En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Hermanos y hermanas, nos reunimos hoy en la presencia de Dios, para escuchar su Palabra y encontrar consuelo en su amor. Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Hermanos y hermanas, cierren los ojos por un momento. Imaginen el bullicio de una casa en Cafarnaúm. El sol de la tarde se filtra por las ventanas, y en medio de la actividad cotidiana, hay una preocupación palpable. Una mujer, la suegra de Simón, está postrada por una fiebre terrible. La gente se acerca a Jesús, no con peticiones grandiosas, sino con una súplica humilde, intercediendo por ella. Y Jesús, con una autoridad que emana de su propio ser, se inclina sobre ella, pronuncia una palabra de rebuke a la fiebre, y de inmediato, ella se levanta y comienza a servir. Es un acto de sanación instantánea, un milagro que rompe la rutina y restaura la vida.
Esta imagen de Jesús entrando en una casa y sanando a alguien que estaba sufriendo es la que quiero que guardemos hoy en nuestro corazón. Porque la vida de Benjamin Vo, nuestro querido Ben, también fue una casa a la que Jesús entró, y en la que su presencia transformó la realidad. Y hoy, casi dos meses después de su partida, el trece de junio, nos reunimos para recordar esa luz que él trajo a nuestras vidas.
La primera lectura de hoy, de la Primera Carta a los Corintios, nos habla de la debilidad y la inmadurez en la fe. San Pablo dice: “Hermanos, yo no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños de pecho en Cristo. Les di leche, no alimento sólido, porque aún no lo podían asimilar”. A veces, la vida nos presenta situaciones tan complejas, tan dolorosas, que nos sentimos como niños de pecho ante la inmensidad de un misterio. La partida de un ser querido, especialmente cuando es tan joven, es uno de esos misterios que nos dejan perplejos, incapaces de asimilar la realidad.
La verdad desnuda, antes de buscar el consuelo, es que duele. Duele profundamente. Duele el silencio en la casa, duele la ausencia en la mesa, duele la silla vacía que antes ocupaba Ben. Duele cuando el mundo sigue girando con su ritmo habitual, ajeno al vacío que ha dejado una vida tan luminosa. Alan y Thao, sé que el peso de este dolor es inmenso. Sé que hay mañanas en que levantarse es un acto de pura valentía. El duelo no es una falta de fe; es la prueba más pura de cuánto se ha amado.
Pero es precisamente en medio de esa debilidad, de esa sensación de ser “niños de pecho” ante la vida, donde la Palabra de Dios y la presencia de Jesús se vuelven más fuertes. El Evangelio nos muestra a Jesús entrando en la casa de Simón. No espera a que la suegra de Simón salga a buscarlo; él entra, se acerca a ella, y con una palabra, la restaura. Jesús no se queda en las puertas; entra en nuestras casas, entra en nuestros corazones, entra en nuestras heridas.
Piensen en Ben. Ben era un niño de una curiosidad insaciable. Su mente, brillante y analítica, se sumergía en el mundo de la tecnología, de la inteligencia artificial, de la lógica matemática, mucho antes de que otros niños de su edad pudieran siquiera concebirlo. Su padre, Alan, compartía con él esa pasión por la tecnología, por los entornos AWS, por la arquitectura de los aviones… Ben no solo heredó esa mirada; la amplió, la profundizó. Como él mismo soñaba con crear su propia aerolínea, ‘Con Chim Airlines’, ese nombre tan tierno y lleno de ilusión, Ben quería volar, quería explorar, quería construir.
Sin embargo, lo que más definía a Ben, más allá de su intelecto prodigioso, era su corazón gentil. Era un niño dulce, siempre sonriente, respetuoso con sus padres, y con una empatía que conmovía. A los doce años, lloró en el cumpleaños de su padre, no por egoísmo, sino por un amor tan profundo que ya presentía la fragilidad de la vida. Ese amor desbordante es lo que hoy nos une y nos da fuerza.
San Pablo nos dice que él sembró y Apolo regó, pero que fue Dios quien dio el crecimiento. En la vida de Ben, vemos esa verdad. Sus padres, Alan y Thao, sembraron en él la fe, el amor, los valores. Apolo, que podría ser cada uno de los maestros, amigos, médicos, que lo acompañaron, regaron su crecimiento con conocimiento y cuidado. Pero fue Dios, el Creador, quien dio el crecimiento único y asombroso a esa semilla que era Benjamin.
