En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo estén siempre con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
A veces, la vida se siente como una habitación que hemos estado barriendo con mucho cuidado, tratando de mantener cada rincón en su lugar, cada detalle bajo control. Conocemos esa sensación de querer que todo sea perfecto, de querer que los sistemas —ya sean los de una computadora o los de nuestra propia familia— funcionen sin fallos. Benjamin Vo, nuestro querido Ben, entendía esto mejor que nadie. Con esa mente brillante que Dios le regaló, él encontraba una belleza profunda en la lógica, en la precisión de un código de programación, en la estructura de un avión Boeing 737. Él veía el mundo como un sistema que podía ser entendido, mejorado y, sobre todo, amado. Pero hoy, el Evangelio de Lucas nos saca de esa lógica de la precisión y nos coloca frente a una lógica muy distinta: la lógica de lo que se pierde y, más importante aún, la lógica de la búsqueda incansable.
Jesús nos habla de un pastor que deja a noventa y nueve ovejas para ir tras una sola, y de una mujer que enciende una lámpara y barre toda la casa buscando una moneda perdida. Deténganse un momento en esa imagen de la mujer barriendo. No es una limpieza superficial. Es una búsqueda minuciosa, paciente, movida por el amor. Ella no se detiene hasta que la encuentra. Y cuando la encuentra, su primera reacción no es el reproche, ni el cálculo de lo que costó encontrarla, sino la alegría pura: '¡Alégrense conmigo!'.
Sé que para ustedes, Alan y Thao, y para ti, Ryan, estos cuatro meses desde que Ben regresó a la casa del Padre han sido como esa búsqueda en la oscuridad. El vacío que Ben dejó no es algo que se pueda llenar con explicaciones o con lógica. Está en la silla que falta, en el silencio de la mañana, en el recuerdo de su sonrisa cuando hablaba de sus proyectos, de sus sueños de aviación, de esa 'Con Chim Airlines' que le hacía soltar esas risas tan suyas. Ese vacío es real, es pesado, y a veces, en la quietud de la noche, la mente se vuelve contra nosotros mismos. Se preguntan, quizás, si pudieron haber hecho algo distinto, si se les escapó algo, si fueron lo suficientemente vigilantes. Les pido, en nombre de Jesús, que dejen caer esa piedra. Ustedes no son responsables de la fragilidad de la vida. La enfermedad, como una tormenta que llega sin previo aviso, no es una falla de su amor. Ustedes fueron el puerto, el hogar, el amor incondicional que Ben conoció. Dios no los acusa, y les pido que ustedes tampoco se acusen. No se culpen de no haber sido Dios. Ustedes fueron sus padres, y en ese abrazo constante, Ben encontró todo lo que necesitaba para caminar hacia el Padre con confianza.
San Pablo, en la carta a los Filipenses, nos da la clave para entender esta nueva realidad. Él dice: 'Todo lo que era ganancia para mí, lo considero pérdida a causa de Cristo'. Pablo no está diciendo que las cosas buenas de la vida no valgan nada. Está diciendo que, comparado con el conocimiento de Cristo, todo lo demás palidece. Ben vivió esto con una naturalidad asombrosa. Él era un chico que, con apenas quince años, ya tenía la madurez de ofrecer todo lo que tenía —esa alcancía que nunca rompió, pero que ofreció con el corazón en la mano— para ayudar a su tío. Ese ofrecimiento no fue una transacción; fue el reflejo de un alma que ya entendía que el verdadero tesoro no está en lo que guardamos, sino en lo que damos. Ben no necesitaba romper la alcancía para que su amor fuera real ante los ojos de Dios. Su intención, su generosidad, su capacidad de ver más allá de sí mismo, eso era lo que ya estaba 'blanqueado en la sangre del Cordero'.
Quiero hablarles directamente a ustedes que hoy cargan con un peso que parece no tener fin. A veces, el dolor nos hace sentir que hemos perdido el norte, que la vida ha perdido su propósito. Pero miren la alegría del pastor. Miren la alegría de la mujer. Dios no está calculando las pérdidas. Dios está celebrando el encuentro. Ben no está perdido. Él está en el banquete. Él está en esa luz que no tiene ocaso, donde su mente brillante finalmente comprende los misterios que aquí solo podía intuir. Él está con San Carlo Acutis, con quien comparte esa misma chispa, esa misma juventud entregada a Dios. Y si ellos están ahí, en la presencia del Señor, entonces ellos son los que nos están buscando a nosotros. Ellos son los que, con su sonrisa, nos invitan a no rendirnos.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de una parte muy especial de la historia de Ben. Sé que a veces el mundo se siente más silencioso, más gris. Pero Ben vive en ti. Vive en cada recuerdo, en cada vez que compartes una historia, en cada vez que decides ser amable con alguien, en cada vez que te levantas y buscas tus propios sueños. No temas vivir. No temas reír. La vida de Ben no se detuvo el 13 de junio; se transformó. Y esa vida sigue dando frutos, como el agua de ese pozo en Vietnam que lleva su nombre, calmando la sed de los que sufren, recordando al mundo que una vida entregada, por breve que parezca a nuestros ojos, es un río que nunca se seca. Tu hermano te mira desde el cielo, y su mayor alegría será verte volar alto, verte ser feliz, verte vivir con la misma curiosidad y el mismo corazón bondadoso que él tuvo.
No intenten cargar con el mañana. El dolor es un visitante que llega sin avisar, pero la gracia de Dios también llega en cada momento. Sean pacientes con su propio duelo. Perdonen sus propias debilidades, descansen en la misericordia del Padre, y dejen que la paz de Cristo habite en su hogar. Que la Virgen María, que estuvo de pie junto a la cruz y sabe lo que es mirar al cielo con el corazón partido, los cubra con su manto. Ella conoce el camino del dolor hacia la gloria. Ella los sostiene hoy. No están solos. Ustedes son parte de esa gran multitud que, aunque hoy camina entre lágrimas, está destinada a encontrarse en la luz que no tiene ocaso. Que la memoria de Benjamin sea siempre una invitación a mirar hacia arriba, hacia el cielo, donde él ya nos espera, sonriendo, como siempre lo hizo, con esa paz que nosotros, algún día, también compartiremos. La invitación al banquete sigue en pie, y un día, todos nos sentaremos juntos a la mesa, donde no habrá más llanto, y donde el abrazo de Ben será, por fin, el comienzo de un reencuentro que no tendrá fin. Esta es la promesa que hoy nos hace el Señor: no tengan miedo, porque él ha ido a prepararles un lugar, y allí, con él, todo será restaurado.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.