Que la paz de Cristo, nuestro consuelo y nuestra esperanza, esté con todos ustedes. Al comenzar este encuentro de oración, nos ponemos en la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Miren por un momento la mesa de su comedor. Quizás hoy tenga un mantel, unos platos, tal vez un jarrón con flores que empiezan a marchitarse. Una mesa es, por naturaleza, un lugar de encuentro, de risas, de historias compartidas. Pero en el Evangelio que acabamos de escuchar, la mesa se convierte en un escenario de sombras. Herodes celebra un banquete. Hay música, hay vino, hay poder, hay invitados importantes. Pero en medio de ese ruido, hay un silencio que retumba: el silencio de un hombre justo en una celda oscura. Y al final, sobre una bandeja, en lugar de pan, se sirve la tragedia.
Hoy, al conmemorar el Martirio de San Juan Bautista, la Iglesia nos invita a mirar esa bandeja. Y yo quiero que la miremos no con horror, sino con los ojos de la fe, para contrastarla con otra cosa. Porque mientras el mundo de Herodes pone en sus bandejas el odio y la venganza, hay otra mesa, la del Reino de Dios, donde lo que se ofrece es algo que el mundo a menudo desprecia: la sencillez, la debilidad y el amor puro de un corazón que no sabe de malicia.
San Pablo nos lo dice hoy con una claridad que nos corta la respiración en la primera lectura: «Dios ha elegido lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte; Dios ha elegido lo humilde, lo despreciado, lo que no cuenta». Esta es la lógica de Dios. Es una lógica que nos cuesta entender cuando el corazón nos pesa, cuando la ausencia de Benjamin Vo cumple ya casi dos meses y el vacío en la casa parece gritar más fuerte que cualquier palabra de consuelo.
Llevamos sesenta días, Alan y Thao, caminando por este valle. Sesenta días en los que el mundo ha seguido girando, los aviones han seguido cruzando el cielo y la gente ha seguido con sus banquetes ruidosos. Pero para ustedes, el tiempo se detuvo aquel trece de junio. La verdad es que la ausencia de Ben no es una idea abstracta; es el silencio en el pasillo, es el proyecto de código en la computadora que nadie más sabe terminar, es la falta de esa risa que estallaba cuando se hablaba de «Con Chim Airlines». Antes de buscar el consuelo, hay que nombrar este dolor: es injusto, es pesado y duele con una nitidez que quema.
Pero es aquí, en esta herida, donde la imagen de la «bandeja» debe transformarse. En el Evangelio, la hija de Herodías pide la cabeza de Juan en una bandeja. Es el símbolo del poder que destruye. Pero piensen ahora en Benjamin. Piensen en aquel muchacho de quince años que, con una mente capaz de descifrar los algoritmos más complejos de la inteligencia artificial, decidió un día hacer una oferta que el mundo consideraría «insignificante», pero que para Dios es el tesoro más grande del universo.
Recuerden aquel momento en que Ben, al ver el sufrimiento de su tío William tras sus ataques cerebrales, se acercó a ustedes y les dijo que estaba dispuesto a entregar toda su alcancía. No era una fortuna para los estándares de un banco. No era el presupuesto de una gran corporación. Era simplemente su alcancía. No la rompió, no hizo falta que el dinero saliera de ahí, pero el *ofrecimiento* ya estaba hecho. En la bandeja de la vida de Ben, él no puso el orgullo de su inteligencia —que era muchísima— ni el alarde de sus logros en el bádminton. Él puso su alcancía. Puso su deseo de sanar a otro. Puso su todo.
«Dios eligió lo que no cuenta para anular a lo que cuenta», dice San Pablo. El mundo cuenta el dinero, el poder y los años de vida. Dios cuenta la intención del corazón. Y en esa balanza, la oferta de Benjamin Vo pesa más que todo el banquete de Herodes. Porque mientras Herodes mataba para salvar su reputación ante sus invitados, Ben estaba dispuesto a quedarse sin nada para salvar a alguien que amaba. Esa es la victoria de lo débil sobre lo fuerte.
Hay un detalle en el Evangelio de hoy que a menudo pasamos por alto. Dice que Herodes «escuchaba con gusto» a Juan el Bautista, aunque sus palabras lo dejaran perplejo. Había algo en la voz de Juan que atraía al rey, a pesar de su propia oscuridad. A Ben también le encantaba escuchar. Le encantaba escuchar las historias de su padre. Se quedaba ahí, absorbiendo cada palabra, cada anécdota, cada lección. Había en Benjamin una capacidad de escucha que es propia de las almas grandes. El que escucha es el que tiene espacio para el otro. Ben tenía espacio para todos: para sus padres, para su hermano Ryan, para sus amigos, para los pájaros y para esos aviones Boeing 737 que tanto le fascinaban.
Esa escucha de Ben era su forma de amar. Y hoy, en medio del duelo, esa escucha se ha invertido. Ahora es Ben quien nos escucha a nosotros desde el Banquete del Cielo. Él ya no está limitado por el ruido de este mundo. Él está en la paz total, junto a San Carlo Acutis, compartiendo quizás historias de tecnología y de fe que nosotros aún no podemos comprender. Pero no se ha ido lejos. Sigue presente en el amor que ustedes se tienen, en la fuerza que encuentran para levantarse cada mañana por Ryan.
