En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos llama a ser luz en medio de las tinieblas, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Hay una imagen en la Escritura de hoy que nos invita a detenernos: la de alguien que se sienta a calcular el costo antes de construir una torre. Es una imagen de prudencia, de realismo, de honestidad brutal ante la tarea que tenemos delante. Jesús nos pide que miremos nuestra vida no como un conjunto de deseos, sino como una estructura que se sostiene sobre un fundamento. Y para nosotros, que hoy nos reunimos con el corazón todavía marcado por la ausencia de nuestro querido Benjamin, esa imagen de la 'torre' cobra un significado nuevo. A menudo intentamos construir nuestra vida sobre la lógica de lo que podemos controlar, sobre la creencia de que si somos lo suficientemente atentos, si calculamos cada variable, si preparamos cada detalle, el edificio se mantendrá en pie. Pero la vida, a veces, nos demuestra que los cimientos no siempre dependen de nuestros planos.
Benjamin Vo era un chico que amaba los sistemas. Él entendía, con esa mente brillante que Dios le regaló, que para que un avión despegue, para que un código de programación funcione, cada pieza debe estar en su lugar exacto. Él encontraba una belleza fascinante en la arquitectura de las cosas, en la precisión de un entorno digital o en la trayectoria de un Boeing 737 cruzando el cielo. Ben era un constructor de sueños, un chico que miraba el mundo y preguntaba cómo podía hacerlo mejor, cómo podía conectar a las personas. Y hoy, al escucharlo a él en nuestro corazón, recordamos que él ya no necesita de mapas ni de rutas trazadas; él ha llegado al destino final. Él está en la mesa del banquete de Dios, donde ya no hay retrasos, ni fallos, ni despedidas.
Sé que para ustedes, Alan y Thao, y para ti, Ryan, estos cuatro meses han sido un tiempo de un silencio que pesa. El vacío que Ben dejó no es una idea abstracta; está en la silla que falta, en el eco de sus risas, en el recuerdo de esa generosidad tan suya, como cuando, con una inocencia que conmueve, quiso ofrecer todos sus ahorros para ayudar a su tío, sin siquiera romper la alcancía. Ese acto no fue una transacción; fue la expresión de un alma que ya pertenecía al Reino de los Cielos. Él no necesitaba que el dinero cambiara de manos para que su amor fuera real. Él simplemente ofreció su todo. Y hoy, ese amor sigue dando frutos, como el agua de ese pozo en Vietnam que lleva su nombre, calmando la sed de los necesitados, recordándonos que una vida entregada, por breve que parezca a nuestros ojos, es un río que nunca se seca.
Quiero decirles algo hoy, con la mayor delicadeza posible, porque sé que el corazón a veces nos engaña en la soledad de la noche. Cuando el dolor es tan profundo, la mente busca desesperadamente una razón, un 'por qué', y a veces, en ese afán de encontrar una explicación, nos volvemos contra nosotros mismos. Se preguntan si hubo algo que se pudo hacer diferente, si se pasó por alto una señal, si fueron lo suficientemente vigilantes. Les pido, en el nombre de Jesús, que dejen caer esa piedra. Ustedes no son responsables de la fragilidad de la vida. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un fallo de su amor, no fue una falta de cuidado, no fue un castigo. Dios no envía el sufrimiento y Dios no acusa a los padres que aman con tanta entrega. Ustedes fueron el hogar, el puerto seguro, el amor incondicional que Ben conoció. No se culpen de no haber sido Dios. Ustedes fueron sus padres, y en ese amor, Ben encontró todo lo que necesitaba para caminar hacia el Padre con confianza. Algunos dolores, como las tormentas, simplemente llegan, fuera de todo control humano, y ninguna vigilancia podría haber cambiado el curso de este misterio. Por favor, descansen en la certeza de que no fallaron en nada.
San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos regala una imagen que es un bálsamo: 'Dios es quien, por su benevolencia, realiza en ustedes el querer y el actuar'. Esta es nuestra verdadera fuerza. No es nuestra capacidad de calcular el costo, no es nuestra fuerza de voluntad la que sostiene la torre de nuestra vida cuando los vientos soplan fuerte. Es Dios quien trabaja en nosotros. Es Dios quien nos da el deseo de seguir adelante cuando todo lo que queremos es detenernos. Ben vivió esta verdad. Él no se guardó nada; él se entregó en su curiosidad, en su sonrisa, en su deseo de ayudar. Él se entregó en su bondad. Y ahora, él participa de esa misma exaltación de la que habla Pablo. Él no ha sido perdido; ha sido exaltado en el nombre que está sobre todo nombre.
Ryan, tú eres el guardián de una parte muy especial de la historia de tu hermano. Sé que a veces te sientes solo, que el mundo parece más silencioso sin él. Pero Ben vive en ti. Vive en tus recuerdos, en las cosas que compartían, en ese amor que no conoce fronteras. No tengas miedo de vivir. No tengas miedo de reír. Ben no querría que tu vida se detuviera. Él querría verte volar alto, querría verte cumplir tus sueños, querría que fueras feliz. La vida de Ben sigue dando frutos. Cada vez que tú eres amable, cada vez que tú amas, cada vez que tú te levantas y sigues adelante, la luz de Ben brilla en este mundo.
La esperanza de la que habla la Escritura no es un deseo optimista; es una certeza. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Ese amor es el que sostiene a Ben ahora, y es el mismo amor que los sostiene a ustedes. No intenten cargar con el mañana. El dolor es un visitante que llega sin avisar, pero la gracia de Dios también llega en cada momento. Sean pacientes con su propio duelo. Perdonen sus propias debilidades, descansen en la misericordia del Padre, y dejen que la paz de Cristo habite en su hogar. Que la Virgen María, que estuvo de pie junto a la cruz y sabe lo que es mirar al cielo con el corazón partido, los cubra con su manto. Ella conoce el camino del dolor hacia la gloria. Ella los sostiene hoy. No están solos. Ustedes son parte de esa gran multitud que, aunque hoy camina entre lágrimas, está destinada a encontrarse en la luz que no tiene ocaso. Que la memoria de Benjamin sea siempre una invitación a mirar hacia arriba, hacia el cielo, donde él ya nos espera, sonriendo, como siempre lo hizo, con esa paz que nosotros, algún día, también compartiremos. La invitación al banquete sigue en pie, y un día, todos nos sentaremos juntos a la mesa, donde no habrá más llanto, y donde el abrazo de Ben será, por fin, el comienzo de un reencuentro que no tendrá fin. Amen.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, y que su paz, que supera todo entendimiento, llene sus corazones hoy y siempre. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.