En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos invita a navegar hacia aguas más profundas, esté con todos ustedes.
Señor, que buscas a los humildes y te revelas a los sencillos: Señor, ten piedad. Cristo, que nos llamas a dejar nuestras redes para seguirte en la verdad: Cristo, ten piedad. Señor, que haces que la sabiduría del mundo sea necedad ante tu gloria: Señor, ten piedad.
Imaginen por un momento la orilla del lago de Genesaret. No es un lugar de silencio absoluto; hay ruido de redes arrastradas sobre la arena, el chapoteo del agua contra la madera de las barcas, el cansancio de hombres que han trabajado toda la noche y no han sacado nada. Es el sonido de la frustración humana, del esfuerzo que parece no dar fruto. Simón Pedro está ahí, lavando sus redes, quizás con los hombros caídos, sintiendo el peso de una noche perdida. Y entonces, Jesús se acerca. No le pide un milagro de inmediato; le pide algo mucho más humilde: le pide su barca.
Esa barca, la de Simón, se convierte en el púlpito de Jesús. Jesús enseña desde ella. Y luego, tras terminar, lanza el desafío que cambió todo: 'Rema mar adentro y echa tus redes'.
Quiero que nos detengamos en ese momento. Porque a veces, la vida se siente exactamente así: como una noche de pesca en la que, a pesar de todo nuestro esfuerzo, de toda nuestra inteligencia, de toda nuestra planificación, volvemos a la orilla con las manos vacías. Y el dolor, el dolor real, el que ustedes cargan cada día desde aquel trece de junio, es precisamente esa red vacía que nos duele mirar.
Sé que para Alan y Thao, y para ti, Ryan, la vida ha cambiado su ritmo. El silencio en casa a veces se siente como ese mar oscuro y profundo al que Jesús nos pide que nos adentremos. Pero miren la respuesta de Pedro: 'Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada, pero, en tu palabra, echaré las redes'.
Pedro no pesca por su propia sabiduría. Él era el experto pescador, él sabía que no había peces en ese momento. Pero él confía en la palabra de Jesús por encima de su propia experiencia, por encima de su propio cansancio.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, tenía una mente brillante. Era un niño que podía descifrar la lógica de los sistemas complejos, que entendía el mundo de la tecnología con una claridad que a muchos nos asombra. Él era un 'pescador' de ideas, de soluciones, de futuro. ¿Recuerdan cómo le gustaba codearse con la lógica, cómo disfrutaba de sus proyectos en GitHub, cómo soñaba con esa 'Con Chim Airlines'? Había en él una curiosidad que no se detenía en la superficie; él siempre buscaba la estructura, el 'porqué' de las cosas.
Pero, como nos dice San Pablo en la primera lectura, 'la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios'. No es que la inteligencia de Ben fuera mala —era un don precioso—, es que la verdadera sabiduría, la que Ben abrazó con su corazón gentil, es la de saber que todo, absolutamente todo, pertenece a Cristo. 'Todo es de ustedes', dice Pablo, 'pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios'.
Ben entendió esto con una madurez que nos desarma. ¿Recuerdan aquel momento en que, con total sencillez, ofreció su alcancía para ayudar a su tío William? Él no la rompió, no hizo un acto de ostentación. Solo ofreció. Ese es el corazón de un niño que sabe que su tesoro no está en lo que acumula, sino en lo que entrega por amor. Ese es el corazón que ya no pertenece a este mundo, sino que descansa en el 'Banquet of Heaven', como él lo llamaba junto a San Carlo Acutis.
Sé que hoy, al mirar la barca de su vida, la sienten vacía. Sé que se preguntan si hicieron suficiente, si pudieron haber hecho algo distinto. Por favor, escuchen esto con el corazón abierto: Dios no les pide cuentas de lo que no pudieron controlar. La enfermedad no es un castigo, no es una falta de cuidado, no es una omisión de los padres. Es un misterio que nos sobrepasa, una tormenta que nadie pudo prever. Ustedes no fallaron. Ustedes amaron, y ese amor fue el refugio de Ben en cada paso de su vida, desde los viajes por Europa hasta los momentos más sencillos de spotting en los aeropuertos. Ustedes fueron su puerto seguro. No se acusen de lo que solo Dios comprende.
El Evangelio nos cuenta que, cuando Pedro vio la pesca milagrosa, cayó de rodillas ante Jesús y dijo: 'Apártate de mí, Señor, que soy un pecador'. Es la reacción natural ante la santidad. Pero Jesús no se aparta. Jesús le dice: 'No temas'.
'No temas'. Esa es la palabra que hoy resuena para ustedes en medio del duelo. No teman al vacío, no teman a las noches que parecen no tener fin. Jesús está en la barca con ustedes. Él sabe que el peso es inmenso. Él no les pide que no lloren; les pide que no dejen de remar. Y remar, para ustedes hoy, es simplemente seguir viviendo, seguir amando, seguir siendo la familia unida que Ben tanto adoraba.
Ryan, tu hermano mayor te mira desde la luz de Dios. Él está en la presencia de Aquel que conoce todos los secretos de la creación, más allá de cualquier código o sistema que Ben haya estudiado. Él quiere que seas feliz, que rías, que sigas explorando el mundo con esa misma pasión que compartían. Cuando mires al cielo y veas un avión, cuando te sientes en un banco de iglesia y sientas ese silencio que compartían con él, recuerda que no estás solo. Ben es tu intercesor, tu compañero de equipo en el cielo.
¿Qué podemos llevar hoy a casa? Les propongo algo muy pequeño, algo que Ben entendería perfectamente. Hoy, busquen un momento de silencio, lejos de las pantallas, lejos del ruido. Imaginen que están en esa barca con Jesús. No le pidan explicaciones, porque la sabiduría de Dios es un misterio que se revela en el amor, no en la lógica. Simplemente, entreguen su cansancio. Digan: 'Señor, estoy cansado, mi red está vacía, pero en tu palabra, sigo adelante'.
Y luego, hagan un gesto de bondad, pequeño, invisible, como aquel ofrecimiento de la alcancía de Ben. Ayuden a alguien que lo necesite, den un vaso de agua, una palabra de aliento a quien está solo. Que la vida de Ben siga dando frutos a través de sus manos.
La tierra y todo lo que la llena es del Señor. Y Ben, nuestro querido Benjamin Đại Dương, es ahora parte de esa plenitud. Él ya no necesita redes, porque ya ha llegado a la orilla eterna donde el Maestro lo esperaba con los brazos abiertos. Que su sonrisa, esa que recordamos con tanto cariño, sea la luz que los guíe en los días de sombra, hasta que el encuentro sea definitivo y la alegría, por fin, sea completa.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga, los guarde en su paz y les conceda la fortaleza de seguir remando mar adentro con esperanza. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.