En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz y la gracia de Dios nuestro Padre estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
A veces, la vida se parece a esos días de cielo abierto en los que uno puede ver el horizonte con una claridad absoluta. Uno mira hacia el oeste, ve una pequeña nube formándose y, con la lógica de la experiencia, sabe que la lluvia está cerca. San Lucas nos dice hoy que somos expertos en leer los signos de la tierra y del cielo. Sabemos cuándo va a refrescar, sabemos cuándo el calor será intenso, sabemos interpretar los patrones de la naturaleza. Pero Jesús nos lanza una pregunta que atraviesa los siglos y nos golpea directamente en el centro de nuestra propia historia: '¿Por qué no saben interpretar el tiempo presente?'.
¿Qué es el tiempo presente? No es solo el calendario, no son solo estos cuatro meses que han pasado desde aquel 13 de junio en que Benjamin regresó a la casa del Padre. El tiempo presente es el lugar donde Dios se encuentra con nosotros en medio de lo cotidiano. Es el lugar donde, a pesar del dolor, todavía podemos ver Su mano. Benjamin Vo era un joven que vivía en el tiempo presente con una intensidad asombrosa. Con esa mente brillante que Dios le regaló, Ben no solo entendía los complejos algoritmos de la nube o la arquitectura de los sistemas informáticos que su padre dominaba; él entendía la arquitectura del amor. Él era un chico que, con esa curiosidad infinita, encontraba en un simple ritual —como el 'airport spotting' con su papá— una forma de comunión. Él no estaba mirando el reloj, estaba mirando la vida.
Sin embargo, hoy quiero hablarles con la verdad que a veces nos quema en el pecho. Jesús nos habla en el Evangelio de un juicio, de un oponente, de la necesidad de arreglar las cosas mientras vamos de camino. A menudo, el 'oponente' en nuestras vidas es el dolor mismo. Es esa voz que nos susurra en medio de la noche, cuestionando, buscando una razón para la ausencia de Ben, preguntándose si hubo algo que se pasó por alto, si la vigilancia fue suficiente, si el desenlace pudo ser otro. Esa voz es un oponente que intenta robarnos la paz. Pero hoy, quiero que escuchen esto con el corazón abierto: esa voz no es la de Dios. Dios no es el juez que espera en el tribunal para castigarlos por lo que no pudieron controlar. Dios es el Padre que caminó cada paso del camino junto a ustedes y junto a Benjamin.
La enfermedad que llevó a Ben a la eternidad no fue un error de cálculo, no fue una falta de cuidado, ni un castigo por nada. Hay tormentas en esta vida que simplemente ocurren, misterios que escapan a cualquier lógica humana, por más brillante que sea la mente que intente descifrarlos. Ustedes no fallaron. Alan, Thao, ustedes fueron los padres que amaron, que cuidaron, que estuvieron presentes. Ese amor no se perdió; se transformó. Cuando Ben, en su inmensa bondad, ofreció sus ahorros para ayudar a su tío, no estaba haciendo una transacción financiera; estaba haciendo un acto de fe. Estaba diciendo: 'Mi vida es para los demás'. Él ya vivía en la lógica del Reino, donde el valor de una persona no se mide por sus años, sino por la profundidad de su entrega.
San Pablo, en la carta a los Efesios, nos urge a vivir de una manera digna de la vocación que hemos recibido, 'con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros con amor'. Esta es la clave para sobrevivir al dolor: la unidad. Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa unidad. No temas ser tú mismo, no temas soñar, no temas crear. Ben te mira desde la luz del Padre con un orgullo que no conoce límites. Él no es una ausencia; es una presencia que te empuja a seguir adelante. Él es como ese pozo de agua viva, el 'Giếng Gioan Baotixita', que sigue dando de beber a los sedientos en su nombre, recordándonos que el amor de Ben no se quedó en una tumba, sino que sigue fluyendo, sigue dando vida a otros.
Recuerden el sueño de su padre, aquel 23 de julio, donde Ben estaba allí, pagando los helados, simplemente siendo él mismo, sano y feliz. Ese sueño no es solo un recuerdo; es una promesa. Ben está bien. Él está en el banquete, donde el Maestro mismo se ciñe la túnica y sirve a los suyos. Imaginen a Ben allí, sin el peso del sufrimiento, con esa sonrisa que iluminaba todo, descansando en la luz de Aquel que lo conoce por su nombre. Él no quiere verlos consumidos por la culpa o por el '¿qué hubiera pasado si...?'. Él quiere verlos vivir.
¿Saben qué es lo que más me conmueve? Que, a pesar de que el dolor ha sido como un ladrón que irrumpió en su casa, la casa sigue en pie. El amor que ustedes construyeron con Ben es eterno. Dios es el dueño de esa casa. Y Él les promete que, al final, no habrá más 'horas inesperadas', no habrá más despedidas, no habrá más preguntas sin respuesta. Solo habrá el banquete, la luz y el reencuentro. Hasta entonces, vivan un día a la vez. No traten de cargar con el peso de toda la vida hoy. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la moneda de su paz.
Ustedes son una familia marcada por un amor que trasciende el tiempo. No se miren a sí mismos a través de la lente del dolor, sino a través de la lente de la promesa. Dios no los ha dejado solos. Él está en el silencio, está en la lágrima, está en el recuerdo de la risa de Ben. Y cada vez que sientan que el peso es demasiado, recuerden la sonrisa de Ben, recuerden su curiosidad, recuerden su deseo de volar. Él sigue volando, sigue creando, sigue sonriendo en la eternidad. Y ustedes, aquí abajo, caminan con la esperanza de que, al final de nuestra propia espera, seremos recibidos en ese mismo banquete. Que este día sea para ustedes un momento de paz. No intenten cargar el mañana. Solo vivan este día con la confianza de que Dios los sostiene, de que Ben está bien, y de que el amor es el único lenguaje que se habla en el cielo. Dejen que esa paz, que es la paz de Cristo, inunde su hogar. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que el Señor los bendiga y los guarde, y que la luz de su rostro brille sobre ustedes, hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor nos conceda la gracia de vivir siempre en su paz y en su amor. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.