En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, quien nos abre las puertas del cielo, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, la vida se siente como una terminal de aeropuerto en la hora punta: un flujo constante de personas, de maletas, de destinos que se cruzan y de aviones que despegan hacia horizontes que no alcanzamos a ver. Nuestro querido Benjamin Vo amaba esa coreografía. Él entendía el mundo, en parte, a través de la precisión de esos gigantes de metal, los Boeing 737, que surcaban el cielo con una lógica perfecta. Él encontraba belleza en el orden, en la arquitectura de un sistema, en la estructura que permitía que algo tan pesado pudiera elevarse y volar.
Hoy, la liturgia nos abre una ventana a una realidad mucho más vasta que cualquier espacio aéreo. En el libro de Daniel, vemos al 'Anciano' sentado en su trono, rodeado de fuego, con miles y miles que le sirven. Es una visión de una majestad que nos empequeñece, pero que, al mismo tiempo, nos sitúa. No estamos solos en este universo; hay una corte celestial, un orden divino que sostiene todo lo que existe. Y en el Evangelio, Jesús nos regala una promesa que es el corazón de nuestra fe hoy: 'Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre'.
¿Se imaginan esa escena? El cielo no es un techo cerrado. No es una barrera inamovible. Es una puerta que, por medio de Jesús, permanece abierta. Los ángeles, esos mensajeros de la presencia de Dios, suben y bajan, conectando nuestra realidad cotidiana, nuestro dolor, nuestras risas y nuestras despedidas, con la misma gloria del Anciano que vio Daniel.
Alan, Thao, Ryan… sé que hace tres meses que el cielo se sintió, para ustedes, como algo que se cerró de golpe. Sé que la ausencia de Ben ha dejado un silencio en la casa que ninguna lógica, por más brillante que sea, puede explicar. Sé que hay noches en las que la mente busca respuestas, tratando de encontrar el 'código' de lo que sucedió, preguntándose si hubo algo que se pudo prevenir. Quiero decirles, con toda la ternura de nuestra fe, que esa culpa no es de ustedes. No hubo un paso en falso, no hubo una falta de cuidado. La enfermedad, a veces, irrumpe en la vida como una tormenta repentina que nadie puede predecir ni detener. Dios no los está juzgando; Dios está sosteniendo a Ben, y los está sosteniendo a ustedes, en medio de este dolor. No se acusen a sí mismos; dejen que esa piedra caiga, porque Dios no la puso sobre sus hombros.
Piensen en Nathanael, a quien Jesús llama un 'verdadero israelita, sin doblez'. Nathanael estaba debajo de la higuera, en su momento de intimidad, de búsqueda, de honestidad. Jesús lo vio allí antes de que nadie más lo llamara. Jesús también vio a Ben. Él vio su curiosidad, su mente brillante que ya a los catorce años exploraba el mundo de la inteligencia artificial y la infraestructura de la nube. Pero más que eso, vio su corazón. Ese corazón que, sin que nadie se lo pidiera, quiso ofrecer su alcancía para ayudar a su tío William. No es que el dinero fuera lo que importaba, ni que el acto se consumara de forma dramática; lo que importa es que, en el corazón de un niño de quince años, ya latía la generosidad de Dios. Él tenía esa 'falta de doblez', esa transparencia que Jesús tanto amaba. Él era, como Nathanael, alguien que buscaba la verdad.
Ryan, hermano, sé que a veces sientes que el equipo está incompleto, que el copiloto de tus sueños y de tus juegos ya no está en el asiento de al lado. Pero piensa en lo que Jesús dice hoy: el cielo está abierto. Los ángeles suben y bajan. Ben no se ha ido a una distancia infinita; él ha cruzado el umbral hacia la presencia del Anciano, hacia la luz que es más brillante que mil soles. Él sigue siendo tu hermano. Él sigue compartiendo contigo esa pasión por la vida, por los aviones, por el futuro. Cuando sientas que el mundo es muy silencioso, cierra los ojos y recuerda: el cielo no está cerrado. Él está ahí, en la luz de Dios, animándote a seguir volando, a seguir siendo valiente, a seguir siendo el chico maravilloso que eres.
La imagen de los ángeles subiendo y bajando nos recuerda que nuestra vida en la tierra está en constante comunicación con la eternidad. Cada oración que elevan, cada lágrima que derraman, cada recuerdo de Ben que comparten en la mesa, sube al cielo. Y cada gracia que necesitan para sobrevivir a este día, cada momento de paz que los sorprende en medio de la tristeza, baja del cielo. Es un intercambio constante de amor.
No busquen a Ben en el pasado, como si fuera una fotografía guardada en un archivo. Búsquenlo en el presente, en la vida que ustedes siguen viviendo. Él vive en cada acto de bondad que realizan en su nombre, en cada gota de agua que ese pozo en Vietnam regala a los sedientos, en cada historia que su papá cuenta y que él escuchaba con tanta atención. Él vive en el amor que ustedes, como familia, siguen cultivando a pesar de la herida.
Quiero que hoy, al salir de aquí, lleven consigo una sola cosa: la certeza de que el cielo está abierto. No es una metáfora. Es una realidad que Jesús nos asegura. Ben está en casa, en la casa del Padre, donde no hay dolor, donde no hay enfermedad, donde su mente brillante y su corazón tierno pueden expandirse sin límites. Él está bien. Él es feliz. Y él, desde esa altura que tanto amaba, los cuida con el amor de un hermano y de un hijo que nunca, nunca los ha dejado de amar.
Que la Virgen María, la Reina de los Ángeles, los cubra con su manto. Que ella, que también tuvo que aprender a confiar cuando su Hijo fue entregado, les enseñe a entregar sus cargas al Señor. Sigan caminando, sigan amando, sigan siendo la familia que Ben eligió. Él está con ustedes, en cada paso, en cada aliento, esperando el día en que, bajo el cielo abierto, se vuelvan a encontrar para siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, que haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.