Palabra Diaria

Martes de la vigésima segunda semana del Tiempo Ordinario

Tuesday, September 1, 2026 · in memory of Ben
Una devoción que sigue la Misa — no la sustituye.
Opening

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. La gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.

Lord, Have Mercy

Señor Jesús, Palabra eterna que calma toda tempestad: ten piedad de nosotros. Cristo Jesús, Sabiduría del Padre que escudriña nuestros corazones: ten piedad de nosotros. Señor Jesús, Pastor bueno que levanta a los que tropiezan y sana las heridas del alma: ten piedad de nosotros.

♪ “Señor, Ten Piedad (30s Piano)” — A song for Ben
The Word of God
Primera Lectura · 1 Corintios 2, 10b-16
Hermanos: El Espíritu lo sondea todo, incluso las profundidades de Dios. ¿Quién conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios. Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios nos ha concedido gratuitamente. Y de estas cosas hablamos, no con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, explicando realidades espirituales en términos espirituales. El hombre puramente natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, pues para él son necedad y no las puede entender, porque han de ser juzgadas espiritualmente. En cambio, el hombre espiritual puede juzgarlo todo, mientras que a él nadie lo puede juzgar. Porque «¿quién conoció la mente del Señor para instruirlo?» Pero nosotros tenemos la mente de Cristo.
Salmo Responsorial · Salmo 144, 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14
♪ “2nd Sunday in Ordinary Time, Year C” — CJM Music (cjmmusic.com)
Evangelio · Lucas 4, 31-37
En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo, que gritó con fuerte voz: «¡Déjanos! ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó, diciendo: «¡Cállate y sal de él!». Entonces el demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente y salió de él sin hacerle ningún daño. Todos quedaron asombrados y se decían unos a otros: «¿Qué tiene su palabra? Porque con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos y salen». Y su fama se extendía por todos los lugares de la región.
Alleluia
♪ A song for Ben
El Señor es justo en todos sus caminos.
Homily

Cierren los ojos por un instante y viajen con la imaginación al interior de una sinagoga de piedra en Cafarnaúm, a orillas del lago. Es la mañana del sábado. El aire huele a polvo seco, a lana y a incienso antiguo. El murmullo de la gente se apaga lentamente cuando un hombre joven de Nazaret se pone de pie para enseñar. No lleva pergaminos ostentosos ni recurre a citas interminables de maestros pasados. Simplemente habla.

Y de repente, en medio de esa congregación tranquila, estalla un grito desgarrador. Una voz áspera, fuera de control, llena de desesperación y desorden, rompe la paz del lugar: «¡Déjanos! ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret?». Es el sonido del caos humano. El sonido del alma herida que se agita, que teme ser destruida, que no encuentra descanso.

Imaginen la tensión en el ambiente. El sobresalto de los presentes, el miedo que paraliza a los vecinos, el desasosiego que congela la respiración. Y entonces… en medio de ese clamor ensordecedor, Jesús no se altera. No levanta la voz en pánico. No retrocede ni un paso. Con una serenidad inquebrantable, pronuncia apenas dos mandatos claros, firmes, cargados de una majestad infinita:

«¡Cállate y sal de él!».

Y el ruido cesa.

Aquella palabra no necesitó adornos ni violencia. Entró en el caos como una espada de luz serena, desarmó la tormenta interior de aquel hombre y devolvió el silencio sagrado al templo. Los testigos quedaron atónitos y se preguntaban: «¿Qué tiene su palabra?». Lo que tenía era la autoridad misma del Creador, la voz que en el principio de los tiempos dijo «hágase la luz» y la luz se hizo.

Esa es la imagen que quiero que guardemos en el corazón durante toda nuestra oración de hoy: la Palabra que impone silencio al caos. La voz mansa y todopoderosa de Cristo que entra en los lugares donde el alma humana grita de angustia, desconcierto o dolor, y con dulzura infinita dice: «Paz. Silencio. Sal de él».

San Pablo, en la primera lectura que hemos proclamado a la comunidad de Corinto, nos abre la puerta a un misterio todavía más íntimo. Nos dice que el Espíritu de Dios no es una fuerza lejana ni una teoría abstracta, sino aquel que «lo sondea todo, incluso las profundidades de Dios». Y añade una frase que debería estremecernos de consuelo: «Nosotros tenemos la mente de Cristo».

