En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos espera con el corazón abierto, estén siempre con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
Hay un momento en el silencio de la madrugada, cuando la casa descansa y la luz aún no se atreve a entrar por la ventana, en que el mundo se detiene por completo. En ese instante exacto, la memoria no pide permiso; simplemente llega. Y trae consigo la imagen de unas zapatillas de deporte abandonadas junto a la puerta, o el eco lejano de una risa infantil que llenaba cada rincón del pasillo. No son grandes discursos ni teorías complejas sobre la eternidad. Son pequeños detalles, casi invisibles para cualquiera que mire desde afuera, pero que para un padre, para una madre, para un hermano, lo son absolutamente todo. Son la prueba palpable de que alguien a quien amamos con el alma estuvo aquí, dejó huellas profundas y transformó nuestra manera de entender el tiempo y el amor.
Hoy, la primera lectura del libro de la Sabiduría nos regala una imagen bellísima que parece escrita exactamente para este momento de nuestras vidas. Nos habla de la sabiduría como algo resplandeciente, que no se marchita, y dice algo que nos desarma por completo: «Ella se deja ver por los que la aman y se deja encontrar por los que la buscan». No es un objeto distante que hay que conquistar con nuestras propias fuerzas. Es Alguien que se adelanta. Dice el texto sagrado que la sabiduría «se apresura a darse a conocer a los que la desean». Y añade una promesa que hoy suena como un bálsamo suave en medio de la fatiga: «Quien madruga por ella no se cansará, pues la encontrará sentada a su puerta». Sentada a la puerta. Como alguien que espera pacientemente la llegada de los suyos, sin prisa, con una acogida infinita y silenciosa.
Piensen en esa espera. Piensen en la manera en que un chico como nuestro querido Benjamin Vo entendía el mundo y sus conexiones. Ben no era solo un joven de una inteligencia extraordinaria, capaz de descifrar la lógica de los sistemas, de sumergirse en la tecnología con la misma naturalidad con la que otros leen un cuento, o de sonreír al hablar de su imaginaria y entrañable «Con Chim Airlines». Era, sobre todo, un muchacho de un corazón inmenso y una delicadeza conmovedora. ¿Cómo olvidar ese destello de pura nobleza cuando, con apenas quince años, le dijo a sus padres que quería entregar todos los ahorros de su alcancía para ayudar a su tío que sufría? No la rompió, no la vació de manera estrepitosa; simplemente la ofreció. Puso todo lo que tenía sobre la mesa con una generosidad desarmante, un gesto puro que revela un alma que ya sabía que el verdadero tesoro no se guarda en monedas, sino en la entrega.
Y sin embargo, hoy nos duele la ausencia. Han pasado ya cuatro meses desde que Benjamin regresó a la casa del Padre. Cuatro meses desde aquel 13 de junio de 2026 en que su lucha contra la leucemia llegó a su término terrenal. Sé que para ustedes, Alan y Thao, y para ti, querido Ryan, el vacío no es una idea abstracta. Está en la silla que falta, en el silencio que a veces pesa demasiado, en el recuerdo de su voz saludando cada mañana con una constancia que nunca fallaba. Ese dolor es real, es legítimo, y a veces la mente, en la soledad de la noche, busca desesperadamente un porqué, un rincón donde cargar culpas que nunca les pertenecieron.
Quiero detener un momento mis palabras aquí, con toda la suavidad y el respeto del mundo, para hablarles de algo que muchas familias cargan en secreto. A veces, en el silencio del duelo, el cansancio y el amor profundo hacen que se pregunten si faltó algo, si se les escapó una señal, si la vigilancia pudo haber sido mayor. Les pido que escuchen esto con el corazón abierto y descansen: ustedes no fallaron. La enfermedad que nos arrebató a Ben no fue un examen que ustedes reprobaron. El amor de un padre y una madre no es un sistema que pueda fallar por descuido. Ustedes fueron el hogar, el puerto seguro, el abrazo constante que Ben conoció. Dios no los acusa, y les ruego que ustedes tampoco se acusen. Hay dolores que llegan como tormentas repentinas, fuera de todo control humano, y ninguna atención del mundo habría podido alterar este misterio. Dios no envía el sufrimiento; Dios abraza el dolor. Y hoy, él los abraza a ustedes a través de cada recuerdo luminoso de su hijo.
Miren ahora el Evangelio que acabamos de escuchar. Jesús nos cuenta la parábola de las diez jóvenes que salen al encuentro del esposo. Cinco eran necias y cinco eran prudentes. Las prudentes tomaron aceite en sus alcuzas junto con sus lámparas. Pero el esposo tardaba. Todas se adormecieron y se durmieron. Y a la medianoche se oyó un grito: «¡Ya viene el esposo! Salgan a su encuentro». El texto dice que las lámparas de las necias se apagaban porque no tenían reserva, mientras que las de las prudentes seguían ardiendo en la oscuridad de la noche.
Esa medianoche de la que habla Jesús nos resulta extrañamente familiar. Es el momento en que la vida nos pide esperar cuando ya no quedan fuerzas, cuando la oscuridad parece espesa y el esposo tarda en llegar. Pero fíjense bien en lo que sostiene a las jóvenes prudentes: no es su propia autosuficiencia, sino el aceite que han guardado, la preparación silenciosa del corazón. Benjamin vivió con su lámpara encendida. Su curiosidad, su bondad, ese amor espontáneo que brotaba de él sin calcular, eran el aceite de una vida entregada a Dios. Él no tuvo miedo de ofrecer lo que era. Y hoy, al otro lado de la puerta, Él ya ha entrado al banquete.
San Pablo, en la carta a los Tesalonicenses que hoy nos acompaña, nos dice algo fundamental para que no nos falte la esperanza: «Hermanos, no queremos que estén en la ignorancia acerca de los difuntos, para que no se entristezcan como los demás, que no tienen esperanza. Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él». Pablo no nos pide que no lloremos; el llanto es el precio inevitable de haber amado tanto. Lo que nos pide es que no lloremos *como los que no tienen esperanza*.
Ben está bien. Él está en esa luz que no conoce ocaso, compartido con almas jóvenes y luminosas como la de San Carlo Acutis, contemplando la belleza definitiva de los misterios que aquí intuyó con su brillantez. Él ya no necesita lámparas porque camina en la claridad del rostro de Dios.
Ryan, hermano querido, sé que a veces miras a tu lado y extrañas al compañero de tantas aventuras, de los sueños compartidos y de las risas cómplices. Pero tu hermano vive en ti. Vive en cada paso que das, en cada recuerdo de una montaña rusa o de una tarde en familia, en la bondad que tú mismo decides regalar al mundo. No temas vivir con plenitud. Tu hermano te mira desde el cielo con una sonrisa, y su mayor alegría será verte caminar con valentía, sabiendo que el amor entre hermanos nunca muere, porque está sellado en la eternidad.
Que la memoria de Benjamin sea siempre esa puerta abierta de la que nos habla el libro de la Sabiduría. Cuando sientan sed, recuerden que el pozo de agua limpia que hoy lleva su nombre en tierras lejanas sigue calmando la sed de los humildes, haciendo que la vida de Ben siga fluyendo como un río que da frutos. Que la Virgen María, que estuvo de pie junto a la cruz con el corazón traspasado, los cubra hoy con su manto, les devuelva la paz y mantenga encendida, en medio de toda noche oscura, la pequeña lámpara de su esperanza. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde en su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.