En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, que nos sostiene en cada paso de nuestro camino, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
A veces, la vida nos presenta situaciones que parecen un acertijo sin solución. Imaginamos a ese amigo del Evangelio de hoy, golpeando una puerta en plena medianoche, buscando pan para un viajero que ha llegado a su casa. Es una imagen tan humana, tan cargada de urgencia. No es una petición elegante; es una súplica que nace de la necesidad de cumplir con el deber sagrado de la hospitalidad. 'Tengo hambre, mi invitado tiene hambre, y mi despensa está vacía'. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado frente a esa puerta cerrada, golpeando con el alma cansada, pidiendo solo un poco de paz, un poco de luz, un poco de sentido ante lo que no comprendemos?
Jesús nos dice que la puerta se abrirá, no solo por la amistad, sino por la insistencia. Y luego, rompe el molde de nuestra lógica humana con una comparación preciosa: '¿Qué padre entre ustedes, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente?'. Es una pregunta que nos obliga a mirar al Padre celestial con ojos nuevos. Si nosotros, que somos limitados y a veces torpes en nuestro amor, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, ¿cómo no va a darnos Dios lo que realmente necesitamos?
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un joven que entendía el valor de la búsqueda. Su mente brillante, esa que navegaba por las complejidades de la infraestructura digital y los sistemas de nube con la misma facilidad con la que otros leen un cuento, siempre estaba buscando. Él era un explorador, alguien que no se conformaba con la superficie. Recuerdo la imagen de Ben, de pie en un espacio abierto, con los brazos extendidos como si estuviera a punto de alzar el vuelo, capturando la inmensidad del cielo. Él tenía esa mirada de quien sabe que el mundo es grande, que los horizontes son infinitos y que siempre hay algo más allá, algo que merece ser descubierto.
Esa curiosidad de Ben, ese deseo de entender cómo funcionaban las cosas —desde la mecánica de un Boeing 737 hasta la lógica de un programa de computadora— era un reflejo de su alma. Él amaba la vida con una intensidad que se traducía en alegría. ¿Recuerdan esa sonrisa suya? No era una sonrisa pequeña; era una sonrisa que iluminaba las fotos familiares, que acompañaba sus juegos, que estaba presente incluso cuando intentaba probar algo nuevo, como aquella vez que, a pesar de las advertencias, quiso probar la comida picante en Bangkok y terminó llorando y riendo al mismo tiempo. Ben era un chico que se atrevía, que no tenía miedo de intentar, que encontraba belleza incluso en los momentos de ardor.
Alan, Thao, Ryan… sé que han pasado tres meses desde que Ben fue llamado a la casa del Padre. Sé que el silencio en casa puede sentirse a veces como una puerta cerrada en plena noche. Sé que hay días en los que la oración parece un golpe contra la madera, un intento de encontrar una respuesta que parece no llegar. Pero escuchen bien la promesa de Jesús: 'El que pide, recibe; el que busca, encuentra; al que llama, se le abre'. Dios no está detrás de una puerta cerrada negándose a escucharles. Dios es la casa misma. Dios es el anfitrión que ya ha preparado el banquete para Ben.
Ustedes han sido para Ben lo que el Padre celestial es para nosotros: el amor que cuida, el amor que protege, el amor que siempre está ahí. Ese amor no se ha perdido. No se ha disipado. Sigue vivo en la forma en que ustedes cuidan el uno del otro, en la forma en que Ryan sigue creciendo, en la forma en que mantienen viva la memoria de Ben no como un objeto del pasado, sino como una presencia que los acompaña. Cuando sientan que la carga es pesada, recuerden que Ben, con esa misma curiosidad que lo definía, ahora está descubriendo los secretos del cielo. Él, que tanto amaba la aviación, ahora vuela en la libertad plena de los hijos de Dios. Él no está lejos; está en el corazón de la Trinidad, intercediendo por ustedes.
Quiero hablarles a todos los que hoy cargan con una ausencia, a todos los padres y hermanos que sienten que el mundo ha cambiado de color. La lectura de san Pablo a los Gálatas nos recuerda que nuestra relación con Dios no se basa en cumplir leyes o en una lista de tareas, sino en la fe, en la escucha de la Palabra, en el Espíritu que se nos ha dado. No intenten 'ganarse' la paz a través de la lógica o de encontrar explicaciones que no existen. La paz es un regalo. Es el Espíritu Santo que Dios nos da cuando se lo pedimos. Es el regalo que se nos entrega cuando, en medio de nuestra fragilidad, nos atrevemos a decir: 'Padre, confío en ti'.
Ben tenía esa capacidad de ofrecer lo que tenía, incluso cuando el ofrecimiento mismo era lo que importaba. Como cuando quiso entregar su alcancía para ayudar a su tío. No importaba el monto, no importaba la transacción; lo que importaba era la disposición de un corazón que, ante la necesidad de otro, no podía quedarse de brazos cruzados. Ese es el espíritu de Ben: un espíritu generoso, un espíritu que se dona. Ese espíritu sigue trabajando en ustedes y a través de ustedes. Cada vez que actúan con bondad, cada vez que comparten una sonrisa, cada vez que se consuelan mutuamente, están permitiendo que el amor de Ben circule en este mundo.
La Virgen María, que estuvo al pie de la cruz, sabe lo que es ver partir a un hijo. Ella no se convirtió en una mujer amargada; se convirtió en la Madre de la Esperanza. Ella los sostiene hoy. Ella les toma de la mano y los invita a entrar en la casa del Padre, donde no hay puertas cerradas. No tengan miedo de llorar, pero tampoco tengan miedo de seguir viviendo. La vida de Ben fue un regalo precioso, y ese regalo no termina con su partida; se transforma en una luz que guía sus pasos.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa luz. Sigue soñando, sigue aprendiendo, sigue siendo ese joven brillante y curioso que eres. Ben está orgulloso de ti. Él sigue siendo tu hermano, tu copiloto en la vida. Nunca dejes de buscar, de preguntar, de explorar. La vida es un viaje que merece ser vivido con la misma valentía con la que Ben vivía la suya.
Al salir de aquí, les pido un pequeño gesto: no busquen resolver el misterio de la vida hoy. Solo pidan la gracia de ser 'hijos' ante Dios. Quizás sea simplemente decir: 'Padre, confío en que me amas'. O quizás sea hacer un pequeño favor a alguien, sin esperar nada a cambio, solo por amor, como Ben lo hacía. Al hacerlo, verán que el amor es más fuerte que la muerte, y que el cielo no es un lugar lejano, sino una realidad que se hace presente cada vez que nos inclinamos para orar. Que el Señor los bendiga, que su luz ilumine sus noches, y que la paz de Cristo, que sobrepasa todo entendimiento, los guarde en su amor hoy y siempre. Ben está bien. Él es feliz. Y él, desde la luz, los espera con esa sonrisa que nunca se apagó.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor nos conceda la paz del corazón y la fuerza para caminar siempre en su luz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.