¿Qué significa tener la mente de Cristo cuando el mundo que nos rodea parece derrumbarse? ¿Qué significa cuando nuestras propias voces interiores no dejan de hacer preguntas sin respuesta?

Tener la mente de Cristo no significa tener todas las explicaciones lógicas a mano. No significa no sentir tristeza ni derramar lágrimas. Tener la mente de Cristo significa poseer esa misma paz profunda que no nace del cálculo humano, sino de la confianza total en el Padre. Significa aprender a mirar la vida, el tiempo, el amor y la eternidad no con los ojos temerosos del mundo terrenal, sino con los ojos del Espíritu, que sabe que ningún hijo de Dios se pierde jamás de su abrazo.

Pero antes de abrazar ese consuelo, hermanos míos, tenemos que detenernos ante la verdad desnuda de nuestra propia herida. No podemos fingir que no duele. El consuelo que llega con prisa, sin escuchar el llanto, no sana el corazón.

Han pasado dos meses y medio desde aquel trece de junio. Alrededor de ochenta días. Para el calendario ordinario de la gente en la calle, el tiempo corre; los días se suceden, las actividades continúan, los semáforos cambian y la vida marcha. Pero para una madre y un padre, para Alan y Thao, y para un hermano inseparable como Ryan, el tiempo tiene otra densidad. La ausencia física de Benjamin Vo se siente en cada rincón.

Se siente en la silla donde ya no se sienta a comer; en la habitación que conserva su orden y sus recuerdos; en el silencio que a ciertas horas de la tarde pesa como plomo en el pecho. Duele levantarse por la mañana y constatar que el vacío sigue allí. Duele cuando la mente, en el silencio de la madrugada, empieza a llenarse de ruidos, de recuerdos punzantes, de suspiros contenidos. El duelo no es una falta de fe: es la prueba más pura de cuánto se ha amado.

Y es precisamente en medio de ese silencio herido donde necesitamos escuchar la voz de Jesús. Cuando el dolor grita dentro del pecho como aquel hombre en la sinagoga; cuando el pensamiento nos abruma con la nostalgia del abrazo que falta, Jesús se hace presente en nuestro propio corazón. Él se acerca con su mirada limpia y le dice a nuestra desesperación: «Paz. Cállate. No tengas miedo».

Jesús no vino a destruirnos. Vino a rescatar nuestra paz. Vino a recordarnos que la muerte no tiene la última palabra sobre aquellos a quienes amamos.

Benjamin Đại Dương Vo fue un muchacho que comprendió, de una forma sorprendentemente luminosa para sus quince años, lo que significa vivir con el corazón enfocado en lo bueno, sin dejarse vencer por los ruidos del desánimo. Ben era conocido por su mente brillante, por su rapidez para entender la lógica y las matemáticas avanzadas, pero sobre todo por una actitud ante la vida que hoy nos sirve como faro espiritual.

En la cancha de bádminton, cuando los entrenamientos eran duros y el sudor corría por su frente, Ben tenía una convicción que repetía con sencillez y convicción: «Esforzarse es lo único que importa» (*trying is all that matters*). No jugaba con miedo a perder; jugaba con entrega total. No le asustaba el desafío ni la exigencia. Cuando logró entrar en el equipo, la alegría que inundó a su familia no era solo por una victoria deportiva, sino por el testimonio de un joven que ponía el alma en cada raquetazo, que no se guardaba nada, que vivía con el entusiasmo puro de quien sabe que cada instante es un regalo para dar lo mejor.

Ese espíritu deportivo, noble y perseverante, era un reflejo de su mundo interior. Ben no permitía que las dudas o el desánimo paralizaran sus pasos. Tenía una tenacidad dulce. Con su sonrisa constante, su porte respetuoso y su bondad sin doblez, nos enseñaba que la verdadera grandeza no está en el ruido del triunfo mundano, sino en la entrega sincera del corazón.

