En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros por las veces que hemos cerrado nuestro corazón a tu voluntad. Cristo, ten piedad de nosotros por las veces que hemos buscado culpables en lugar de confiar en tu misericordia. Señor, ten piedad de nosotros y danos la paz que el mundo no puede dar.
A veces, la vida nos presenta una imagen tan sencilla y cotidiana que casi no le prestamos atención, hasta que esa imagen se convierte en el lugar donde Dios decide hablarnos. Hoy, en el Evangelio, Jesús pide una moneda. Es un objeto común, algo que circula de mano en mano, algo que lleva una marca, un rostro, una inscripción. '¿De quién es esta imagen?', pregunta Jesús. Y al ver la respuesta, nos lanza una invitación que atraviesa los siglos: 'Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios'.
Deténganse un momento en esa pregunta de Jesús. Él no está hablando de impuestos o de política. Está hablando de identidad. Está preguntando dónde está grabada nuestra verdadera esencia. ¿De quién es la imagen que llevamos dentro? ¿A quién pertenecemos realmente, más allá de las etiquetas, de los roles, de las expectativas que el mundo nos impone o de las que nosotros mismos nos cargamos?
La moneda del César era de metal, fría y efímera. Pero la imagen de Dios en nosotros es fuego, es vida, es amor. Y sin embargo, qué fácil es confundirse. Qué fácil es pasar la vida entregando nuestra energía a lo que es del César —a las preocupaciones, a los logros, al miedo de no haber hecho suficiente, a la culpa que nos susurra al oído que debimos haber visto más, hecho más, cambiado el destino de las cosas.
Quiero hablarles hoy de Benjamin. Ben era un chico que entendía de estructuras, de lógica, de la precisión de los sistemas. Él sabía cómo funcionaba el mundo digital, cómo se conectaban las redes, cómo se construía la infraestructura de las cosas. Pero, ¿saben qué es lo que más me conmueve de él? Que, a pesar de esa mente tan brillante, capaz de navegar por AWS o de soñar con su propia aerolínea, 'Con Chim Airlines', su corazón nunca se volvió una máquina. Al contrario, su corazón era un pozo de ternura. ¿Recuerdan ese momento, tan puro y real, cuando quiso ofrecer sus ahorros para ayudar a su tío? No fue un acto de lógica, no fue una transacción. Fue el gesto de un hijo que, con solo quince años, entendía que lo que realmente somos no está en lo que guardamos en una alcancía, sino en lo que estamos dispuestos a entregar por amor. Ese gesto, esa intención de ofrecerlo todo, es la marca de Dios en su alma. Es la imagen del Creador reflejada en un niño que, sin saberlo, nos enseñó que el amor es la única moneda que vale en el Reino de los Cielos.
Sé que para ustedes, Alan y Thao, el silencio en casa a veces se siente como una moneda que se nos escapa entre los dedos. Sé que hay días en los que la pregunta '¿por qué?' golpea con una insistencia que parece no tener fin. A veces, la mente se detiene en el pasado, buscando si hubo un error, si hubo una señal que no vimos, si pudimos haber hecho algo más para proteger a nuestro hijo. Quiero ser muy claro con ustedes, con la verdad que brota del Evangelio de hoy: ni ustedes ni Ben son responsables de las tormentas que la vida nos lanza. La enfermedad no es un castigo, no es una falla de su cuidado, no es algo que ustedes pudieran haber previsto o evitado. La vida, a veces, nos pone ante misterios que están mucho más allá de nuestra capacidad humana. Dios no envió esa cruz, pero Él sí, de manera innegable, la cargó con ustedes. Cada lágrima, cada noche en vela, cada momento en el que el corazón se les partía, Dios estaba allí, sosteniéndolos. No se acusen de lo que no pudieron controlar. Ustedes han amado a Ben con una entrega que es, en sí misma, una forma de santidad. Dios no les pide cuentas por lo que no pudieron hacer; Él les agradece por todo lo que sí hicieron, por cada sonrisa, por cada historia contada, por cada sueño compartido.