Quiero hablarles un momento a ustedes, Alan y Thao, al corazón. Sé que en la quietud de la noche, cuando el dolor se vuelve más agudo, a veces aparece esa sombra terrible que es el sentimiento de culpa. Es una trampa del alma que nos hace pensar: «¿Y si hubiera estado más atento? ¿Y si hubiera hecho algo distinto? ¿Y si no vi algo que debía ver?». Escuchen hoy la voz de la Verdad: El dolor que ha visitado su casa no es un juicio de Dios. La enfermedad y la partida de un hijo no son un castigo, ni son el resultado de un descuido humano. Hay dolores en este mundo que llegan como tormentas inesperadas, sin explicación y sin culpables. No hubo nada que ustedes pudieran haber hecho mejor, porque ya le dieron todo. Fueron los mejores padres. Le dieron fe, le dieron el mundo en sus viajes, le dieron su tiempo y su amor incondicional. Ben se fue sabiéndose el niño más amado de la tierra. Dejen que esa piedra de la culpa se caiga de sus hombros hoy mismo. Dios no los acusa; Dios los sostiene y llora con ustedes.
El giro de luz en esta historia lo encontramos en lo que el amor de Ben sigue haciendo. En el Evangelio, los discípulos de Juan recogen su cuerpo y lo entierran. Parece el final. Pero la voz de Juan siguió resonando. La vida de Ben tampoco ha terminado con un punto final; es un punto y seguido. Miren el «Giếng Gioan Baotixita», ese pozo de agua en Cà Mau, Vietnam. El nombre de Ben, Đại Dương, significa «Gran Océano». Y ahora, ese océano de amor se ha convertido en un manantial de agua limpia para los que tienen sed. Mientras un niño en Vietnam bebe agua de ese pozo, el corazón de Ben sigue latiendo en este mundo. Eso es lo que San Pablo quiere decir: Dios usa lo pequeño —el nombre de un niño en una placa de un pozo— para dar vida a muchos.
Ustedes, que nos escuchan desde lejos, familias que llevan cruces pesadas, niños que hoy sienten que su cuerpo es una prisión: no están solos. En la mesa de Dios hay un lugar para su debilidad. No necesitan ser fuertes, ni sabios, ni poderosos según el mundo. Solo necesitan ofrecer su «alcancía», su pequeño acto de confianza, su suspiro de esperanza en medio de la noche.
Alan, recuerde aquel sueño del veintitrés de julio. Usted y Ben estaban en la fila para comprar un helado. Y fue Ben quien pagó. En el sueño, Ben ya no era el niño que necesitaba ser cuidado; era el joven fuerte, maduro, que cuidaba de su padre. Esa es la realidad del cielo. Ben ya no sufre, Ben ya no tiene límites. Él se ha adelantado en la fila y está «pagando» por nosotros con sus oraciones, preparándonos un lugar donde el helado nunca se termina y la risa no tiene fin.
Ryan, tu hermano mayor te mira con un orgullo inmenso. Él quería que fueras feliz, que jugaras, que descubrieras el mundo. Cada vez que veas un avión surcar el cielo, piensa que es un guiño de Ben. Él está volando más alto que cualquier Boeing 737, en las alas del amor de Dios, y te está cuidando en cada paso que das.
¿Qué podemos llevarnos hoy al salir por esa puerta? No nos llevemos solo la tristeza del martirio de Juan. Llevemos la sabiduría de San Pablo. Llevemos la generosidad de la alcancía de Ben.
Les propongo un gesto pequeño para hoy: Busquen un momento de silencio, lejos del ruido de los «banquetes» del mundo, y simplemente escuchen. Escuchen el latido de su propio corazón, escuchen el viento, escuchen la voz de Dios que les dice: «Te amo». Y luego, hagan algo pequeño por alguien, sin que nadie lo vea. Un gesto de «alcancía». Una palabra amable, un vaso de agua, una oración por alguien que sufre más que ustedes. Dejen que la dulzura de Benjamin Vo actúe a través de sus manos.
Terminamos con una certeza: La bandeja de Herodes estaba llena de muerte, pero la mesa del Señor está llena de Vida. Ben ya está sentado a esa mesa. Y desde allí, con su sonrisa eterna y su espíritu gentil, nos dice que el amor es lo único que permanece. Que la Virgen María, que también recibió el cuerpo de su Hijo al pie de la cruz, los envuelva en su manto de ternura y les dé la paz que el mundo no puede dar.
Benjamin, pequeño gran sabio, vuela alto. Nosotros nos quedamos aquí, cuidando tu pozo, compartiendo tu agua y esperando el día en que todos nos volvamos a encontrar en el banquete donde ya no habrá más despedidas. Que el Señor los bendiga y los guarde hoy y siempre. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga, los proteja de todo mal y los conduzca a la vida eterna. Que la paz de Dios more en sus corazones hoy y siempre.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.