguir, de lanzarse a la aventura de la vida con una curiosidad que no se detenía ante nada. Pensemos en esa pasión suya por los aviones, en esos sueños que compartía con su padre sobre 'Con Chim Airlines'. No eran solo ideas técnicas; eran vuelos de la imaginación, eran puentes que él construía para conectar su mundo con el horizonte. Ben no era solo un analista; era un soñador que encontraba en la creación la firma de su Creador.
San Pablo nos dice en la primera lectura: 'Les ruego que vivan de una manera digna de la vocación que han recibido'. ¿Qué significa vivir dignamente? Pablo nos da la clave: con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros con amor. Es una invitación a la unidad, al vínculo de la paz. A veces, cuando el dolor de la ausencia se hace presente, nos sentimos tentados a encerrarnos en nuestro propio laberinto, a sentir que el mundo se ha vuelto un lugar fragmentado. Pero la llamada de Cristo es una llamada a la unidad. Es una llamada a reconocer que, incluso en medio de nuestra fragilidad, formamos un solo cuerpo. Ben, con su dulzura, con su sonrisa constante, con esa capacidad de ser siempre el primero en decir 'buenos días' a su padre, nos enseñó lo que significa vivir con esa dignidad. Él no necesitaba grandes gestos para demostrar su amor; le bastaba con estar ahí, con ser él mismo, con ofrecer su presencia como un regalo.
Sé que para ustedes, Alan y Thao, y para ti, Ryan, la vida a veces se siente como si el escritorio de Mateo estuviera vacío, como si el código que Ben escribía hubiera quedado en pausa. Hay momentos en los que el silencio de la casa parece un eco que no termina. Pero escuchen la respuesta de Jesús a los fariseos: 'No necesitan médico los sanos, sino los enfermos'. Jesús no vino para los que se creen perfectos, para los que tienen todas las respuestas, para los que no sufren. Él vino para los que tienen el corazón herido, para los que sienten el peso del día, para los que se preguntan '¿por qué?'. Él se sienta a la mesa con nosotros, justo donde el dolor es más real. Él no nos pide que seamos fuertes; nos pide que seamos suyos.
Ryan, hermano querido, sé que a veces miras al cielo y buscas a tu hermano mayor, recordando aquellos momentos en los que compartían un plato de sushi o una tarde de compras. Sé que la vida sin Ben parece una configuración incompleta. Pero recuerda que la vocación de Ben no terminó en junio; ella continúa en ti. Él te dejó el mapa de su bondad. Cuando eres amable, cuando buscas la verdad, cuando cuidas de tus padres, cuando te ríes de las historias de tu papá, Ben está ahí, presente, vivo. No estás solo en esta carrera. Tienes a un hermano que te mira desde la luz, que te anima a seguir volando, a seguir construyendo, a seguir siendo esa persona maravillosa que eres. Ustedes son una familia que, a pesar de la tormenta, sigue unida por el vínculo de la paz que nos pide San Pablo.
La gracia, nos dice la Escritura, se nos ha dado a cada uno según la medida del don de Cristo. Ben recibió el don de la curiosidad, el don de la inteligencia, el don de una ternura que desarmaba. Y él lo usó todo. Él lo entregó todo. ¿Recuerdan ese gesto de querer ofrecer su propia alcancía para ayudar a su tío? No fue un acto de lógica; fue un acto de amor puro, de un corazón que ya entendía que lo que realmente poseemos es lo que somos capaces de dar. Ese amor no se perdió. Ese amor sigue fluyendo en el mundo. Cada vez que alguien recibe ayuda en nombre de Ben, cada vez que una vida se ilumina por un gesto de caridad, es Ben quien sigue dando. Él es parte de esa 'unidad de la fe' de la que nos habla el Apóstol.
No busquen hoy resolver todos los misterios de la existencia. No traten de entender por qué el camino tiene curvas que no esperábamos. Simplemente, dejen que Jesús se siente a su mesa. Él quiere estar con ustedes en su tristeza, en sus recuerdos, en sus risas y en sus lágrimas. Él es el médico que no juzga, sino que sana. Él es el Maestro que nos invita a levantarnos y a seguir caminando, no porque sepamos a dónde vamos, sino porque sabemos quién nos acompaña. Ben está a salvo. Él está en el 'Banquet of Heaven', donde la curiosidad de su mente finalmente encuentra la respuesta a todos los porqués, y donde su corazón descansa en la paz infinita del Padre.
Al salir de aquí, les pido que hagan algo pequeño. Un gesto, una sonrisa, una palabra de aliento para alguien que lo necesite, algo que Ben hubiera hecho sin pensarlo dos veces. Hagan ese pequeño gesto en su nombre. Al hacerlo, verán que él está vivo, que él camina con ustedes, que él es el hermano, el hijo, el amigo que sigue presente en cada acto de bondad. Mantengan viva su memoria, no como un recuerdo del pasado, sino como una luz que ilumina su presente. Dios no los abandona. Él los sostiene, los abraza y los conduce a la paz que supera todo entendimiento. Sigan amando, porque el amor es la única moneda que circula en el Reino de los Cielos, y Ben es ahora un habitante privilegiado de esa tierra de promesas. Que la Virgen María, que también entregó a su Hijo y lo recibió en la gloria, los cubra con su manto y les dé la fuerza para seguir caminando, un día a la vez, bajo la mirada amorosa de Dios.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los acompañe siempre y les conceda la paz. Pueden ir en paz.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.