En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que el Señor de la vida, que ha abierto las puertas del cielo para nuestros seres queridos, esté siempre con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
Deténganse por un momento y recuerden la última vez que miraron fijamente al cielo abierto.
No hablo de una mirada rápida para comprobar si va a llover o si el sol brilla. Hablo de esa mirada sostenida, casi contemplativa, en la que los ojos se clavan en el horizonte y siguen el rastro de algo que sube, que se eleva, que desafía la gravedad y se pierde entre las nubes. Quien mira así el cielo, no lo hace con indiferencia; lo hace con una mezcla de asombro y de nostalgia, como si una parte de su propio ser quisiera viajar en esa misma dirección. Es la mirada de quien sabe que, más allá de lo que alcanzan a ver nuestros ojos físicos, existe un espacio de libertad, de altura y de paz que nos atrae de manera irresistible.
Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de San Bartolomé, a quien el Evangelio de Juan llama Natanael. Y en el corazón de las lecturas de este día, se nos regala una imagen maravillosa que conecta la tierra con el infinito: el cielo abierto y el movimiento constante de subir y bajar.
Jesús le hace a Natanael una promesa que parece sacada de un sueño antiguo, evocando la escala de Jacob: «Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre». El cielo ya no es un techo cerrado de bronce que nos separa de Dios. El cielo es un espacio abierto, un canal de comunicación donde el amor de Dios desciende hacia nosotros y nuestras vidas, nuestras esperanzas y nuestros seres queridos ascienden hacia Él.
Esta imagen del cielo abierto y del movimiento de ascenso y descenso corre como un hilo de luz a través de toda nuestra liturgia de hoy. En la primera lectura, el apóstol Juan tiene una visión espectacular: ve la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que «bajaba del cielo, de parte de Dios». No es una ciudad construida con el esfuerzo humano, cansado y limitado; es una realidad celestial que desciende, resplandeciente como el cristal, con puertas abiertas en todas las direcciones. Hay tres puertas al oriente, tres al norte, tres al sur y tres al occidente. Doce puertas que nos dicen que nadie queda excluido, que la entrada al misterio de Dios está abierta para todos los que buscan la verdad con un corazón sincero.
Pero antes de que podamos dejarnos consolar por la belleza de este cielo abierto, tenemos que decir la verdad de nuestra propia realidad aquí en la tierra. Tenemos que nombrar el dolor.
Hace poco más de dos meses, el 13 de junio, el tiempo pareció detenerse para la familia de nuestro querido Benjamin Vo. Han pasado ya más de sesenta días. Sesenta días en los que el verano ha seguido su curso exterior, pero en los que el hogar de Alan, de Thao y de Ryan ha tenido que aprender a respirar con un aire que se siente más pesado. La verdad es que la ausencia no se vuelve más ligera con el paso de las semanas; a menudo, es ahora, cuando el eco de los primeros momentos se apaga, cuando el silencio de la casa se vuelve más elocuente. La verdad es que la mesa tiene un espacio vacío, que los proyectos que se hablaban con tanta emoción ahora se guardan en el corazón con un nudo en la garganta, y que la nostalgia acecha en los detalles más cotidianos.
Cuando el dolor es tan real, un consuelo que llegue demasiado rápido, sin respetar la herida, se siente falso. Por eso, hoy miramos a Jesús en el Evangelio, quien no ofrece a Natanael una respuesta barata ni una teoría filosófica. Jesús comienza mirándolo de verdad. «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera».
¿Qué significa estar debajo de la higuera? Para el pueblo de Israel, la higuera era el lugar de la meditación, del estudio, pero también el lugar donde uno se retiraba cuando el alma estaba cargada, cuando se buscaba al Dios invisible en medio de las dudas y de las preguntas sin respuesta. Estar debajo de la higuera es estar en ese rincón de nuestro propio corazón donde nadie más puede entrar; el lugar donde Alan y Thao lloran en el silencio de la noche; el lugar donde Ryan extraña a su hermano mayor, a su compañero de juegos y de descubrimientos; el lugar donde nos preguntamos por qué la vida tiene que ser tan dura y por qué un muchacho tan lleno de luz y de futuro tuvo que partir tan pronto.
