En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que nos recibe siempre con amor infinito, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, cuando nos sentamos a observar la vida con calma, nos damos cuenta de que todo se reduce a un gesto. No a grandes discursos, no a teorías complejas, sino a un gesto humano, pequeño y concreto, que revela lo que hay en el fondo de un corazón. En el Evangelio de hoy, vemos a una mujer que entra en la casa de un fariseo. Ella no pide permiso, no intenta encajar en las normas sociales de aquel tiempo; ella solo tiene una necesidad urgente de estar cerca de Jesús. Trae un frasco de alabastro, un perfume costoso, y se sitúa detrás de Él, a sus pies, llorando. Sus lágrimas caen sobre los pies del Maestro, y ella, con una humildad que desarma, los seca con su propio cabello, los besa y los unge. Es una escena de una intimidad sobrecogedora. El fariseo, en cambio, observa con los brazos cruzados y el juicio en los labios: 'Si este fuera profeta, sabría qué clase de mujer es esta'. Él mide, él calcula, él etiqueta. Ella, en cambio, solo ama.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un muchacho que, a pesar de su mente brillante y su capacidad para entender los sistemas más complejos del mundo —desde la lógica matemática hasta la infraestructura de la nube—, poseía esa misma sencillez de corazón. Él no era un muchacho de etiquetas. Él era un muchacho de encuentros. Pensar en Ben es recordar esa curiosidad inagotable, esa sonrisa que iluminaba cualquier habitación, y esa ternura que lo definía. ¿Recuerdan esa faceta suya tan especial, su amor por los aviones? Él no solo veía máquinas voladoras; él veía la posibilidad de conectar, de viajar, de explorar lo inmenso. Soñaba con su 'Con Chim Airlines' no por ambición, sino por la alegría pura de crear algo que pudiera elevarse. En esa risa suya cuando hablaba de sus proyectos, en esa chispa en sus ojos, residía una fe que no necesitaba explicaciones, solo necesitaba ser vivida.
Sin embargo, hoy debemos ser honestos sobre el peso de la ausencia. Tres meses han pasado desde que Ben regresó a la casa del Padre, y sé que para ustedes, Alan y Thao, y para ti, Ryan, el vacío no se llena con palabras. Sé que hay noches en las que el silencio de la casa se siente como un eco de esa ausencia, y que la mente, a veces, nos traiciona. Se preguntan si hubo algo que se les escapó, algún detalle que, de haber sido distinto, habría cambiado el curso de las cosas. Escúchenme con el corazón abierto: Dios no les está pasando cuentas. La batalla que Ben libró no fue un castigo, ni fue el resultado de una falta de cuidado. Ustedes fueron para él un refugio, un hogar, el amor hecho carne. No se acusen de lo que está más allá de la voluntad humana. Dios no envía el sufrimiento; Dios lo abraza. Y en ese abrazo, ustedes no están solos. Ustedes no fallaron. El amor que le dieron a Benjamin no tiene medida humana, y ese amor es el que lo sostiene hoy en el 'Banquet of Heaven'.
San Pablo nos dice en la primera lectura: 'Por la gracia de Dios soy lo que soy'. Esta es la verdad que sostiene nuestra vida cuando sentimos que no podemos más. Es la gracia la que nos permite levantarnos, la que nos permite seguir adelante incluso cuando el camino se siente cuesta arriba. Ben vivió esa gracia. Él la vivió en su generosidad, como aquel momento en que, con la inocencia y la bondad de un corazón puro, ofreció su alcancía para ayudar a su tío William. Él no necesitaba romperla, no necesitaba vaciarla; el simple hecho de ofrecer todo lo que tenía, de querer cargar con el dolor de otro, nos revela la estatura de su espíritu. Ben ya era, en su corazón, un hombre de Dios. Él entendía que la vida no se trata de lo que acumulamos, sino de lo que somos capaces de entregar. Y esa entrega no ha muerto. Ese amor sigue fluyendo en el mundo, como ese pozo de agua, el 'Giếng Gioan Baotixita' en Cà Mau, que lleva su nombre y sigue dando vida a quienes más lo necesitan. Ben sigue dando, él sigue siendo ese niño que se preocupa por los demás, incluso desde la eternidad.
Ryan, sé que a veces te sientes como si estuvieras en una pista de aterrizaje, mirando al cielo esperando un vuelo que parece retrasado. Pero recuerda que tu hermano mayor te ha dejado un mapa. Él te enseñó a ser valiente, a trabajar duro, a no tener miedo de intentar cosas nuevas. Él vive en ti. Vive en la forma en que cuidas de tus padres, en la forma en que guardas sus recuerdos, en la manera en que honras su memoria. No tengas miedo de seguir adelante, de reír, de soñar. Ben no se ha ido a un lugar lejano; él ha llegado a la plenitud de la vida, y desde allí, él te acompaña. Él es tu hermano, y esa es una conexión que ni siquiera la muerte puede romper. Él te mira con orgullo, como el hermano mayor que siempre fue, y te anima a seguir volando, a seguir buscando, a seguir amando.
Jesús, al mirar a la mujer del Evangelio, no ve sus pecados; ve su amor. 'Sus muchos pecados han sido perdonados porque ha amado mucho'. Ese es el secreto que Ben descubrió antes que nosotros. Él descubrió que el valor de una vida no se mide por su duración, sino por su intensidad, por la capacidad de amar y de ser amado. Ustedes le dieron a Ben un mundo lleno de amor, de viajes, de curiosidad, de familia. Y ese amor no se pierde. Se guarda en el corazón de Dios. Cuando sientan que la carga es demasiado pesada, miren a la Cruz. No para buscar respuestas lógicas a un misterio que solo Dios conoce, sino para encontrar consuelo. Miren a Jesús, que también perdió a un hijo, y miren a María, que estuvo al pie de la Cruz con el corazón traspasado, pero que nunca dejó de confiar. Ella sabe lo que es el dolor, y ella los sostiene hoy.
No busquen cambiar el mundo entero hoy, ni busquen la respuesta a todas sus preguntas. Simplemente, tengan un gesto de bondad, una palabra amable, un momento de paz, algo que Ben hubiera hecho. Háganlo en su nombre. Al hacerlo, verán que él está vivo, que él camina con ustedes, que él es el hermano que los acompaña en cada paso de este camino. No están solos. Tienen a la Iglesia, tienen a Dios, y tienen a Ben, que los espera con esa sonrisa que nunca se apaga. Sigan adelante, con la frente en alto. Sigan amando. El amor es lo único que nos llevamos, y es lo único que permanece cuando todo lo demás se desvanece. La paz de Cristo, que supera todo entendimiento, los guarde hoy y siempre. Confíen en que, en el misterio de la vida, nada de lo que se da con amor se pierde jamás; todo es recogido por Dios, y en Él, todo se hace nuevo. Ben está bien. Él está en la luz, y esa luz es la que los guiará hasta el reencuentro. Mantengan viva su curiosidad, mantengan viva su generosidad, y sobre todo, mantengan vivo ese amor que los hace una familia, aquí y en la eternidad.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
El Señor los bendiga y los guarde, les muestre su rostro y tenga misericordia de ustedes. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.