San Pablo nos pregunta hoy: «¿Quién conoció la mente del Señor para instruirlo?». A menudo, cuando la vida nos quita de golpe una presencia tan luminosa como la de Benjamin, los seres humanos intentamos aconsejar a Dios. Le reclamamos en el silencio: «¿Por qué ahora? ¿Por qué de esta manera? ¿Por qué a un muchacho tan lleno de pureza y de futuro?». La mente terrenal busca medidas de tiempo: cuenta años, cuenta planes interrumpidos, cuenta hitos que hubiéramos querido celebrar juntos.

Pero el Espíritu de Dios, que sondea las profundidades del Padre, no mide la vida por la cantidad de los días, sino por la plenitud del amor vivido. A los ojos de la eternidad, la vida de Benjamin Vo no quedó truncada ni a medio camino; fue una vida que alcanzó una madurez espiritual admirable. Quince años llenos de amor recibido y derramado, de ternura hacia sus padres, de complicidad fraterna con Ryan, de viajes donde abrió sus ojos al mundo y de gestos nobles que dejaron una huella imborrable en todos los que lo conocieron.

El Salmo que hemos cantado hoy proclama con firmeza: «El Señor es justo en todos sus caminos, es compasivo con todas sus criaturas. El Señor sostiene a todos los que caen, endereza a todos los que están encorvados».

¿Sienten a veces que el peso de la tristeza los encorva? ¿Sienten que las fuerzas no alcanzan para seguir adelante con la rutina diaria? Miren lo que promete la Palabra: el Señor no los deja caer al vacío. Su mano invisible los está sosteniendo por debajo. Cuando una madre o un padre lloran en soledad, el Señor está recogiendo cada lágrima. Cuando un hermano menor mira una fotografía y siente que el mundo ha cambiado para siempre, Cristo se arrodilla a su lado para devolverle el aliento.

Queridos Alan y Thao: el amor que ustedes construyeron con Ben no pertenece al pasado. Es una realidad eterna. Ben creció sabiéndose profundamente amado, guiado y acompañado. La fe que ustedes sembraron en su alma, las conversaciones que compartieron, los momentos sencillos en familia, todo eso fue el suelo fértil donde floreció su espíritu gentil. Ahora él no está ausente; está presente de una manera nueva, purificada y santa, en el corazón de Dios.

Y a ti, querido Ryan: tu hermano mayor fue y sigue siendo tu gran compañero de equipo. Recuerda siempre su lema: darlo todo, esforzarse con alegría, no tener miedo a los desafíos. Ben quiere que vivas con el corazón encendido, que persigas tus sueños, que rías y crezcas con valentía. Cada vez que tomes una raqueta, cada vez que logres una meta en tus estudios o en tu vida, no estarás solo: la oración de Ben en el cielo te acompaña como un viento suave a tu favor.

Quiero dirigirme también a cada una de las personas que hoy nos acompañan a través de la distancia; a los tíos, tías, primos y amigos de Ben; y a tantas familias que en este momento cargan una cruz pesada. Pienso en aquellos hogares donde hay niños que sufren, donde hay padres que no duermen de preocupación, donde la incertidumbre parece oscurecer el horizonte. El Señor los mira a ustedes con ternura infinita.

En la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús no rechazó al hombre atormentado; expulsó al mal y cuidó al hombre. «El demonio salió de él sin hacerle ningún daño», dice el Evangelio. El poder de Dios siempre protege lo más íntimo y sagrado de nuestro ser. Aunque el dolor terrenal nos golpee por fuera, nuestra alma, redimida por la Sangre de Cristo, permanece a salvo en las manos del Creador. Nada ni nadie puede arrebatarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

En el cielo, donde ya no hay llanto ni despedidas, Benjamin contempla ahora la belleza que ningún ojo humano vio ni ningún oído escuchó. Aquellas realidades espirituales de las que hablaba San Pablo son ahora su hogar cotidiano. Ya no necesita descifrar misterios; los ve cara a cara en la luz de la Santísima Trinidad. Y junto a Nuestra Señora, la Virgen María —que conoce como nadie el misterio de acompañar a un Hijo y entregarlo con fe en los brazos del Padre—, Ben intercede por nosotros con una sonrisa límpida y llena de paz.

