En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que llamó a sus amigos por su nombre, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
A veces, cuando pensamos en los Apóstoles, nuestra mente los imagina como figuras distantes, talladas en piedra o elevadas en vitrales, seres que parecen vivir en una esfera de santidad inalcanzable. Pero el Evangelio de hoy nos revela una realidad mucho más humana, mucho más cercana al suelo que pisamos. Jesús sube a la montaña para orar. Pasa la noche entera en diálogo con el Padre. Y cuando llega el día, llama a sus discípulos y, de entre ellos, elige a doce. Entre ellos están Simón y Judas, hombres cuyas vidas fueron transformadas no por su propia perfección, sino por la mirada de Aquel que los llamó por su nombre.
Imaginen esa escena en la ladera de la montaña. No es un evento solemne de grandes títulos; es un encuentro íntimo. Jesús elige a personas comunes, con temperamentos distintos, con historias diferentes, para construir sobre ellos una estructura que duraría siglos. San Pablo nos recuerda en la lectura a los Efesios: 'Ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios'. Esa es la promesa que nos sostiene hoy. No somos extraños ante el dolor, no somos huéspedes en el sufrimiento; somos miembros de una casa, la casa de Dios, donde cada vida tiene un lugar, una arquitectura, una razón de ser.
Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un joven que comprendía la belleza de las estructuras. Con esa mente brillante que Dios le regaló, él encontraba un orden fascinante en la lógica, en la arquitectura de los sistemas, en la fluidez de un código bien escrito. Él amaba la precisión, el cómo las cosas encajan, cómo se construye algo que funciona. Pero más allá de su intelecto, lo que definía a Ben era su capacidad de ser un 'ladrillo vivo' en la casa de Dios. Él tenía esa apertura, esa curiosidad que no solo buscaba entender el mundo, sino que buscaba conectar con los demás a través de la ternura. ¿Recuerdan esa chispa en sus ojos cuando hablaba de sus proyectos, cuando soñaba con su 'Con Chim Airlines'? Había en él una vocación de constructor, una invitación a elevarse, a mirar hacia el cielo, tal como los Apóstoles fueron llamados a mirar más allá de sus redes de pesca.
Quiero hablarles hoy, Alan, Thao, y a ti, Ryan, con una verdad que a veces nos cuesta aceptar en medio del duelo. San Pablo dice que nosotros estamos 'siempre creciendo para ser un templo santo en el Señor'. A veces, el crecimiento duele. A veces, la estructura de nuestra vida parece tambalearse cuando falta una pieza tan esencial como Ben. Sé que en estos meses, el vacío en la mesa, el silencio en la habitación, el recuerdo de sus manos ocupadas con un control o una pantalla, pueden hacerles sentir que el edificio de su familia ha quedado incompleto. Es natural sentir que el peso de la ausencia es una grieta que no se puede cerrar. Pero escuchen bien: ustedes no han sido abandonados por el Constructor. La vida de Ben no fue un error de arquitectura. Él fue, y sigue siendo, una parte fundamental de la obra que Dios está realizando en ustedes.
Quiero decirles algo que debe ser arrancado de su corazón hoy: la culpa. Ese susurro nocturno que les pregunta si pudieron haber hecho algo diferente, si la vigilancia fue suficiente, si se perdió alguna señal. Por favor, dejen caer esa piedra. Jesús, al elegir a sus Apóstoles, sabía exactamente quiénes eran. Él no buscaba la perfección humana, buscaba corazones disponibles. Ustedes no son responsables de los misterios de la vida y de la muerte que escapan a nuestro control. La enfermedad que se llevó a Ben no fue un castigo, ni una falta de cuidado, ni una omisión. Fue una tormenta que ningún amor humano, por más grande que fuera, pudo desviar. Ustedes fueron los padres que amaron, que cuidaron, que estuvieron ahí en cada despegue y en cada aterrizaje de su vida. Ustedes han sido, y siguen siendo, el hogar de Ben. No se acusen de no haber sido Dios. Ustedes fueron sus padres, y en ese amor, él conoció el rostro del Padre.
Jesús eligió a doce, y entre ellos estaba Judas, que se convirtió en traidor. ¿Por qué el Señor permite que en la historia de la salvación haya tanto dolor? Quizás para enseñarnos que el amor de Dios es más grande que cualquier traición, más grande que cualquier pérdida, más grande que cualquier final que nos parezca injusto. El amor de Dios sostiene la estructura incluso cuando nosotros sentimos que todo se desmorona. Ben, con su sonrisa, con su generosidad de querer ofrecer sus ahorros por su tío, nos enseñó que el valor de una vida no se mide por su duración en el tiempo, sino por la intensidad de su entrega. Él, al igual que los Apóstoles, fue llamado a una misión que no terminó en la tierra, sino que se ha extendido hacia la eternidad.
Ryan, hermano, tú eres el guardián de esa memoria. No temas ser tú mismo. No temas seguir soñando, construyendo, viviendo. A veces, cuando perdemos a alguien tan cercano, sentimos que debemos vivir a medias para no traicionar el dolor. Pero eso no es lo que Ben querría. Él querría verte volar. Él querría verte explorar, reír, aprender, seguir siendo ese hermano que compartía la nieve, los viajes y los sueños. Él te mira desde la presencia del Padre con un orgullo que no conoce límites. Él no es una ausencia; es una presencia que te empuja a seguir adelante. Él está en el banquete, donde el Maestro mismo, como dice el Evangelio, se ciñe la túnica y sirve a los suyos. Imaginen a Ben allí, sin el peso del sufrimiento, con esa sonrisa que iluminaba todo, descansando en la luz de Aquel que lo conoce por su nombre.
El Señor, cuando llamó a Simón y a Judas, les dio una misión: ser testigos. Ustedes, como familia, son testigos de una vida que fue un regalo de luz. Cada vez que actúan con bondad, cada vez que ayudan a alguien en su nombre, cada vez que respiran hondo y eligen seguir amando a pesar del dolor, están permitiendo que la vida de Ben siga fluyendo, como el agua de ese pozo que lleva su nombre y que calma la sed de los necesitados en Vietnam. Ese pozo es un símbolo de su vida: un lugar de donde mana vida para otros, un lugar que no se agota. Es la prueba de que el amor de Ben no fue una chispa que se apagó, sino una fuente que sigue dando de beber a los sedientos.
No intenten resolver todo el dolor de la vida en este día. No carguen con el peso del futuro. Solo vivan este momento. Sean amables con ustedes mismos. Perdonen sus propias fragilidades, porque Dios ya las ha perdonado. Entreguen a Dios la moneda de su dolor, y dejen que Él les devuelva la moneda de su paz. Ben está bien. Él está en casa. Y desde allí, sigue siendo el mismo chico curioso, el mismo hijo tierno que ama a su familia. Que la paz de Dios, que supera todo entendimiento, guarde sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús. No se miren a sí mismos a través de la lente de lo que se perdió, sino a través de la lente de la promesa. Dios no los ha dejado solos. Él está en el silencio, está en el recuerdo de la risa de Ben, está en cada acto de bondad que ustedes realizan en su nombre. Sigan adelante, amando, viviendo, esperando. Ese es el mejor homenaje que pueden rendir a la vida de Ben: vivirla con la misma intensidad y la misma ternura con la que él la vivió. Que el Señor los bendiga y los guarde, y que la luz de su rostro brille sobre ustedes, hoy y siempre. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor nos conceda la gracia de ser piedras vivas en su casa, unidos en el amor que no tiene fin. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.