Y es precisamente ahí, en ese espacio de dolor y de búsqueda, donde Jesús nos dice hoy: «Te vi».
Él no es un Dios distante que observa el mundo desde un trono de hielo. Él te ve bajo tu higuera de dolor. Él ve las lágrimas que no se muestran en público. Él ve el esfuerzo diario por levantarse, por seguir sonriendo para que el hermano menor tenga un camino lleno de luz, por mantener la fe cuando todo parece oscuro. Jesús conoce la profundidad de tu amor por Ben, y Su mirada no es de juicio, sino de una ternura infinita que abraza tu desconsuelo.
A veces, en medio de ese silencio bajo la higuera, se cuela una de las sombras más dolorosas que el ser humano puede experimentar: el peso del autorreproche. Es esa voz silenciosa que se pregunta si se pudo haber hecho algo más, si se omitió algún detalle, si alguna decisión pudo haber cambiado el rumbo de las cosas.
Escuchen hoy la verdad que nos libera: ustedes no son responsables de lo que está fuera del alcance humano. La enfermedad y la partida física de un ser querido no son un castigo, ni el resultado de un descuido, ni la consecuencia de haber fallado en algo. Cuando a Jesús le preguntaron sobre el sufrimiento de un joven, Él fue claro: no hay culpa en los padres, no hay culpa en el hijo. Quítense esa carga de los hombros. Alan, Thao: su amor por Benjamin fue un amor sin fisuras, un amor que lo rodeó de belleza, de viajes, de fe y de una seguridad inquebrantable. Hicieron todo lo que el amor humano, sostenido por la gracia de Dios, puede hacer. No hay espacio para la culpa allí donde el amor ha sido tan pleno. Queden hoy en paz, sabiendo que Dios aprueba y bendice cada día que cuidaron y amaron a su hijo.
Y aquí es donde ocurre el gran giro de la liturgia de hoy. Jesús le dice a Natanael: «¿Crees porque te dije que te vi debajo de la higuera? Verás cosas mayores que estas... verás el cielo abierto».
¿Qué son esas «cosas mayores»? Son las realidades que la fe nos permite vislumbrar. Para Benjamin Vo, el cielo no era un concepto abstracto; era un territorio de fascinación. Ben tenía una mente brillante, dotada de una lógica matemática asombrosa, capaz de adentrarse en los códigos de programación más complejos y en la infraestructura de la tecnología moderna con la naturalidad de quien respira. Pero, al mismo tiempo, Ben sentía una pasión profunda y pura por la aviación, por los aviones comerciales, especialmente por el Boeing 737. Le encantaba lo que en inglés llaman el *airport spotting*: sentarse junto a su padre a observar los aviones despegar y aterrizar, siguiendo con la mirada el misterio de esas enormes aves de metal que se elevaban hacia el firmamento.
Él miraba el cielo con los ojos de la curiosidad y del asombro. Recordamos con una sonrisa tierna cómo se le iluminaba el rostro y cómo se reía al hablar de su sueño de crear una aerolínea propia, a la que llamaba con gracia «con chim airlines». Para Ben, el cielo era un lugar de encuentro, un espacio donde las distancias se acortaban y donde la belleza de la creación se manifestaba en el vuelo.
Hoy, al escuchar el Evangelio que habla de los ángeles de Dios subir y bajar, no podemos evitar conectar esa imagen con la mirada de Ben hacia los aviones que subían y bajaban en las pistas de tantas ciudades que visitó junto a su amada familia. Esos aviones que él tanto amaba son un símbolo hermoso de lo que la fe nos enseña hoy: que hay un tránsito constante entre la tierra y el cielo.
Benjamin no ha desaparecido en la nada. Él ha completado su vuelo más alto. Ha ascendido por ese canal de luz que Jesús mantiene abierto entre nosotros y el Padre. Ahora, él ya no necesita mirar los aviones desde la distancia de una valla en el aeropuerto; él habita en esa ciudad santa que desciende del cielo, donde la luz es como el jaspe y el cristal, y donde no hay necesidad de sol ni de luna porque la gloria de Dios lo ilumina todo.
