En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos llama a ser prójimos unos de otros, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, el Evangelio nos llega con una fuerza que nos obliga a detenernos en seco. Hoy, Jesús nos presenta la parábola del buen samaritano, una historia que hemos escuchado tantas veces que corremos el riesgo de domesticarla. Pero si nos detenemos a mirar los detalles, si nos quedamos quietos ante la imagen de ese hombre tirado en el camino, el texto comienza a quemar. Un hombre, despojado de todo, golpeado, dejado a medio morir en la cuneta. Un sacerdote y un levita pasan de largo. Pasan de largo porque, quizás, tenían prisa por llegar al templo, o porque el miedo a la impureza ritual, a la sangre, a la muerte, les cerraba el corazón. Y entonces llega el samaritano. Él no tiene ninguna obligación, ningún vínculo con la víctima. Y sin embargo, nos dice el texto: 'fue movido a compasión'.
Esa compasión no es un sentimiento pasajero; es un movimiento físico. Él se acerca. No mira desde lejos. Se baja de su cabalgadura, se ensucia las manos con el aceite y el vino, venda las heridas. Él asume el peso de otro cuerpo, de otro dolor. Se hace responsable de una vida que no le pertenece.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un joven que comprendía esta lógica del corazón mucho mejor de lo que a veces comprendemos los adultos. Ustedes, Alan y Thao, conocen bien esa profundidad. Ben tenía una mente brillante, capaz de navegar las arquitecturas de la nube y los sistemas complejos con la misma naturalidad con la que otros niños juegan en el parque. Pero esa inteligencia nunca lo hizo distante. Al contrario, su mente era un instrumento de su amor. Recuerdo esa historia que ustedes han guardado en el corazón: cuando su tío William estaba sufriendo, Ben, con apenas quince años, quiso ofrecer toda su alcancía para ayudar. No importó que no fuera necesario, no importó que el dinero no fuera la solución técnica al problema. Lo que importa es que su corazón, al ver el dolor de un ser querido, no pudo permanecer indiferente. Él no preguntó '¿quién es mi prójimo?' para limitar su responsabilidad; él preguntó '¿qué puedo dar?' para expandir su entrega. Ben era, en esencia, un samaritano que no sabía de cálculos, sino de caridad.
Sé que para ustedes, en estos tres meses desde que Ben partió, el camino de la vida se siente como ese sendero de Jerusalén a Jericó: lleno de piedras, de sombras y de una fatiga que no se quita ni durmiendo. Sé que el silencio en casa, la ausencia de ese 'buenos días, papá' que Ben nunca olvidaba, se siente como una herida que no cicatriza. Y a veces, el dolor nos hace buscar culpables. La mente humana, cuando sufre, quiere encontrar una explicación, un error, un 'si hubiera hecho esto' o 'si no hubiera hecho aquello'. Quiero decirles hoy, con la autoridad de la Palabra de Dios, que se despojen de esa carga. Esa culpa no les pertenece. Ni ustedes, ni Ben, ni el pecado del mundo son la causa de la cruz que cargaron. La enfermedad no es un castigo, ni es una falla de su amor. Dios no los acusa. Dios no busca culpables. Dios, el buen samaritano de nuestras vidas, es el primero que se acerca a ustedes, que unge sus heridas con su presencia y que los carga en sus brazos cuando el camino se vuelve demasiado empinado. Ustedes no fallaron. Ustedes amaron, y ese amor fue, es y será siempre la huella de Dios en la vida de Ben.
El samaritano del Evangelio no solo cura al hombre; él paga por su cuidado. 'Cuida de él', le dice al posadero, 'y lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi vuelta'. Es una promesa de fidelidad absoluta. Jesús es ese samaritano para nosotros. Él no nos deja en la cuneta de la desesperanza. Él ha pagado el precio de nuestra redención con su propia vida, y nos asegura que, a su vuelta, todo será restaurado. Ben está ahora en esa posada de la eternidad, en el 'Banquet of Heaven', donde ya no hay heridas, ni hospitales, ni despedidas. Él, que amaba tanto la aviación, que soñaba con su 'Con Chim Airlines', ha alcanzado el vuelo más alto, un destino donde la lógica de este mundo se transforma en la luz de la visión beatífica.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa luz aquí en la tierra. Sé que a veces el cielo se siente vacío sin tu copiloto. Pero recuerda que el amor de Ben no se ha quedado atrás. Él sigue siendo tu hermano, sigue siendo parte de tu historia, de tu valentía, de tu sonrisa. No tengas miedo de ser feliz, de jugar, de explorar el mundo con la misma curiosidad que él tenía. Cada vez que eres amable, cada vez que buscas la verdad en tus estudios o en tus pasiones, estás manteniendo viva la esencia de Ben. Él no es un recuerdo; es una presencia que te anima a seguir volando.
Quiero hablar también a todos los que hoy, desde lejos, se sienten identificados con este dolor. A las familias que cargan cruces que el mundo no ve, a los que han perdido a un hijo, a un hermano, a un amigo. El Evangelio de hoy no nos da una explicación filosófica sobre por qué el mal existe. Nos da algo mejor: nos da un modelo de respuesta. Ante el dolor ajeno, la única respuesta cristiana es la compasión. No pasen de largo ante el dolor de otros. Sean el samaritano para alguien esta semana. Quizás sea una llamada, un mensaje, una pequeña ayuda, un gesto de escucha. Al hacer esto, no solo consuelan al prójimo, sino que permiten que el amor de Ben, que sigue fluyendo como el agua de ese pozo en Cà Mau, siga dando vida a los sedientos del mundo. Su amor no se detuvo el 13 de junio; se transformó en una corriente de gracia que sigue trabajando en el corazón de quienes lo conocieron.
No busquen a Ben en el pasado, como si fuera una fotografía en un álbum. Búsquenlo en el presente, en cada acto de misericordia que ustedes realicen. Él está ahí. Él está en la paz que Dios les regala en medio de la tormenta. La Virgen María, que estuvo al pie de la cruz, sabe mejor que nadie lo que es ver partir a un hijo. Ella no se alejó; ella permaneció firme, sosteniendo la esperanza cuando todo parecía perdido. Ella los sostiene a ustedes ahora. No tengan miedo de llorar, pero tampoco tengan miedo de confiar. El Señor recuerda eternamente su alianza, y en esa alianza, Ben está seguro, amado y pleno.
Al salir de aquí, les pido un pequeño gesto: no busquen resolver el misterio de la vida hoy. Solo pidan la gracia de ver al prójimo con los ojos de Jesús. Sean amables con alguien que lo necesite, sin esperar nada a cambio, como Ben quería hacer con su alcancía. Al hacerlo, verán que el amor es más fuerte que la muerte, y que el cielo no es un lugar lejano, sino una realidad que se hace presente cada vez que nos inclinamos para vendar una herida ajena. Que el Señor los bendiga, que su luz ilumine sus noches, y que la paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, les muestre su rostro y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.