En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Hermanos y hermanas, reunidos en la gracia de Dios, acogemos esta Palabra que ilumina nuestros caminos.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
“Yo mismo buscaré a mis ovejas y cuidaré de ellas”. Esta promesa del profeta Ezequiel, pronunciada hace tantos siglos, resuena hoy con una fuerza particular en nuestros corazones. “Yo mismo buscaré a mis ovejas y cuidaré de ellas”. No dice: ‘enviaré a alguien’, ni ‘les mandaré un mensaje’. Dice: “Yo mismo”. Es el mismo Dios quien se inclina hacia nosotros, quien se acerca a nuestra fragilidad, quien nos busca en medio de nuestras desorientaciones. Y lo hace, como leemos en la primera lectura, porque su gran nombre ha sido profanado, porque su santidad necesita ser probada, no para su gloria, sino para nuestra salvación. “Yo mismo… los sacaré de entre las naciones, los reuniré de todas las tierras, y los traeré de vuelta a su propio país. Entonces, rociaré agua pura sobre ustedes y los purificaré de todas sus impurezas; los purificaré de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su pecho el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en ustedes y haré que vivan según mis normas, que observen mis preceptos y los pongan en práctica. Habitarán en la tierra que di a sus antepasados, y ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios”.
¡Qué promesa tan asombrosa! Un corazón nuevo. Un espíritu nuevo. La presencia misma de Dios infundida en nosotros. Es la renovación total, la purificación profunda, el retorno a la casa del Padre. Es la imagen de un Dios que no se resigna, que no abandona, sino que interviene con amor para restaurarnos, para hacernos de nuevo, para que seamos su pueblo y Él sea nuestro Dios.
Esta imagen de la purificación, de la renovación, del agua que lava y del espíritu que infunde vida, se despliega de manera hermosa en el Salmo Responsorial de hoy. “Yo derramaré agua pura sobre ustedes y los lavaré de todas sus impurezas”. El salmista, inspirado por el Espíritu, canta con anhelo: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva mi espíritu”. Es la súplica confiada de quien sabe que solo Dios puede obrar esta transformación radical. “No me arrojes lejos de tu rostro, ni retires de mí tu santo espíritu”. El salmista no quiere perder la presencia de Dios, no quiere ser abandonado a su suerte. Sabe que su vida solo tiene sentido si está marcada por la presencia del Espíritu, por la cercanía del Señor. “Devuélveme la alegría de tu salvación, y que un espíritu generoso me sostenga”. Qué hermoso es pedir no solo el perdón, sino la alegría que brota de la salvación, y un espíritu generoso que nos impulse a vivir la vida que Dios nos ha dado.
Y luego, en el Evangelio, Jesús nos presenta la parábola del banquete de bodas. Una imagen potente, llena de significado. El Reino de los Cielos se asemeja a un rey que prepara una gran fiesta para su hijo. Ha preparado todo: los animales cebados, todo está listo. Envía a sus siervos a llamar a los invitados, a aquellos a quienes había elegido, a quienes había preparado. Pero se niegan a venir. No solo eso, sino que maltratan y matan a los mensajeros. La reacción del rey es comprensible: está furioso. Envía a sus tropas, destruye a los asesinos y quema su ciudad. Y luego, en un giro inesperado, la invitación se extiende. Ya no solo a los que estaban previstos, sino a todos los que se encuentren en los caminos, “lo mismo malos que buenos”. El salón se llena de invitados.
Pero la parábola no termina ahí. El rey entra para ver a los comensales y encuentra a uno que no lleva vestido de boda. Le pregunta: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”. El hombre se queda en silencio, sin excusas. Y el rey ordena: “Atadlo de pies y manos, y echadlo a las tinieblas exteriores; allí será el llanto y el crujir de dientes”.
“Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Esta última frase es la que a menudo nos deja pensando, quizás un poco inquietos. ¿Por qué tantos invitados y solo unos pocos escogidos? ¿Qué significa ese vestido de boda? ¿Y por qué esa exclusión tan drástica al final?
En la primera lectura, Ezequiel nos habla de Dios que “rocía agua pura sobre ustedes para limpiarlos de todas sus impurezas”. El salmo canta: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro”. Y en el Evangelio, encontramos la imagen del rey que prepara un banquete y busca invitados. Los invitados son llamados a la fiesta, pero la condición para permanecer en ella es llevar el “vestido de boda”.
Este vestido de boda, hermanos y hermanas, no es un simple accesorio. Es el símbolo de nuestra respuesta a la llamada de Dios, es la manifestación externa de la transformación interior que Él obra en nosotros. Es el signo de que hemos aceptado el don de su gracia, que hemos permitido que su Espíritu renueve nuestro corazón, que hemos sido purificados por esa agua que Él derrama sobre nosotros. El vestido de boda es la vida vivida en Cristo, es el amor que brota de un corazón purificado, es la coherencia entre nuestra fe y nuestras acciones. Es, en definitiva, la gracia de Dios que se hace visible en nosotros.
El rey llama a todos, a los buenos y a los malos, porque Dios no excluye a nadie de su amor. Su misericordia es infinita. Pero la participación plena en su Reino, en ese banquete eterno, requiere una respuesta de nuestra parte. Requiere que nos dejemos transformar por Él, que aceptemos el “corazón nuevo” y el “espíritu nuevo” que Él nos ofrece, que vistamos el traje de la caridad, de la humildad, de la fe vivida. El vestido de boda es, en esencia, la gracia santificante que nos hace hijos amados del Padre, dignos de sentarnos a su mesa.
