En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz y la gracia de Dios nuestro Padre estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, el amor se parece a una cerca construida con cuidado. Cuando miramos la parábola que Jesús nos narra hoy, vemos a un propietario que no solo planta una viña; él se toma el tiempo de cavar, de limpiar las piedras, de construir una torre de vigilancia y de levantar un muro. Es una imagen de una ternura exquisita. Es el trabajo de alguien que no solo quiere una cosecha, sino que quiere proteger lo que ha plantado. Es el trabajo de un padre que prepara el camino para sus hijos, que remueve los obstáculos del suelo para que ellos puedan crecer, que construye una torre para vigilar su seguridad.
¿Cuántas veces hemos hecho eso nosotros? ¿Cuántas veces, Alan y Thao, han pasado noches en vela, trabajando, planificando, construyendo esa 'cerca' de amor y seguridad alrededor de Ben y Ryan? Ustedes, como el propietario de la parábola, han dedicado su vida a preparar un terreno fértil. Han querido que el suelo donde sus hijos echaran raíces fuera rico, libre de piedras, lleno de las mejores esperanzas. Y esa es la verdad más profunda de la paternidad: el deseo de entregar todo para que el fruto sea bueno, para que el hijo florezca bajo el sol de la gracia.
Pero el Evangelio nos lleva a un lugar difícil. Nos dice que, a pesar de todo el cuidado, de toda la cerca, de toda la torre, la viña no siempre da el fruto que esperamos. Y aquí, en la honestidad de este momento, debemos nombrar el dolor. A veces, la viña sufre. A veces, la cerca se rompe sin que nosotros hayamos dejado de cuidar. A veces, la vida nos presenta un invierno que no pedimos, un viento que no podemos detener, un vacío que se abre en medio de nuestra casa. Sé que, en estos tres meses desde que Ben partió, el silencio se siente como un campo abandonado. Sé que, al buscar la lógica de por qué este fruto fue llamado tan pronto, la mente se pierde. Se preguntan si hubo algo que no hicieron, si la cerca no fue lo suficientemente alta, si hubo una señal que se pasó por alto. Quiero decirles hoy, con la autoridad de la Palabra de Dios: suelten esa piedra de la culpa. No les pertenece. Dios no castiga, y Dios no los acusa. Ben no se fue porque ustedes fallaron. Él se fue porque Dios, el dueño de la viña, lo llamó a un jardín donde no hay más espinas, ni más enfermedades, ni más despedidas. Ustedes fueron, son y serán siempre el amor de Dios hecho carne para él.
Recuerdo una imagen de Ben, en un verano brillante, junto a Ryan, con los brazos estirados hacia el cielo azul, como si quisieran alcanzar la misma inmensidad que tanto le fascinaba. Ben era un chico que amaba los aviones, que soñaba con su 'Con Chim Airlines'. Él entendía, con esa mente brillante y curiosa, que para volar se necesita una estructura, pero también se necesita soltar la tierra. Él era un niño que, ante el dolor de su tío, sin que nadie se lo pidiera, quiso ofrecer todo lo que tenía en su alcancía. No importaba el dinero. Lo que importaba era la generosidad de un corazón que no conocía el cálculo. Ese es el fruto que Dios buscaba en la viña de su vida: un amor que se entrega, un amor que no se guarda nada.
Jesús nos habla hoy de la piedra que los constructores rechazaron, la cual se convirtió en la piedra angular. A veces, el dolor es esa piedra que nos parece inútil, que nos parece un error de construcción. Nos preguntamos cómo algo tan duro, tan pesado, puede ser el cimiento de algo bueno. Pero es ahí, en la herida, donde Dios construye su Reino. Es ahí, en la pérdida de Ben, donde el amor de Dios se hace más presente, no como una explicación, sino como una compañía. Él no está lejos. Él está en la comunión de los santos, en ese 'Banquet of Heaven' donde ahora Ben descansa, donde su curiosidad infinita finalmente ha encontrado la respuesta a todos los misterios del universo.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa luz aquí en la tierra. Sé que a veces sientes que falta el copiloto en la cabina de tu vida. Pero Ben no se ha ido de tu historia. Él es parte de tu fuerza. Cada vez que eres valiente, cada vez que compartes esa sonrisa que heredaste de tu familia, estás manteniendo viva la esencia de tu hermano. No tengas miedo de ser feliz. La felicidad no es una traición a su memoria; es el fruto más hermoso que Ben puede ver desde la luz. Él te acompaña, te cuida, te espera. Y tú, Alan y Thao, no carguen con el peso de la pregunta '¿por qué?'. La viña es del Señor. Él conoce cada piedra, cada espina, cada lágrima. Él las recoge todas, como perlas, y las guarda en su corazón. Ustedes no fallaron. Ustedes amaron, y ese amor es eterno.
Les pido hoy que, al salir de aquí, no busquen resolver el misterio de la vida. Solo les pido un pequeño gesto: busquen una forma de ser 'niños' ante Dios. Quizás sea simplemente decir: 'Señor, no entiendo, pero confío en ti'. O quizás sea hacer un pequeño favor a alguien, sin esperar nada a cambio, solo por amor, como Ben lo hacía. Al hacerlo, verán que el amor es más fuerte que la muerte, que el cielo no es un lugar lejano, sino una realidad que se hace presente en cada acto de caridad. La Virgen María, que estuvo al pie de la cruz y vio a su Hijo entregarse por nosotros, sabe mejor que nadie lo que es el dolor de una madre y de un padre. Ella los sostiene. Ella los cubre con su manto. No tengan miedo de llorar, pero tampoco tengan miedo de esperar. Porque llegará el día en que, bajo el cielo abierto, se volverán a encontrar para siempre. Y en ese encuentro, no habrá más preguntas, solo la plenitud de un abrazo que durará toda la eternidad. Mientras tanto, sigan adelante. Sigan siendo la familia que Ben amó. Él está bien. Él es feliz. Y él, desde la luz, los espera con esa sonrisa que nunca se apagó, con esa curiosidad que ahora conoce todos los secretos del cielo. Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga, los proteja de todo mal y los lleve a la vida eterna. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.