En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. La paz y la gracia de Dios nuestro Padre estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Hay momentos en la vida que se quedan grabados en nuestra memoria no por su estruendo, sino por su sencillez. Pienso en la imagen de un niño, Ben, observando el cielo, fascinado por la estela de un avión, o quizás en ese momento en que, con la inocencia y la sabiduría de quien no conoce el egoísmo, ofreció sus ahorros para ayudar a su tío, sin siquiera necesitar romper la alcancía. Ese acto no fue una transacción; fue una ofrenda de amor puro. Fue la señal de un corazón que, incluso a su corta edad, ya comprendía que la vida no se trata de lo que acumulamos, sino de lo que estamos dispuestos a entregar por aquellos a quienes amamos.
San Pablo nos habla hoy en la carta a los Efesios de una armadura. Nos dice: 'Pónganse la armadura de Dios, para que puedan resistir en los días malos'. A menudo, cuando escuchamos la palabra 'armadura', pensamos en algo rígido, frío, hecho de metal para protegernos de los golpes. Pero miren bien lo que Pablo describe: el cinturón de la verdad, la coraza de la justicia, el calzado del celo por el Evangelio, el escudo de la fe, el casco de la salvación. Esta no es una armadura que nos aísla; es una armadura que nos permite caminar en medio de la oscuridad sin perder nuestra humanidad, sin dejar que el dolor nos endurezca el alma.
Vivimos, a veces, en días que se sienten como ese 'día malo' del que habla el apóstol. Para ustedes, Alan, Thao, y para ti, Ryan, estos últimos meses han sido una caminata a través de un valle donde la luz parece esquiva. El vacío que Ben ha dejado no es una ausencia silenciosa; es una presencia constante, un recuerdo de su risa, de sus juegos, de esa curiosidad brillante que lo hacía preguntar por todo. Sé que hay noches en las que el corazón se siente desarmado, en las que el peso de la pérdida se siente como una flecha encendida que intenta apagar la esperanza. Y es precisamente ahí, en esa vulnerabilidad, donde la armadura de Dios se vuelve necesaria. No para ocultar el dolor, sino para sostenernos mientras lo atravesamos.
Quiero decirles algo con mucha suavidad, pero con total firmeza: no se acusen a sí mismos. A veces, en el silencio de la noche, la mente humana, buscando desesperadamente un sentido a lo que no tiene sentido, se vuelve contra sí misma. Se pregunta si hubo una señal que no se vio, un detalle que se escapó, una vigilancia que pudo ser mayor. Por favor, dejen caer esa piedra. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un castigo, no fue un error, no fue un fracaso de su amor. Dios no envía el sufrimiento, y ciertamente no castiga a quienes aman con tanta entrega. Ustedes fueron los padres que Ben necesitaba, los que lo amaron en cada despegue y en cada aterrizaje de su corta pero hermosa vida. No se culpen de no haber sido Dios. Ustedes fueron sus padres, y ese amor fue el refugio donde él aprendió a ser el niño tierno y brillante que todos recordamos.
En el Evangelio de hoy, Jesús se enfrenta a la amenaza de Herodes. Le dicen: 'Vete, porque Herodes quiere matarte'. Y Jesús responde con una calma que desarma: 'Vayan a decirle a ese zorro: yo expulso demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra'. Jesús no se detiene por el miedo. Él conoce su camino, conoce el propósito de su vida, y avanza hacia Jerusalén, sabiendo que allí encontrará su destino. Y luego, el corazón de Jesús se rompe: '¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, pero ustedes no han querido!'.
Esta es la imagen que quiero que guarden hoy: Jesús como una madre, como un padre, que solo desea reunir a sus hijos bajo sus alas. Ben ahora descansa bajo esas alas. Él ya no conoce el dolor, ya no conoce la fatiga de la lucha. Él está en el banquete del Reino, ese lugar donde la curiosidad de su mente brillante es finalmente satisfecha por la visión de Dios. Él es como ese pequeño 'con chim' que finalmente ha encontrado su cielo, su lugar de descanso definitivo. Y desde allí, él no los mira con tristeza, sino con la misma ternura con la que los miraba aquí. Él les pide, a través del amor que los unió, que no se queden atrapados en la oscuridad del '¿por qué?', sino que se refugien bajo las mismas alas que ahora lo protegen a él.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de una parte muy especial de la historia de Ben. No temas vivir plenamente. No temas ser tú mismo, con tus sueños, tus proyectos y tus alegrías. Ben no se fue para dejarte solo; se fue para prepararte un lugar en el corazón de Dios. Cada vez que actúas con bondad, cada vez que compartes algo con alguien, cada vez que te ríes o simplemente disfrutas de un momento de paz, estás permitiendo que la vida de tu hermano siga brillando. Su amor no ha muerto; se ha transformado en una fuente, como ese pozo en Vietnam que lleva su nombre y que calma la sed de los necesitados. Su vida sigue fluyendo, sigue dando vida, sigue siendo una bendición.
No intenten resolver todo el dolor de la vida hoy. No intenten cargar con el futuro. Solo vivan este día. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado hace mucho tiempo. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la paz. Dios no los ha dejado solos en esta casa. Él está en el silencio, está en la lágrima, está en el recuerdo de la sonrisa de Ben. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los proteja, que haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.