En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre estén con todos ustedes en este día.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Hay un momento en el libro de Job que siempre me ha parecido profundamente humano. Job, después de haber atravesado la tormenta más oscura que un hombre puede imaginar, después de haber perdido sus bienes, su salud y, lo más doloroso, a sus hijos, llega a un punto de quiebre y de revelación. Él dice: 'Había oído hablar de ti, pero ahora mis ojos te han visto'. Es una frase que encierra el misterio de nuestra vida aquí en la tierra. Durante mucho tiempo, conocemos a Dios de oídas, a través de las oraciones de otros, de los relatos de la Escritura o de la tradición de nuestra familia. Pero hay momentos, especialmente cuando el dolor nos atraviesa, en los que esa fe de oídas ya no es suficiente. Necesitamos ver. Necesitamos tocar. Necesitamos saber, con una certeza que no viene de la lógica, que Dios está allí.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un joven que vivía en la precisión de la lógica. Él amaba la estructura, el código, la arquitectura de los sistemas. Él entendía el mundo a través de la inteligencia, de esa mente brillante que podía descifrar la complejidad de la nube o la mecánica de un vuelo transoceánico con una naturalidad asombrosa. Pero, ¿saben? La genialidad de Ben no estaba solo en su mente, sino en su capacidad de asombro. Él era un chico que podía maravillarse ante la inmensidad del mundo, alguien que encontraba alegría en un simple ritual de 'spotting' en un aeropuerto, o en la emoción de un viaje compartido con su familia. Esa curiosidad suya, esa chispa que lo hacía preguntar, investigar y soñar con su 'Con Chim Airlines', era, en el fondo, una forma de buscar a Dios. Él buscaba la verdad en los sistemas, pero la encontraba en el amor de su familia.
Alan, Thao, Ryan… sé que en estos tres meses desde que Ben partió, han sentido que el mundo se ha vuelto un lugar sin sentido, un sistema que se ha roto. Sé que el silencio de la casa, la ausencia de su risa, la falta de ese diálogo sobre sus proyectos, se siente como una pregunta que Dios no responde. A veces, la mente, tan acostumbrada a buscar soluciones, se pierde en el laberinto de los 'por qué'. Se preguntan si hubo algo que se pudo hacer, si hubo una señal que se pasó por alto, si hubo una negligencia en el cuidado. Quiero decirles hoy, con la autoridad de la Palabra de Dios, que esa culpa no es de ustedes. Cuando los discípulos le preguntaron a Jesús por el hombre ciego de nacimiento, quién había pecado, si él o sus padres, Jesús fue tajante: 'Ni él, ni sus padres'. La enfermedad, el sufrimiento, la partida de un ser querido, no son un castigo, no son una falla en su amor, no son el resultado de algo que ustedes dejaron de hacer. Ustedes fueron para Ben el refugio, la luz, el amor incondicional que todo hijo necesita. Dios no los acusa. Dios no busca culpables. Dios, en su infinita misericordia, simplemente los abraza. No se carguen con una culpa que no les pertenece. Suelten esa piedra. Ustedes hicieron todo lo que el amor humano podía hacer, y Dios, que es el autor de la vida, sabe que ese amor fue perfecto.
Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice algo que parece desconcertante: 'No se alegren de que los espíritus se les sometan, alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo'. Es una invitación a dejar de mirar los resultados, los logros, la lógica de este mundo, y a empezar a mirar la realidad eterna. Ben no es recordado por sus títulos, ni por su capacidad técnica, aunque era brillante. Él es recordado por el movimiento de su alma. ¿Recuerdan aquel impulso de su corazón cuando, al enterarse de la enfermedad de su tío William, quiso ofrecer todo lo que tenía, su alcancía entera, para ayudar? No importó que no fuera necesario, que el dinero no fuera el remedio. Lo que importa es el movimiento de su alma: un niño de quince años que, ante el dolor ajeno, no se protege, no se guarda nada, sino que se ofrece por completo. Ese es el corazón de un discípulo. Ese es el corazón de Ben.