Allí, en ese «Banquete del Cielo», Ben se encuentra en perfecta paz, libre de toda limitación, compartiendo la alegría de los santos. Nos gusta imaginarlo junto a almas afines, como el joven Beato Carlo Acutis, compartiendo esa curiosidad infinita por la creación, por la tecnología y por el amor de Dios. Desde allí, Ben sigue siendo el hijo dulce, respetuoso y profundamente empático que siempre fue.
¿Recuerdan cuando, con solo quince años, al ver a su tío William sufrir por su salud, Ben ofreció de manera espontánea e inocente romper su propia alcancía para dársela completa? No fue necesario usar ese dinero, pero el valor del gesto reside en la pureza de su intención: un muchacho dispuesto a entregarlo todo por el bienestar de alguien a quien amaba. Ese corazón generoso, que no se guardaba nada para sí, es el que hoy vive en la presencia de Dios. Y ese amor no se ha extinguido; sigue activo, intercediendo por su familia, cuidando de cada uno de ustedes.
Quiero hablarte a ti, Alan. A ti, Thao. A ti, querido Ryan.
Alan, Thao: la relación con su hijo no ha terminado; ha cambiado de dimensión. Cada vez que miren al cielo, cada vez que escuchen el motor de un avión que cruza las nubes, recuerden que Ben está en ese espacio de paz, y que su amor por ustedes sigue siendo tan real como el día en que les escribió su último mensaje de agradecimiento. Sigan adelante, no con la fuerza de la desesperación, sino con la fuerza de la esperanza. Sigan viviendo con la dignidad de quienes han sido padres de un ángel.
Y a ti, Ryan: tienes la misión hermosa de seguir viviendo con alegría, de crecer, de estudiar, de jugar, de descubrir el mundo. Tu hermano mayor te amaba con locura y era tu mejor amigo. Él quiere verte sonreír. Cada paso que des en la vida, cada meta que alcances, la harás también en su nombre. No estás solo; tienes a tus padres que te aman infinitamente y tienes a Ben que te cuida desde el cielo abierto.
También nos dirigimos a todos los que nos acompañan hoy, a los tíos, tías, amigos, y a tantas personas que, incluso desde la distancia, se unen a esta oración. Especialmente pensamos en las familias que llevan cruces pesadas, en los padres que sufren por la salud de sus hijos, y en los niños que hoy pasan por momentos de dificultad. Que la historia de Ben, su dulzura y su fe, sean para todos ustedes un bálsamo de consuelo. Dios no nos deja solos en el valle de las lágrimas; Él nos promete que el dolor de hoy es la semilla de la gloria de mañana.
Nuestra Santísima Madre, la Virgen María, que conoció el dolor de ver partir a su Hijo y que también experimentó la alegría de ver el cielo abierto en la Resurrección, los cubre hoy con su manto de ternura. Ella, que es la Reina de los Apóstoles, nos enseña a confiar cuando el camino se vuelve empinado.
Al salir hoy de aquí, llevemos con nosotros un compromiso sencillo, algo concreto que podamos sostener en las manos y en el corazón.
Hoy, cuando salgan al aire libre y miren hacia arriba, busquen un momento para contemplar el cielo. Si ven pasar un avión, o simplemente una nube que se desplaza lentamente, no piensen en la distancia que nos separa de los que se han ido. Piensen en la promesa de Jesús: el cielo está abierto. Hagan una pequeña pausa, respiren hondo y digan en el silencio de su corazón: *«Señor, gracias por la vida de Ben. Confío en que él está en tu paz, y te pido que me des la fuerza para seguir caminando con la mirada puesta en ti».*
Que la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte los sostenga hoy y siempre. Que el Señor bendiga sus hogares, cure sus heridas y les conceda la paz que sobrepasa todo entendimiento. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde; que muestre su rostro resplandeciente sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.