En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
A veces, cuando el sol se pone, la luz en una habitación cambia de tal manera que las cosas que siempre han estado ahí —los libros en el estante, los zapatos junto a la puerta, el teclado de una computadora— parecen cobrar una realidad distinta. Se vuelven más nítidas, más presentes, como si estuvieran esperando algo. En la lectura de hoy, San Pablo nos habla de un cambio de luz mucho más profundo. Nos dice que aquellos que estábamos lejos, 'sin esperanza y sin Dios en el mundo', hemos sido acercados. No por un esfuerzo propio, no por una estrategia, sino por la Sangre de Cristo. Él ha derribado el muro que nos dividía. Él es nuestra paz.
Piensen en esa imagen: el muro derribado. A menudo, el dolor que cargamos es un muro. Es una estructura pesada de preguntas, de 'por qués' que no tienen respuesta, de silencios que se sienten como una ausencia absoluta. Benjamin Vo, con esa mente brillante que Dios le dio, sabía bien lo que era construir estructuras. Entendía la lógica de los sistemas, la arquitectura de la nube, el diseño de un código que debe funcionar con precisión. Él era un joven que miraba el mundo y veía cómo encajaban las piezas. Pero, ¿saben qué es lo que más resplandece hoy en su memoria? No fue su capacidad técnica, sino su capacidad de ser 'puente'. Él era un chico que, con solo quince años, tenía la intuición de que nada de lo que tenemos nos pertenece realmente si no es para servir. Esa oferta de su alcancía para ayudar a su tío, ese gesto silencioso de un niño que quería entregar todo lo que tenía, nos dice que Ben ya vivía en la lógica del Reino de Dios. Él no estaba construyendo un muro alrededor de sus posesiones; estaba derribando el muro de la indiferencia con el martillo del amor.
Quiero hablarles con mucha honestidad a ustedes, Alan y Thao, y a ti, Ryan. Sé que han pasado cuatro meses, y que en esos cuatro meses, el dolor ha intentado erigir sus propios muros. Hay mañanas en las que el vacío de Ben se siente como una barrera infranqueable. Y en esos momentos, la mente, que busca lógica y orden, intenta buscar culpables. Se pregunta si algo se hizo mal, si hubo una señal que no se vio, si el destino pudo haber sido otro. Escuchen hoy la verdad que el Evangelio nos susurra: 'Gird your loins and light your lamps'. Jesús nos pide que estemos preparados, no para el juicio, sino para el encuentro. Y en ese encuentro, la primera palabra que Él nos dice es: 'No tengan miedo'.
Quiero arrancar de sus corazones, con la ternura de Dios, esa piedra pesada de la culpa. La enfermedad no es un castigo. No es el resultado de un error de cálculo. No es algo que ustedes pudieran haber previsto o evitado con más vigilancia. Dios no envía la enfermedad, ni la utiliza para probar a quienes Él ama. A veces, la vida simplemente nos presenta desafíos que están mucho más allá de todo control humano, misterios que no tienen una explicación técnica, como un código que no podemos depurar. Ustedes no fallaron. Ustedes amaron. Y ese amor, ese 'ser el mejor papá y la mejor mamá', es lo que permanece. Dios no les pide cuentas por lo que no pudieron cambiar; Él les abraza por cada momento en que estuvieron allí, por cada historia que compartieron, por cada sonrisa que Ben les regaló.
Ben amaba escuchar las historias de su papá. Él las escuchaba como si fueran la verdad más profunda del mundo, porque para él, el amor de su padre era su hogar. Pues bien, Dios los escucha a ustedes de la misma manera. Cada vez que le hablan a Ben en su oración, cada vez que recuerdan su risa o su sueño de crear 'Con Chim Airlines', Dios está allí, recibiendo esa historia. Él no es un juez distante; Él es el Padre que espera a sus hijos con la mesa puesta. Jesús nos dice en el Evangelio que, cuando el Maestro llega y encuentra a sus siervos vigilantes, Él mismo se ciñe la túnica, los hace recostarse a la mesa y se pone a servirles. ¿Pueden imaginarlo? El Dios del universo sirviendo a Benjamin, sirviéndolos a ustedes. Ese es el banquete donde Ben descansa ahora. Él no está en un lugar lejano; está en la presencia del que es la Paz.
Ryan, hermano, tú llevas dentro de ti la misma curiosidad y la misma luz. No temas vivir plenamente, no temas crear, no temas soñar. Tu hermano te mira desde la luz del Padre con un orgullo que no tiene límites. Él no es una ausencia; es una presencia que te empuja a seguir adelante, a ser tú mismo, a vivir con la misma alegría con la que él planeaba sus vuelos. La vida de Ben fue corta en años, pero inmensa en amor. Él nos enseñó que la verdadera 'arquitectura' de la vida no se mide en años, sino en la capacidad de entregarse.
Para todos los que hoy cargan con una cruz pesada, para los que se sienten lejos de Dios o perdidos en el dolor: la Sangre de Cristo ha derribado el muro. No están solos. Dios no los mira para juzgar sus heridas, sino para sanarlas. Entreguen hoy su cansancio, su culpa y sus preguntas a Aquel que ya ha vencido a la muerte. Ben, nuestro querido Benjamin, descansa en esa paz que el mundo no puede dar. Él sigue volando, sigue creando, sigue sonriendo en la eternidad. Y nosotros, aquí abajo, caminamos con la esperanza de que, al final de nuestra propia espera, seremos recibidos en ese mismo banquete, donde el Maestro nos servirá y donde, finalmente, nos reuniremos con todos los que hemos amado.
Que este día sea para ustedes un momento de paz. No intenten cargar el mañana. Solo vivan este día con la confianza de que Dios los sostiene, de que Ben está bien, y de que el amor es el único lenguaje que se habla en el cielo. Dejen que esa paz, que es la paz de Cristo, inunde su hogar. Y cuando sientan que el muro vuelve a levantarse, recuerden: ha sido derribado. Ya no hay más separación, solo la comunión eterna en el amor de Dios. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, que les muestre su rostro y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.