Imaginen por un momento a Ben, con esa sonrisa que mostraba sus brackets, esa sonrisa que iluminaba cualquier reunión familiar, ya sea en la iglesia de La Vang o en una caminata por el barrio. Él no era un niño que se guardaba para sí mismo. Él era un niño que se entregaba. Ese es el nombre que está escrito en el cielo. El nombre de alguien que amó sin medida. Y es ahí, en ese cielo abierto del que habla Jesús, donde Ben descansa ahora. Él, que amaba la aviación, que soñaba con volar, ha alcanzado el destino final. Él está en la presencia de Dios, donde su curiosidad infinita finalmente ha encontrado la respuesta a todos los misterios que le apasionaban. Él no está lejos. Él está en el corazón de Dios.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa luz aquí en la tierra. Sé que a veces sientes que el equipo está incompleto, que falta el copiloto en la cabina de la vida. Pero piensa en lo que Jesús dice hoy: el cielo está abierto. Ben no se ha ido a una distancia infinita; él ha cruzado el umbral hacia la luz que es más brillante que mil soles. Él sigue siendo tu hermano. Él sigue compartiendo contigo esa pasión por la vida, por los aviones, por el futuro. Cuando sientas que el mundo es muy silencioso, cierra los ojos y recuerda: el cielo no está cerrado. Él está ahí, en la luz de Dios, animándote a seguir volando, a seguir siendo valiente, a seguir siendo el chico maravilloso que eres. No tengas miedo de ser feliz, de reír, de seguir adelante. Ben estaría orgulloso de verte vivir con la misma pasión con la que él vivió. Él te acompaña en cada momento, en cada desafío, en cada pequeña victoria. Nunca estás solo.
Quiero hablarles a todos los que hoy cargan con una ausencia, a todas las familias que, como la de Ben, se preguntan cómo seguir cuando una parte del corazón parece haberse ido al cielo. La respuesta de Jesús no es una explicación teológica; es un abrazo. Es la invitación a hacerse pequeños, a reconocer que no necesitamos tener todas las respuestas para ser amados por Dios. Dios no nos pide que seamos fuertes todo el tiempo; nos pide que seamos honestos con nuestra fragilidad. Cuando se sientan abrumados por la tristeza, cuando la noche se haga larga, recuerden que hay ángeles que los rodean, que hay una presencia que sostiene tanto sus vidas como la vida de Ben. Dios no envía el dolor, pero Dios es el primero en llorar con ustedes, y es el primero en recoger cada lágrima para convertirla en una perla de consuelo.
Ben dejó una huella que no se borra. Su amor sigue fluyendo, no solo en sus corazones, sino en el mundo, como esa agua que brota del pozo en Cà Mau, dando vida a quienes más lo necesitan. Su legado no es una lista de logros, sino una estela de bondad. Cada vez que ustedes actúan con misericordia en su nombre, cada vez que perdonan, cada vez que cuidan de alguien que sufre, están haciendo que Ben siga presente, que su luz siga brillando en medio de las sombras. No busquen a Ben en el pasado; búsquenlo en el presente, en la vida que ustedes siguen honrando con su entereza. Él no es un recuerdo; él es una presencia viva en la comunión de los santos.
Al salir de aquí, no busquen resolver el misterio de la vida hoy. Solo les pido un pequeño gesto: busquen una forma de ser 'niños' ante Dios. Quizás sea simplemente decir: 'Señor, no entiendo, pero confío en ti'. O quizás sea hacer un pequeño favor a alguien, sin esperar nada a cambio, solo por amor, como Ben lo hacía. Al hacerlo, verán que el amor es más fuerte que la muerte, que el cielo no es un lugar lejano, sino una realidad que se hace presente en cada acto de caridad. La Virgen María, que estuvo al pie de la cruz y vio a su Hijo entregarse por nosotros, sabe mejor que nadie lo que es el dolor de una madre y de un padre. Ella los sostiene. Ella los cubre con su manto. No tengan miedo de llorar, pero tampoco tengan miedo de esperar. Porque llegará el día en que, bajo el cielo abierto, se volverán a encontrar para siempre. Y en ese encuentro, no habrá más preguntas, solo la plenitud de un abrazo que durará toda la eternidad. Mientras tanto, sigan adelante. Sigan siendo la familia que Ben amó. Él está bien. Él es feliz. Y él, desde la luz, los espera con esa sonrisa que nunca se apagó, con esa curiosidad que ahora conoce todos los secretos del cielo. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Pueden ir en paz.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.