Hoy, al recordar a San Bernardo, un hombre que dedicó su vida a la búsqueda de Dios, a la predicación de la verdad y a la vida monástica, podemos contemplar en él este “vestido de boda”. Bernardo de Claraval fue un hombre de profunda espiritualidad, un místico que experimentó la presencia de Dios de una manera muy íntima. Sus escritos sobre el amor de Dios, sobre la Virgen María, sobre la vida espiritual, nos invitan a desear esa unión con el Señor, a anhelar ese “corazón puro” y ese “espíritu nuevo” del que habla Ezequiel y el salmista.
San Bernardo entendió que la vida cristiana no es solo una lista de preceptos, sino una relación de amor. Él nos enseñó que el camino hacia Dios se recorre con el corazón, con un amor ardiente que nos transforma y nos impulsa a vivir según los estatutos del Señor. Él mismo se despojó de todo para seguir a Cristo, para vestir ese traje de pobreza evangélica, de obediencia y de castidad, que le permitió entrar en el Reino y vivir en la presencia de Dios.
Y es precisamente aquí, en esta profunda verdad, donde podemos encontrar un consuelo inmenso para nuestros corazones, especialmente hoy, a nueve semanas de la partida de nuestro querido Benjamin Vo. Ben, un joven de una inteligencia brillante, de una curiosidad insaciable, de un corazón inmensamente bueno y generoso. Recordamos su sonrisa, su respeto, su empatía. Recordamos su pasión por la aviación, su deseo de crear “con chim airlines”, su disposición a dar hasta el último centavo de su alcancía para ayudar a su tío.
Ben, con su corta pero intensa vida, nos mostró cómo se puede vivir con ese “vestido de boda” que el rey pide. Él, a pesar de su corta edad, ya buscaba la excelencia, se esforzaba al máximo en todo lo que hacía, ya fuera en los estudios, en el deporte o en sus proyectos. Su padre soñó con él, y en ese sueño, Ben le decía: “No te preocupes, papá, yo te cuidaré desde el cielo”. Una promesa de amor eterno, de una presencia que trasciende la muerte física.
Ben nos enseñó que “intentar es todo lo que importa”. Esa determinación, esa entrega total en cada momento, es una forma de vestir el traje de la boda. Él no se detuvo ante las dificultades; buscó la manera de superarlas, de crecer, de amar. Su vida fue un reflejo de esa agua pura que Dios derrama, de ese corazón nuevo que Él nos promete. Él aceptó la llamada del Señor, y aunque su tiempo aquí fue breve, vivió con la intensidad y la pureza de quien está llamado a la casa del Padre.
Para sus padres, Alan y Thao, para su hermano Ryan, para toda su familia y para todos nosotros que lo amamos, la partida de Ben ha dejado un vacío inmenso. Es natural que el dolor nos embargue, que a veces nos sintamos perdidos, como si hubiéramos sido invitados a una fiesta y de repente, el anfitrión nos dijera que no estamos vestidos adecuadamente. Pero el Evangelio, y la vida de San Bernardo, y la vida misma de Ben, nos ofrecen una luz diferente.
El rey, después de ser rechazado por los primeros invitados, abre las puertas a todos. A los malos y a los buenos. La invitación es universal. Y el vestido de boda no es algo que nosotros mismos confeccionamos con nuestras propias fuerzas, sino un don que recibimos de Dios. Es la gracia que nos purifica, que nos renueva, que nos permite entrar en su Reino. La gracia que Dios derrama sobre nosotros como agua pura, que nos da un corazón nuevo y un espíritu nuevo.
Alan y Thao, sé que el dolor es profundo. Veo en ustedes una fortaleza increíble, un amor que trasciende el tiempo y el espacio. Ryan, tu hermano te amaba profundamente, y esa conexión, esa hermandad, es un tesoro que nadie podrá arrebatarles. La vida de Ben, aunque truncada, fue un regalo precioso. Él vivió con un corazón abierto, con una generosidad que hoy se manifiesta en actos de caridad que continúan su legado de amor. Un legado de amor que se ha convertido en un pozo de agua viva para una comunidad en Vietnam, un símbolo de esperanza y vida que fluye eternamente.
Recordemos que Dios no nos pide perfección absoluta para invitarnos a su banquete. Nos pide un corazón dócil, dispuesto a ser transformado. Nos pide que aceptemos su gracia, que nos dejemos lavar por su misericordia, que vistamos el traje de la caridad y del amor. Ben, en su corta vida, nos mostró el camino. Él ya llevaba puesto el vestido de boda, porque vivió con un corazón puro, con un espíritu generoso, con una fe viva que se traducía en amor.
Así que, hermanos y hermanas, no teman. Dios nos invita a todos. Nos llama a su banquete. Y nos da todo lo necesario para estar allí. Nos da su Espíritu, nos da su gracia, nos da su amor. Solo tenemos que abrir nuestro corazón, aceptar su invitación y permitir que Él nos vista con su santidad. Permitiendo que Él nos lave con su agua pura, que nos dé un corazón nuevo y un espíritu nuevo.
Que la vida de San Bernardo, un testigo fiel de la presencia de Dios, y la memoria de nuestro querido Benjamin Vo, que vivió con un corazón puro y generoso, nos inspiren a todos a vivir cada día con ese “vestido de boda”, listos para el banquete eterno. Que su amor siga fluyendo en nosotros, transformando nuestros corazones y haciéndonos testigos de la misericordia de Dios. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.