“Somos colaboradores de Dios”, dice Pablo. Y en esa colaboración, a veces, Dios nos pide que aceptemos lo que no entendemos. La partida de Ben, tan joven, tan lleno de vida, es un misterio que nos desafía. Pero la fe nos enseña que Dios no nos abandona en nuestra debilidad. Él entra en nuestras casas, en nuestras vidas, y nos da la fuerza para seguir adelante.
Jesús, en el Evangelio, no solo sana a la suegra de Simón. Al atardecer, “todos los que tenían enfermos de diversas dolencias se los traían. Él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba”. Y luego, al día siguiente, a pesar de que la multitud quería retenerlo, Jesús dice: “También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado”. Jesús no se queda solo en un lugar; su misión es llevar la luz del Reino a todas partes. Y nosotros, como colaboradores de Dios, estamos llamados a llevar esa luz, incluso cuando nuestro propio corazón está herido.
Ryan, tu hermano mayor, Ben, te observa desde el cielo. Él te amaba profundamente. Compartieron risas, juegos, sueños. Él quiere que sigas adelante, que seas valiente, que persigas tus sueños con la misma pasión que él tenía. Cuando veas un avión cruzar el cielo, piensa que es Ben diciéndote: “Sigue volando, Ryan. El cielo es el límite”. Y recuerda siempre su lema: “Esforzarse es lo único que importa”.
Quiero dirigirme a ustedes, Alan y Thao, directamente al corazón. Sé que en el silencio de la noche, a veces, la pregunta “¿por qué?” resuena con fuerza. Y a veces, esa pregunta se tiñe de culpa, de la sensación de no haber hecho lo suficiente. Pero la verdad es que ustedes le dieron a Ben un amor incondicional. Le dieron viajes, le dieron experiencias, le dieron una educación en la fe y en la vida. Le dieron todo. La enfermedad, la partida, no son un castigo de Dios, ni son culpa de quienes aman. Son dolores que a veces la vida nos presenta, y que Dios nos ayuda a transitar. Él no los acusa; los sostiene. Él está con ustedes en cada lágrima, en cada recuerdo.
El Salmo nos dice: “Nuestro auxilio y nuestro escudo es el Señor”. En medio de la tormenta, Él es nuestro refugio. Ben, con su espíritu gentil y su mente brillante, ya está en la presencia de ese escudo, en la luz eterna de Dios. Él intercede por nosotros, especialmente por ustedes, su familia, y por todos los que sufren.
¿Qué podemos llevarnos hoy de esta Palabra? Jesús entró en la casa de Simón y sanó. Luego, salió a anunciar la Buena Nueva a otras ciudades. Nosotros también, aunque estemos heridos, estamos llamados a ser portadores de esa luz.
Les propongo un gesto muy sencillo, inspirado en la vida de Ben y en el Evangelio de hoy. En algún momento del día, cuando sientan que el peso del dolor o la confusión los abruma, deténganse. Respiren hondo y, en el silencio de su corazón, pidan a Jesús que entre en su casa, en su vida, y que pronuncie sobre ustedes su palabra de sanación y de paz. Y luego, piensen en Ben. Piensen en ese niño que, a pesar de sus grandes talentos, siempre fue humilde y gentil. Hagan un pequeño acto de bondad, un gesto de servicio silencioso, como él lo haría, sin buscar reconocimiento, solo por amor a Dios y a los hermanos.
Ben, nuestro querido Benjamin Đại Dương Vo, ya está volando en las alas del Espíritu, en la casa del Padre. Su luz no se ha apagado; ha brillado con intensidad y ahora ilumina el camino para nosotros. Que la intercesión de Nuestra Señora, que conoce el dolor de perder un hijo y la alegría de la Resurrección, nos acompañe siempre. Que el Señor los bendiga y los guarde, y que la paz de Cristo, que sana y restaura, llene sus corazones hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde. Que su rostro brille sobre ustedes y les conceda la paz. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.