En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que nos libera de toda atadura, estén siempre con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, la vida se nos presenta como una estructura rígida, un sistema de reglas y expectativas donde todo debería encajar con la precisión de un código bien escrito. Imaginamos que si seguimos los pasos correctos, si mantenemos la guardia alta y la lógica impecable, podremos evitar que el dolor se filtre por las grietas de nuestra casa. Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un joven que conocía bien el valor de la estructura. Con esa mente brillante que Dios le regaló, él podía navegar por los entornos digitales más complejos con la facilidad de quien respira, encontrando belleza en la arquitectura de los sistemas y en la lógica de las máquinas. Él entendía el orden. Él valoraba el esfuerzo. Él era, en muchos sentidos, un constructor de mundos.
Pero hoy, en el Evangelio, nos encontramos con alguien cuya vida estaba lejos de ser un sistema ordenado. Una mujer, encorvada durante dieciocho años por un espíritu que la mantenía atada, incapaz de mirar el cielo, incapaz de estar erguida. Imaginen ese peso. Dieciocho años mirando el polvo, dieciocho años viendo solo el suelo mientras el mundo pasaba a su alrededor. Ella no eligió estar así. No fue un error de cálculo, ni una falta de vigilancia, ni una consecuencia de algo que ella hizo o dejó de hacer. Su condición era un misterio, una carga que le fue impuesta, un sufrimiento que simplemente se instaló en su cuerpo y se quedó allí, año tras año, hasta que se convirtió en su única realidad.
Jesús la ve. Y aquí es donde la lógica del mundo se rompe. Jesús no le pregunta por su historial médico, ni le pide una explicación de por qué ha llegado a ese estado. Él simplemente la llama. 'Mujer, quedas libre de tu enfermedad'. Y al imponerle las manos, el peso de dieciocho años se desvanece. Ella se endereza. Por primera vez en casi dos décadas, sus ojos se encuentran con la luz, con el rostro de Jesús, con la gloria de Dios. Es un momento de una ternura infinita, un momento donde la libertad de Dios irrumpe en la historia humana para decirnos que, para el Padre, ninguna atadura es definitiva.
Sin embargo, el líder de la sinagoga se indigna. Él está tan obsesionado con la ley, con el 'día correcto' y el 'modo correcto' de hacer las cosas, que es incapaz de ver el milagro. Él prefiere el orden de sus reglas antes que la vida de una hija de Abraham. Y Jesús le responde con una verdad que nos golpea en el centro de nuestra propia lucha: '¿No debía ser liberada esta hija de Abraham de su atadura en día de sábado?'. Jesús nos enseña que la compasión de Dios no tiene horario, no tiene límites, no espera a que las condiciones sean perfectas. El amor de Dios es una urgencia constante.
Alan, Thao, Ryan, quiero hablarles con la honestidad que este dolor exige. Sé que en estos meses, el vacío de Ben ha dejado una marca que a veces se siente como esa mujer encorvada: un peso que nos obliga a mirar hacia adentro, hacia el pasado, hacia la pregunta constante de '¿por qué?'. Sé que hay noches en las que la mente, buscando respuestas, intenta culparse. Se pregunta si algo se pasó por alto, si la vigilancia fue suficiente, si hubo una señal que no se vio. Quiero decirles hoy, con una ternura que viene del mismo Corazón de Jesús, que dejen caer esa piedra. Ustedes no fallaron. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un error de cálculo, ni una falta de cuidado, ni un castigo. Hay tormentas en esta vida que simplemente ocurren, misterios que escapan a cualquier control humano, por más brillante que sea la mente que intente descifrarlos. Dios no les pide cuentas por lo que no pudieron controlar; Él los sostiene por el amor que entregaron. Ustedes fueron los padres que amaron, que cuidaron, que estuvieron ahí, y eso fue suficiente para que Ben conociera el amor en esta tierra. No se acusen de no haber sido Dios; ustedes fueron los padres de Ben, y eso es un regalo sagrado.
San Pablo, en la carta a los Efesios, nos dice: 'Sean bondadosos unos con otros, compasivos, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo'. Y nos invita a ser 'imitadores de Dios'. ¿Cómo se imita a Dios? Viviendo en el amor. Ben entendía esto de una manera tan natural, tan propia de su alma noble. Cuando él, en su inmensa bondad, ofreció sus ahorros para ayudar a su tío, no estaba haciendo una transacción; estaba demostrando que su corazón ya pertenecía al Reino. Él no necesitaba romper la alcancía; el valor estaba en la oferta, en la disposición de entregar todo por amor. Ese es el espíritu de Ben: un chico que, a pesar de su brillantez intelectual, tenía la sencillez de un niño que sabe que lo único que importa es el amor que damos.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa memoria. No temas ser tú mismo. No temas soñar, ni crear, ni reír. Ben te mira con un orgullo que no conoce límites. Él sigue siendo tu compañero de viaje, aunque ahora camine por senderos de luz que nosotros apenas intuimos. Él está en el banquete, donde el Maestro mismo, como dice el Evangelio, se ciñe la túnica y sirve a los suyos. Imaginen a Ben allí, sin el peso del sufrimiento, sin la carga de la enfermedad, con esa sonrisa que iluminaba todo, descansando en la luz de Aquel que lo conoce por su nombre. Él no quiere verlos consumidos por la culpa o por el '¿qué hubiera pasado si...?'. Él quiere verlos vivir.
El amor al prójimo es lo que nos permite enderezarnos, como la mujer del Evangelio. Cuando nos sentimos pesados por el dolor, la única forma de levantarse es amando. Quizás hoy puedan hacer un pequeño acto de bondad en nombre de Ben. No tiene que ser algo grande. Puede ser una palabra amable, una ayuda silenciosa, un gesto de ternura hacia alguien que sufre. Cada vez que actúan así, están permitiendo que el amor de Ben siga fluyendo en el mundo, como el agua que brota del pozo que lleva su nombre en Vietnam. Ese pozo es un símbolo de su vida: un lugar de donde mana vida para otros, un lugar que no se agota. Es la prueba de que el amor de Ben no fue una chispa que se apagó, sino una fuente que sigue dando de beber a los sedientos.
No intenten resolver todo el dolor de la vida en este día. No carguen con el peso del futuro. Solo vivan este momento. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la paz. Dios no los ha dejado solos en esta casa. Él está en el silencio, está en la lágrima, está en el recuerdo de la sonrisa de Ben. Él está en los juegos que Ben codificó, en los aviones que observó, en cada momento de alegría que compartieron como familia. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los proteja, y que su luz los guíe en cada paso de este camino. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.