En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz del Señor, que sobrepasa todo entendimiento, esté con todos ustedes al reunirnos para honrar la memoria de nuestro querido Benjamin.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Cierren los ojos por un momento e imaginen que están de pie junto a una valla metálica, en el borde de un campo abierto. El aire huele a asfalto caliente y a hierba seca. A lo lejos, se escucha un rugido que crece, una vibración que se siente en el pecho antes de que los oídos la identifiquen plenamente. Y de repente, ahí está: una silueta plateada, un Boeing 737 que corta el aire con una precisión matemática, elevándose hacia el azul infinito. Para muchos, es solo un avión; para Benjamin Vo, era un poema escrito en el cielo, una maravilla de la ingeniería y un recordatorio de que el mundo es vasto y está esperando ser explorado.
Esa imagen de Ben, con su mirada atenta, haciendo lo que él llamaba «airport spotting», es el punto de partida para nuestra reflexión de hoy. Porque la vida de Ben no fue una serie de eventos al azar; fue, al igual que el vuelo de esos aviones que tanto amaba, un despliegue de propósito, de curiosidad y de una belleza que nos obliga a mirar hacia arriba.
Hoy, el Evangelio de Lucas nos sitúa en un escenario cargado de expectación. Jesús entra en la sinagoga de Nazaret, el lugar donde creció. Se levanta, toma el rollo del profeta Isaías y lo desenrolla. Imaginen el silencio. El sonido del pergamino al abrirse. Jesús busca un pasaje específico y, cuando lo encuentra, lee: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva... para proclamar la liberación a los cautivos y la recuperación de la vista a los cautivos... para proclamar el año de gracia del Señor». Luego, enrolla el pergamino, se sienta y dice las palabras que cambiarían la historia: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Ese «rollo» que Jesús abre es la imagen que quiero que llevemos hoy en el corazón. La vida de cada uno de nosotros es un rollo que Dios va desenrollando día tras día. A veces, nos asustamos porque no podemos ver el final del pergamino. Solo vemos la columna que tenemos delante. Pero Dios, el Autor, conoce cada palabra, cada giro de la trama y, sobre todo, el final glorioso.
Benjamin Đại Dương Vo fue un niño que vivió desenrollando su propio pergamino con una celeridad y una brillantez que nos dejaba sin aliento. Su mente era un motor de alta precisión. Mientras otros niños de su edad apenas empezaban a entender el mundo, Ben ya estaba sumergido en las profundidades de la lógica y las matemáticas, dominando conceptos de octavo grado cuando apenas estaba en cuarto. Su curiosidad no tenía límites. No se conformaba con usar la tecnología; quería entender su alma, su código, su estructura. Ver a Ben frente a su repositorio de GitHub, codificando juegos y aplicaciones, era ver a alguien que estaba leyendo el lenguaje secreto del universo moderno. Él no solo veía una pantalla; veía las posibilidades infinitas que Dios había escondido en la lógica de la creación.
Pero aquí es donde debemos detenernos y decir la verdad antes de buscar el consuelo. Han pasado dos meses desde aquel trece de junio. Sesenta días desde que el «rollo» de la vida terrenal de Ben pareció detenerse de forma abrupta. Y la verdad es que duele. Duele el silencio en la casa. Duele ver un avión cruzar el cielo y no tener a Ben al lado para identificar el modelo o la aerolínea. Duele el vacío en la mesa de los «cuatro perfectos». El dolor no es una falta de fe; es el precio que pagamos por haber amado a alguien tan extraordinario. No podemos apresurarnos a decir que «todo está bien» cuando el corazón de una madre y un padre como Alan y Thao todavía está tratando de aprender a respirar en este aire nuevo y pesado.
San Pablo, en la primera lectura de hoy, nos habla desde un lugar que ustedes conocen bien. Él dice: «Me presenté ante ustedes débil y temblando de miedo». Pablo, el gran apóstol, no llegó con palabras de sabiduría humana ni con una seguridad arrogante. Llegó en debilidad. Y es precisamente en esa debilidad donde se manifiesta el poder de Dios. A veces, Alan, Thao, Ryan, la única fe que nos queda es la de «temblar ante Dios», la de reconocer que nuestra sabiduría humana no tiene respuestas para el «por qué». La sabiduría humana nos dice que una vida de quince años es una vida interrumpida. Pero la fe, que descansa en el poder de Dios y no en la lógica de los hombres, nos dice que la vida de Benjamin fue una vida cumplida.