El Evangelio nos dice que demos a Dios lo que es de Dios. ¿Y qué es lo que le pertenece a Dios? Todo. Nuestra vida, nuestro dolor, nuestra esperanza, y sobre todo, nuestros hijos. Benjamin es de Dios. Él siempre fue de Dios. Y ahora, él descansa en la fuente de esa misma vida. Él es como ese 'Well of Love' que ustedes han hecho posible en Vietnam, un pozo de agua viva que sigue dando de beber a los sedientos en su nombre. ¿Se dan cuenta? El amor de Ben no se detuvo el 13 de junio de 2026. Sigue fluyendo. Sigue dando vida. Sigue siendo una bendición para los que sufren. Ustedes, al ser canales de esa bondad, están manteniendo viva la llama de su espíritu.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa luz. Sé que a veces el mundo se siente diferente sin él, pero tú llevas en ti la misma chispa, la misma curiosidad, la misma capacidad de asombro. Cuando mires al cielo, cuando sueñes con tus propios proyectos, cuando te sientes frente a una pantalla a crear, recuerda que tu hermano te mira con un orgullo que no conoce límites. Él no se ha ido a un lugar lejano; él está en la presencia del Padre, donde no hay más límites, donde el vuelo es eterno. No tengas miedo de vivir plenamente, de ser feliz, de reír. Eso es lo que Ben querría. Él es tu compañero de viaje, aunque ahora camine por senderos que nosotros aún no podemos ver.
Para todos los que hoy nos escuchan, para cada familia que carga con una cruz pesada, para cada niño que sufre y para cada padre que se pregunta si Dios los ha olvidado: miren la moneda de su propia vida. Miren las heridas que llevan. Y reconozcan en ellas no una marca de derrota, sino la marca de Dios. Jesús nos dice hoy: 'Den a Dios lo que es de Dios'. Entreguen su dolor, entreguen su culpa, entreguen sus preguntas sin respuesta. No intenten resolverlo todo solos. Dios no es un juez que mide sus errores; es el Padre que, como el papá de Ben, siempre está esperando para escuchar sus historias, sus chistes, sus sueños. Él los ama no por lo que hacen, sino por quienes son.
Ben amaba escuchar las historias de su papá. Él las escuchaba como si fueran reales, porque para él, el amor de su padre era la realidad más grande que conocía. Pues bien, Dios los escucha a ustedes de la misma manera. Cada oración, cada suspiro, cada pensamiento hacia Ben, Él lo recibe como una historia que le importa profundamente. No están solos en este desierto. Están siendo guiados por una mano que no suelta a nadie.
Quiero que hoy, al salir de aquí, se lleven una sola cosa: la certeza de que Dios no los acusa. Si hoy sienten el peso de la culpa, si hoy se preguntan si hicieron suficiente, dejen que la Palabra de hoy los libere. Ustedes amaron bien. Ustedes han sido, y siguen siendo, el mejor regalo que Ben pudo tener. La vida de Ben, como la de San Carlo Acutis, fue una vida que, aunque breve en tiempo, fue completa en amor. Él fue un chico que supo mirar, que supo sonreír, que supo ofrecerse. Ahora, él es parte de esa 'nube de testigos' que nos anima a seguir adelante.
No se queden mirando el vacío; miren hacia arriba, hacia la esperanza. Dios tiene un plan que abarca la eternidad, y en ese plan, Ben tiene un lugar que nadie más puede ocupar. Ustedes son una familia marcada por un amor que trasciende la muerte. Sigan viviendo con esa misma valentía. Sigan amando con esa misma generosidad. Y cuando la noche sea difícil, recuerden que no están solos. El Espíritu Santo está con ustedes, enseñándoles, en cada momento, la palabra de paz que necesitan escuchar. Ben está bien. Está en casa. Y desde allí, sigue siendo el mismo chico curioso y tierno, esperándolos con esa sonrisa que es, para siempre, el reflejo de la gloria de Dios. Que esa gloria los llene hoy, los consuele y los guíe, hasta el día en que, en la presencia del Padre, el abrazo sea eterno. No carguen más con la culpa; suelten esa moneda, entréguenla a Dios, y dejen que Él les devuelva la paz que es suya por derecho de hijos. Él los ama. Él los sostiene. Él los espera.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
El Señor los bendiga y los guarde, ilumine su rostro sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.