En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, que nos sostiene en la esperanza de la resurrección, estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
A menudo, cuando pensamos en la muerte, nuestra mente se llena de imágenes de finales, de puertas que se cierran, de libros que se terminan. Nos imaginamos un silencio absoluto, una frialdad que no podemos comprender. Pero la Iglesia, en este día, nos invita a cambiar nuestra mirada. Nos invita a mirar no hacia el final, sino hacia el principio. Nos invita a mirar al Pastor que camina con nosotros en el valle de las sombras.
El libro de la Sabiduría nos ofrece una imagen que es un bálsamo para el corazón atribulado: 'Las almas de los justos están en las manos de Dios y no los tocará el tormento'. Pensemos en esa imagen. No están en la nada. No están perdidos en el vacío. Están en la mano de Dios. Imaginen la mano de un padre, fuerte y protectora, sosteniendo a su hijo. Es una mano que conoce cada detalle, cada sueño, cada risa. Benjamin Vo, nuestro querido Ben, está en esa mano. Él, que tenía una mente tan brillante y una curiosidad que lo llevaba a querer entender cómo funcionan los grandes sistemas del mundo, desde la lógica de los números hasta la ingeniería de un Boeing 737, ahora descansa en la lógica perfecta del Amor de Dios.
Sé que para ustedes, Alan y Thao, y para ti, Ryan, estos cuatro meses han sido un camino por ese valle de sombras del que habla el Salmo. El vacío que Ben dejó en la casa no es una idea abstracta. Está en el lugar donde solía sentarse, en el eco de sus pasos, en la ausencia de ese 'buenos días, papá' que siempre, sin falta, compartía al bajar las escaleras. Es un dolor que tiene nombre, que tiene rostro, que tiene la sonrisa de un chico que, con una ternura que desarmaba, quiso ofrecer sus ahorros para ayudar a su tío cuando estaba enfermo. Ese deseo de dar, de entregarse, no fue un acto de un niño que no sabía el valor del dinero, fue el acto de un alma que ya entendía el valor del prójimo.
Quiero decirles algo hoy, con la mayor delicadeza posible, porque sé que el corazón a veces nos engaña en la soledad de la noche. Cuando el dolor es tan profundo, la mente busca desesperadamente una razón, un 'por qué', y a veces, en ese afán de encontrar una explicación, nos volvemos contra nosotros mismos. Se preguntan si hubo algo que se pudo hacer diferente, si se pasó por alto una señal, si fueron lo suficientemente vigilantes. Les pido, en el nombre de Jesús, que dejen caer esa piedra. Ustedes no son responsables de la fragilidad de la vida. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un fallo de su amor, no fue una falta de cuidado, no fue un castigo. Dios no envía el sufrimiento y Dios no acusa a los padres que aman con tanta entrega. Ustedes fueron el hogar, el puerto seguro, el amor incondicional que Ben conoció. No se culpen de no haber sido Dios. Ustedes fueron sus padres, y en ese amor, Ben encontró todo lo que necesitaba para caminar hacia el Padre con confianza.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: 'Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y al que viene a mí, no lo echaré fuera'. Esta es la promesa. Él no perdió nada de lo que le fue dado. Ben no fue perdido. Fue recibido. Imaginen a Ben, ese chico que siempre estaba explorando, que siempre estaba buscando aprender, que disfrutaba de 'spotting' en los aeropuertos con su papá, siendo recibido ahora en el aeropuerto de la eternidad. Él no está en una fila de espera. Él está en la mesa del banquete, donde ya no hay fatiga, donde la mente brillante de Ben finalmente contempla la fuente de toda sabiduría, y donde su corazón, siempre tan gentil, descansa en la paz absoluta.
Ryan, tú eres el guardián de una parte muy especial de la historia de tu hermano. Sé que a veces te sientes solo, que el mundo parece más silencioso sin él. Pero Ben vive en ti. Vive en tus recuerdos, en las cosas que compartían, en ese amor que no conoce fronteras. No tengas miedo de vivir. No tengas miedo de reír. Ben no querría que tu vida se detuviera. Él querría verte volar alto, querría verte cumplir tus sueños, querría que fueras feliz. La vida de Ben sigue dando frutos, como ese pozo de agua limpia que, en su nombre, calma la sed de los necesitados en Vietnam. Su vida sigue siendo un manantial. Cada vez que tú eres amable, cada vez que tú amas, cada vez que tú te levantas y sigues adelante, la luz de Ben brilla en este mundo.
La esperanza de la que habla San Pablo en la carta a los Romanos no es un deseo optimista; es una certeza. 'El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo'. Ese amor es el que sostiene a Ben ahora, y es el mismo amor que los sostiene a ustedes. No intenten cargar con el mañana. El dolor es un visitante que llega sin avisar, pero la gracia de Dios también llega en cada momento. Sean pacientes con su propio duelo. Perdonen sus propias debilidades, descansen en la misericordia del Padre, y dejen que la paz de Cristo habite en su hogar. Que la Virgen María, que estuvo de pie junto a la cruz y sabe lo que es mirar al cielo con el corazón partido, los cubra con su manto. Ella conoce el camino del dolor hacia la gloria. Ella los sostiene hoy. No están solos. Ustedes son parte de esa gran multitud que, aunque hoy camina entre lágrimas, está destinada a encontrarse en la luz que no tiene ocaso. Que la memoria de Benjamin sea siempre una invitación a mirar hacia arriba, hacia el cielo, donde él ya nos espera, sonriendo, como siempre lo hizo, con esa paz que nosotros, algún día, también compartiremos. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde; que el Señor les muestre su rostro y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.