En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos invita a confiar en la fuerza oculta de su amor, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, el misterio de Dios se nos revela no en el estruendo de los grandes eventos, sino en la quietud de lo que parece pequeño, casi invisible. Pensemos hoy en un puñado de harina, esa masa que una mujer prepara en su cocina, mezclando un poco de levadura. Es un gesto cotidiano, algo que se hace sin testigos, en la intimidad del hogar. Nadie ve el proceso. Nadie observa cómo la levadura, en silencio, empieza a transformar la masa. Y sin embargo, es allí, en ese trabajo silencioso y oculto, donde ocurre la transformación. Es allí donde la promesa de Dios comienza a expandirse hasta que todo queda leudado.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, tenía una mente que buscaba entender cómo funcionaban las cosas. Él amaba la lógica, la arquitectura de los sistemas, la precisión de un código. Pero, ¿saben? La vida de Ben no se mide por la complejidad de lo que él podía construir con sus manos o con su intelecto, sino por esa 'levadura' de bondad que él sembró en el corazón de quienes lo rodeaban. Él era como esa semilla de mostaza de la que nos habla el Evangelio. Una semilla pequeña, casi imperceptible, que al ser plantada en el jardín de la vida, tiene el poder de convertirse en algo que ofrece refugio, algo que se vuelve un hogar para los pájaros del cielo.
Alan, Thao, Ryan, sé que en estos meses, el silencio de la casa puede sentirse a veces como una ausencia pesada. Sé que hay noches en las que el corazón busca explicaciones, buscando entender por qué el jardín de su familia parece haber cambiado tanto. Es natural, en nuestra humanidad, querer entender el 'porqué' de las cosas, querer encontrarle una lógica a lo que nos parece un desorden incomprensible. Pero escuchen esto: la vida de Ben, su sonrisa, su curiosidad, su deseo de ayudar a su tío ofreciendo sus ahorros, todo eso fue la levadura del Reino en medio de ustedes. Ese gesto de querer entregar sus ahorros, sin necesidad de romper la alcancía, fue un acto de amor puro, una semilla de generosidad que Dios ha guardado en Su granero.
Quiero hablarles con una ternura muy profunda sobre algo que a menudo carga el corazón de los padres: esa culpa silenciosa que susurra en la oscuridad. Se preguntan si algo se pasó por alto, si pudieron haber hecho más, si la vigilancia fue suficiente. Por favor, dejen caer esa piedra hoy. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un error de cálculo, ni una falta de cuidado, ni un castigo. Hay tormentas en esta vida que simplemente ocurren, misterios que escapan a cualquier control humano, por más brillante que sea la mente que intente descifrarlos. Dios no les pide cuentas por lo que no pudieron controlar; Él los sostiene por el amor que entregaron. Ustedes fueron los padres que amaron, que cuidaron, que estuvieron ahí, y eso fue suficiente para que Ben conociera el amor en esta tierra. No se acusen de no haber sido Dios; ustedes fueron los padres de Ben, y eso es un regalo sagrado que nada ni nadie puede quitarles.
San Pablo nos habla en la carta a los Efesios sobre el misterio del amor entre Cristo y la Iglesia, un amor que nutre y cuida, un amor que se entrega a sí mismo. 'Nadie odia a su propia carne, sino que la alimenta y la cuida', nos dice. Ustedes han alimentado y cuidado a Ben con un amor que es reflejo del amor de Cristo. Ese amor no ha muerto. Como la levadura en la masa, ese amor sigue trabajando en el corazón de ustedes, en la vida de Ryan, en la memoria de cada persona que conoció la bondad de Ben.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa memoria. No temas ser tú mismo. No temas soñar, ni crear, ni reír. Ben te mira con un orgullo que no conoce límites. Él sigue siendo tu compañero de viaje, aunque ahora camine por senderos de luz que nosotros apenas intuimos. Él está en el banquete, donde el Maestro mismo, como dice el Evangelio, se ciñe la túnica y sirve a los suyos. Imaginen a Ben allí, sin el peso del sufrimiento, sin la carga de la enfermedad, con esa sonrisa que iluminaba todo, descansando en la luz de Aquel que lo conoce por su nombre. Él no quiere verlos consumidos por la culpa o por el '¿qué hubiera pasado si...?'. Él quiere verlos vivir. Él quiere ver a su familia encontrar, poco a poco, la paz que solo Dios puede dar.
El Reino de Dios es como esa pequeña semilla. A veces, la semilla parece enterrada, parece que ha desaparecido en la tierra. Pero es precisamente ahí, en la oscuridad, donde comienza a germinar lo que será grande, lo que dará sombra, lo que será un hogar para los demás. El amor de Ben sigue dando frutos. Ese pozo de agua viva en Vietnam, que lleva su nombre, es una señal de que su vida sigue fluyendo, sigue dando vida a los sedientos, sigue siendo una bendición para otros. Es la prueba de que su paso por este mundo no fue un accidente, sino una misión de amor que continúa.
No intenten resolver todo el dolor de la vida en este día. No carguen con el peso del futuro. Solo vivan este momento. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la paz. Dios no los ha dejado solos en esta casa. Él está en el silencio, está en la lágrima, está en el recuerdo de la sonrisa de Ben. Él está en los juegos que Ben codificó, en los aviones que observó, en cada momento de alegría que compartieron como familia.
Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. No se miren a sí mismos a través de la lente de lo que se perdió, sino a través de la lente de la promesa. Dios no los ha dejado solos. Él está en el silencio, está en el recuerdo de la risa de Ben, está en cada acto de bondad que ustedes realizan en su nombre. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Que el Señor los bendiga y los guarde, y que la luz de su rostro brille sobre ustedes, hoy y siempre. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga, los proteja de todo mal y los lleve a la vida eterna. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.