En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos fortalece en toda circunstancia, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, la vida nos parece un mapa complejo de rutas, conexiones y sistemas. Todos hemos visto esa imagen de Ben: sentado en la cabina de un avión, con una concentración absoluta, las manos sobre los controles, imaginando el vuelo, sintiendo el peso y la responsabilidad de la aeronave. Era un chico que encontraba belleza en la precisión. Entendía que, para que un sistema funcione, cada componente debe estar en su lugar, cada línea de código debe tener sentido, cada pieza debe encajar. Para Ben, el mundo era una gran infraestructura que pedía ser comprendida, explorada y, sobre todo, compartida con quienes amaba. Él vivía con esa curiosidad brillante, esa que lo llevaba a mirar hacia el cielo no solo para ver qué pasaba, sino para entender cómo funcionaba el vuelo mismo.
Sin embargo, hoy el Evangelio nos coloca frente a una pregunta que parece desarmar toda nuestra lógica humana: 'Si no han sido fieles en la riqueza injusta, ¿quién les confiará la verdadera?'. Jesús nos habla de una confianza que trasciende los números, los ahorros o el éxito de nuestros proyectos. Nos habla de la fidelidad en las cosas pequeñas. Y aquí, en la quietud de nuestra memoria, me detengo en la figura de Ben. Él no solo era el chico de la tecnología, el que soñaba con su 'Con Chim Airlines'. Era, sobre todo, el chico que, en la sencillez de su corazón, fue capaz de ver el dolor de su tío y ofrecer todo lo que tenía en su pequeña alcancía. No la rompió. No la vació. Simplemente la ofreció. Ese gesto, pequeño a los ojos del mundo, fue un acto de una fidelidad inmensa ante los ojos de Dios. Fue la prueba de que su corazón ya estaba alineado con el Reino, donde lo que importa no es cuánto poseemos, sino cuánto estamos dispuestos a dar.
Sé que para ustedes, Alan y Thao, y para ti, querido Ryan, estos cuatro meses desde que Ben regresó a la casa del Padre han sido un tiempo de un silencio que a veces se siente como una tormenta. La ausencia de Ben no es una teoría; es el espacio vacío en la mesa, es el recuerdo de sus 'buenos días' infalibles, es la falta de esas historias inventadas que él escuchaba con tanta atención, como si fueran las crónicas más importantes del mundo. Ese vacío duele. Y en el dolor, a veces, la mente se vuelve una trampa. Se preguntan si hubo algo que pudieron haber hecho mejor, si se les escapó un detalle, si la vigilancia fue suficiente. Les pido, por favor, que escuchen esto como si fuera un susurro del mismo Dios: ustedes no fallaron. La enfermedad no fue un examen que ustedes reprobaron. Ustedes fueron el hogar, el puerto seguro, el amor incondicional que Ben conoció. Dios no los acusa, y les pido que ustedes tampoco se acusen. No se culpen de no haber sido Dios. Ustedes fueron sus padres, y en ese amor, Ben encontró todo lo que necesitaba para caminar hacia el Padre con confianza. Algunos dolores, como las tormentas, simplemente llegan, fuera de todo control humano, y ninguna vigilancia podría haber cambiado el curso de este misterio. Dios no envía el sufrimiento, pero él sí abraza el dolor. Y hoy, él los abraza a ustedes a través de cada recuerdo de Ben.
San Pablo nos dice hoy algo extraordinario: 'Todo lo puedo en aquel que me conforta'. Pablo, que conocía la cárcel, el hambre y la abundancia, no hablaba desde una teoría. Hablaba desde la experiencia de estar sostenido por alguien más grande que sus circunstancias. Ben vivió esto. Él no fue solo un chico brillante; fue un chico que aprendió a confiar. Y hoy, él ya no necesita de la fe, porque él ve. Él está en el banquete. Él está en esa luz que no tiene ocaso, donde su mente brillante finalmente comprende los misterios que aquí solo podía intuir. Él está con San Carlo Acutis, compartiendo esa misma juventud, esa misma chispa que fue entregada antes de que el sol se pusiera. Y si ellos están ahí, en la presencia del Señor, entonces ellos son los que, desde la eternidad, nos están sosteniendo a nosotros.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de una parte muy especial de la historia de Ben. Sé que a veces el mundo se siente más silencioso, más gris. Pero Ben vive en ti. Vive en cada recuerdo, en cada vez que compartes una historia, en cada vez que decides ser amable con alguien, en cada vez que te levantas y buscas tus propios sueños. No temas vivir. No temas reír. La vida de Ben no se detuvo el 13 de junio; se transformó. Y esa vida sigue dando frutos, como el agua de ese pozo en Vietnam que lleva su nombre, calmando la sed de los que sufren, recordando al mundo que una vida entregada, por breve que parezca a nuestros ojos, es un río que nunca se seca. Tu hermano te mira desde el cielo, y su mayor alegría será verte volar alto, verte ser feliz, verte vivir con la misma curiosidad y el mismo corazón bondadoso que él tuvo.
No intenten cargar con el mañana. El dolor es un visitante que llega sin avisar, pero la gracia de Dios también llega en cada momento. Sean pacientes con su propio duelo. Perdonen sus propias debilidades, descansen en la misericordia del Padre, y dejen que la paz de Cristo habite en su hogar. Que la Virgen María, que estuvo de pie junto a la cruz y sabe lo que es mirar al cielo con el corazón partido, los cubra con su manto. Ella conoce el camino del dolor hacia la gloria. Ella los sostiene hoy. No están solos. Ustedes son parte de esa gran multitud que, aunque hoy camina entre lágrimas, está destinada a encontrarse en la luz que no tiene ocaso. Que la memoria de Benjamin sea siempre una invitación a mirar hacia arriba, hacia el cielo, donde él ya nos espera, sonriendo, como siempre lo hizo, con esa paz que nosotros, algún día, también compartiremos. La invitación al banquete sigue en pie, y un día, todos nos sentaremos juntos a la mesa, donde no habrá más llanto, y donde el abrazo de Ben será, por fin, el comienzo de un reencuentro que no tendrá fin. Dios ha prometido suplir todo lo que necesiten, conforme a sus riquezas en Cristo Jesús. Confíen en esa promesa hoy. Sigan adelante, paso a paso, sabiendo que cada paso está marcado por el amor de Dios que nunca, jamás, los abandonará.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, les muestre su rostro y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.