Jesús dijo en la sinagoga: «Hoy se ha cumplido esta Escritura». Esa palabra, «Hoy», es la clave. Para Dios, no hay pasado ni futuro; todo es un eterno presente. Benjamin no es alguien que «fue»; Benjamin es alguien que «es» en el «Hoy» de Dios. Él ya no está limitado por el tiempo, ni por el espacio, ni por las fragilidades de este mundo. Él ha entrado en la plenitud de ese año de gracia que Jesús proclamó. Si Ben amaba los aviones, imaginen ahora su alegría al volar sin alas en la luz de la Trinidad. Si Ben amaba la lógica de la inteligencia artificial, imaginen su asombro al contemplar la Inteligencia Suprema que diseñó cada átomo y cada galaxia.
Ben tenía un espíritu gentil que equilibraba su mente brillante. Era un niño que sonreía con facilidad, que respetaba profundamente a sus padres y que sentía un amor tan grande por su familia que a los doce años ya lloraba de solo pensar en perder a su padre. Esa sensibilidad era su verdadera grandeza. Recuerden su idea de «Con Chim Airlines». Ese nombre, que le hacía reír y sonreír, contenía toda su inocencia. «Con Chim», el pajarito. Ben quería volar, quería crear, quería conectar el mundo. Y aunque no llegó a fundar esa aerolínea en la tierra, su legado ha despegado de una manera mucho más profunda.
El Evangelio de hoy termina con una nota difícil: la gente de Nazaret, llena de furia, intenta despeñar a Jesús. No podían aceptar que la gracia de Dios fuera más allá de sus expectativas. A veces, el mundo intenta despeñarnos con la desesperación. El dolor intenta empujarnos al abismo del sinsentido. Pero Jesús, dice el texto, «pasó por medio de ellos y siguió su camino». Esa es la promesa para ustedes hoy. Jesús está pasando por medio de su dolor. Él no se detiene en la tragedia; Él camina a través de ella y los lleva de la mano. Él no permitirá que el dolor los destruya.
Alan, Thao, Ryan: ustedes son parte de ese «rollo» que Ben sigue escribiendo desde el cielo. Su amor por él es lo que mantiene viva su misión. Ben era un niño de una generosidad asombrosa. ¿Recuerdan cuando ofreció su alcancía para ayudar a su tío William? No fue el dinero lo que importó, sino el movimiento del alma. Un niño que está dispuesto a dar todo su tesoro es un niño que ha entendido el Evangelio mejor que muchos sabios. Ese mismo espíritu es el que ahora lleva agua limpia a Cà Mau a través del pozo que lleva su nombre. El «Gran Océano» —Đại Dương— de su amor sigue fluyendo.
Quiero hablarle directamente a Ryan. Tu hermano mayor no se ha ido. Él es como ese avión que desaparece entre las nubes: no puedes verlo, pero sabes que sigue volando, sabes que ha alcanzado su altitud de crucero y que te está cuidando desde arriba. Él quiere que seas feliz, que juegues, que descubras tus propios talentos. Cada vez que veas un pájaro o un avión, piensa que es Ben diciéndote: «Sigue adelante, Ryan, el cielo es el límite».
Y a todos los que nos escuchan, especialmente a las familias que están pasando por su propio Nazaret de incomprensión y sufrimiento: no busquen respuestas en la sabiduría humana. La sabiduría humana les dirá que el éxito es vivir cien años y acumular riquezas. La sabiduría de Dios, esa que Ben poseía, nos dice que el éxito es amar profundamente, ser gentil y estar listo para el encuentro con el Padre.
¿Qué podemos llevarnos hoy al salir de aquí? Les pido que hagan algo pequeño en honor a Ben. Hoy, en algún momento, miren hacia arriba. Miren el cielo. No importa si hay nubes o si está despejado. Miren hacia arriba y reconozcan que somos ciudadanos del cielo. Busquen un momento de silencio y, en lugar de pedir explicaciones, simplemente digan: «Señor, confío en tu poder, no en mi sabiduría». Y luego, hagan un gesto de generosidad «de alcancía» —un pequeño acto de bondad hacia alguien que no lo espera, sin ruido, con la sencillez de Ben.
Ben, pequeño gran sabio, amante de los cielos y de la luz. Gracias por enseñarnos que la inteligencia es más brillante cuando va unida a la dulzura. Gracias por recordarnos que cada día es un «Hoy» donde la promesa de Dios se cumple. Vuela alto, Benjamin Đại Dương Vo, en las alas del Espíritu, hasta que todos nos volvamos a encontrar en el aeropuerto definitivo del Reino de Dios, donde ya no habrá más despedidas, sino solo el gozo eterno de la llegada a casa.
Que la Virgen María, que vio a su Hijo ser rechazado y luego glorificado, los cubra con su manto y les dé la paz que solo Dios puede dar. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.