¿Qué podemos llevarnos en las manos y en el alma al terminar esta celebración? ¿Qué gesto sencillo podemos practicar hoy al cruzar esa puerta y regresar a nuestros hogares?

Les propongo un ejercicio de silencio y fe. Hoy, en algún momento del día en que sientan que los pensamientos se agolpan o que el dolor de la ausencia se hace más pesado, deténganse por un minuto. Dejen a un lado el teléfono, apaguen los ruidos y respiren hondo. En ese silencio, invoquen a Jesús en el secreto de su corazón y pídanle que pronuncie sobre sus almas esa misma palabra de Cafarnaúm: «Señor, calma mis tempestades interiores; calla mis temores; dame tu paz».

Y luego, hagan un pequeño homenaje a Ben en lo cotidiano: pongan lo mejor de ustedes en lo que tengan que hacer hoy, sea grande o pequeño, con la convicción de que «esforzarse con amor es lo único que importa». Una palabra de aliento a alguien cansado, un abrazo sin prisa a quien tenemos al lado, una sonrisa regalada a pesar del cansancio.

El Señor es fiel a sus palabras y santo en todas sus obras. Él camina a nuestro lado en este valle, cura nuestras heridas con paciencia divina y nos asegura que la historia no termina en la tristeza, sino en el abrazo eterno de la resurrección.

Benjamin, muchacho bueno y fiel, atleta del alma: descansa en la paz luminosa del Señor. Nosotros seguimos aquí, caminando con esperanza, aprendiendo a tener la mente de Cristo y guardando en el alma la dulzura de tu recuerdo, hasta el día bendito en que todos nos volvamos a encontrar en la casa del Padre, donde la alegría nunca se acaba.

Que la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y el manto materno de Santa María, permanezcan para siempre en sus corazones. Amén.

Meditación
♪ “Un Solo Latido (Liturgical Style)” — A song for Ben
Prayers of the Faithful

For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:

“Hola Ben, si es posible, deja que Minh se encuentre contigo en sus sueños, aunque sea solo con un saludo o una sonrisa, como solías posar para las fotos. Te extraño y te quiero muchísimo.”
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.
“Hola Ben, necesitamos un milagro aquí. Te extrañamos muchísimo y no estamos durmiendo mucho. Ryan desearía que estuvieras aquí, especialmente este próximo sábado para jugar la nueva versión de Project Flight con él.” — Dad
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.
“Querido Ben, nuestro tío Thanh ha fallecido. Por favor, cuida de él y ruega para que su alma encuentre la paz. Su nombre de santo es Phêrô. Señor, gracias por enviar a Chu Thanh a mi vida. Siempre agradeceré el tiempo que pasó dándome clases de matemáticas en la escuela secundaria.” — Dad
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.
“No puedo dejar de pensar en ti, Ben... desearía poder retroceder en el tiempo e intentar cambiar las cosas... tal vez pasar más tiempo contigo y menos trabajando tanto. Por favor, ruega por mí y por mamá.” — Dad
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.
“Te extraño, Ben - no he podido dormir mucho estos días. Por favor, pasa a saludar cuando puedas. Te quiero.” — Dad
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.
“Por favor, reza por William. Por favor, ayuda a su mamá a sobrellevar el dolor de extrañarlo tanto.” — Dianna Maria
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.
“Hola Ben, Ryan te extraña y desearía que estuvieras aquí para jugar con él. Por favor, cuídalo en espíritu y guíalo a lo largo de la vida. Ayúdalo a mantenerse fuerte y a mantener su fe en Dios. Por favor, ven a casa y saluda.”
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.
“Por favor, reza por Debora, dejó a su esposo Steve hace dos semanas. Su esposo siente un profundo dolor y no ha podido dormir.”
… lo confiamos a Ben, para que lo lleve al Señor.
℟ Ben, ruega por nosotros.

🕯 Enciende tu propia oración en el muro de oración →

Padre Nuestro

Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Canto de Comunión
♪ “Sacrificio de Amor (Version B)” — A song for Ben
Blessing

✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Canto de Despedida
♪ “Tú Vas Conmigo (Version A: Thánh Ca)” — A song for Ben
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