En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre, quien sostiene cada instante de nuestra vida en sus manos, esté con todos ustedes.
Señor, que eres nuestra roca y nuestro refugio, ten piedad de nosotros. Cristo, que conoces el tiempo de cada lágrima y de cada risa, ten piedad de nosotros. Señor, que nos invitas a confiar en tu amor eterno, ten piedad de nosotros.
El libro del Eclesiastés nos presenta hoy una verdad que a veces nos resulta difícil de digerir, pero que es, en el fondo, una invitación a la paz. 'Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el cielo'. Un tiempo para nacer, un tiempo para morir, un tiempo para llorar y un tiempo para reír. Es una lista que parece marcar el ritmo de una danza que no elegimos, una coreografía que nos ha sido dada. Y hoy, al contemplar estas palabras, nuestros corazones se vuelven inevitablemente hacia Benjamin. Pensamos en su vida, en su sonrisa, en esa curiosidad brillante que lo llevaba a mirar el mundo como un sistema lleno de posibilidades, y nos preguntamos: ¿cómo encaja este tiempo, este tiempo de ausencia, en el diseño de Dios?
Ben era un joven que amaba la precisión. Ustedes lo saben mejor que nadie. Él no era alguien que se perdiera en la vaguedad; él buscaba la lógica, la estructura, la forma en que las piezas encajan para que un avión pudiera elevarse, para que un código pudiera ejecutarse con elegancia. Él encontraba una alegría pura, casi infantil, en esas cosas. Recuerdo la imagen de él, concentrado, con su teléfono frente a la ventanilla del avión, tratando de capturar un recuerdo, de guardar un instante de ese vuelo que tanto le apasionaba. Él quería entender cómo funcionaba el mundo. Y esa misma curiosidad, esa misma apertura, es la que hoy se nos pide a nosotros. Pero el Eclesiastés nos advierte: Dios ha puesto lo eterno en el corazón del hombre, 'sin que el hombre pueda descubrir la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin'. Es decir, hay un misterio que no podemos resolver con la lógica, ni con la técnica, ni con el deseo de controlar el resultado. Hay un misterio que solo podemos habitar con la confianza.
En el Evangelio, Jesús hace una pregunta que corta el aire: '¿Quién dice la gente que soy yo?'. Y luego, la pregunta más importante, la que nos hace a cada uno de nosotros en el silencio de nuestra propia vida: 'Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?'. Pedro responde: 'El Cristo de Dios'. Y en ese mismo instante, Jesús comienza a hablarles de algo que parece contradecir toda lógica humana: el Hijo del Hombre debe sufrir, ser rechazado, ser entregado. ¿No es esto un choque? Queremos un Mesías que construya, que levante, que ordene. Queremos un Dios que asegure que el vuelo siempre llegue a tiempo, que el sistema siempre sea estable. Pero Jesús nos muestra que el camino de la vida, el camino del amor, pasa inevitablemente por la entrega. Pasa por el momento de 'rendir', de 'rasgar', de 'soltar', como nos dice el Eclesiastés.
Alan, Thao, Ryan… sé que hay días en los que el peso de este tiempo se siente como una montaña. Sé que hay mañanas en las que el silencio de la casa parece un vacío que nada puede llenar. Sé que a veces, al despertar, la ausencia de Ben se siente como un error en el código, algo que no debería estar ahí. Pero quiero decirles algo: el amor no es un error. El amor de un padre por su hijo, el amor de un hermano por su hermano, es la única cosa en este mundo que es realmente eterna. Cuando Ben, a sus quince años, ofreció su alcancía para ayudar a su tío, no estaba haciendo un cálculo de pérdidas y ganancias. Estaba revelando la naturaleza de su corazón. Él ya entendía, con una madurez que nos sobrepasa, que lo que tenemos solo tiene valor cuando se entrega. Esa oferta, ese gesto de amor puro, no se perdió en el aire. Está guardado en el corazón de Dios. Y ese amor que ustedes le dieron, ese amor que lo rodeó en cada viaje, en cada risa, en cada 'buenos días' que él les regalaba, ese amor es lo que los mantiene unidos a él hoy. No están separados. Están unidos en el mismo amor de Cristo.
¿Por qué el Eclesiastés dice que hay un tiempo para cada cosa? Porque el tiempo es el lenguaje de Dios. Nosotros vivimos en el 'ahora', en el momento que nos duele, en el momento que nos falta. Pero Dios vive en el 'eterno'. Y Ben, nuestro querido Benjamin, ha cruzado ese umbral. Él ya no está sujeto al tiempo que pasa, al tiempo que se agota. Él está en el tiempo de la plenitud. Él está en el 'Banquet of Heaven', donde la curiosidad de su mente ha encontrado finalmente la respuesta a todas las preguntas, donde su sonrisa es, por fin, una alegría que nunca tendrá ocaso. Y desde allí, él sigue siendo Ben. Él sigue siendo el hijo que los ama, el hermano que cuida de Ryan, el joven que, con esa misma dulzura de siempre, les pide que no tengan miedo.
Sé que a veces se preguntan si hicieron lo suficiente, si pudieron haber visto algo más, si pudieron haber cambiado el rumbo. Por favor, dejen que esta Palabra de hoy les quite esa carga. Dios no envía el dolor como una prueba de su falta de cuidado. Dios no es un juez que busca errores en su amor. Al contrario, Dios es la Roca, como nos dice el salmista, en quien ustedes pueden refugiarse. Si el Señor es su roca, su fortaleza, su escudo, entonces no tienen que cargar con la culpa. El amor que entregaron fue perfecto, porque fue un amor entregado con todo lo que tenían. No se culpen por el misterio de la vida. No se culpen por no poder controlar lo que está fuera de toda mano humana. Ustedes fueron el hogar de Ben, su puerto seguro, su alegría. Y eso, ante los ojos de Dios, es un tesoro que brilla más que cualquier otra cosa en este mundo.
Ryan, hermano, sé que a veces te sientes como un viajero que ha perdido a su copiloto. Sé que el mundo se siente más silencioso sin Ben. Pero recuerda que Ben te dejó algo que nadie te puede quitar: su valentía para intentar, su capacidad para asombrarse, su corazón que siempre estaba dispuesto a dar. Sigue adelante. Sigue construyendo. Sigue soñando con esos proyectos que compartían. Cada vez que eres amable, cada vez que buscas la verdad, cada vez que eres esa persona maravillosa que eres, Ben vive a través de ti. Él es tu compañero de equipo en la fe, y él te anima a volar alto, a no tener miedo de ser tú mismo, a vivir con la misma intensidad y ternura con la que él vivió. No estás solo en la pista; tienes a tu hermano que te mira con orgullo y te guía hacia la luz.
El Eclesiastés dice que hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar. Hoy, quizás, es tiempo de hablarle a Dios. No con discursos complicados, sino con la sencillez de un niño. Dile: 'Señor, extraño a Ben. Señor, me duele este tiempo. Señor, ayúdame a confiar'. Y en ese hablar, dejen que el silencio de Dios los inunde. No es un silencio vacío; es un silencio lleno de presencia. Es el silencio de Jesús orando en soledad, el silencio de Jesús que sabe lo que es ser rechazado, el silencio de Jesús que, en la cruz, confió su espíritu al Padre.
Al salir de aquí, lleven algo pequeño con ustedes. No busquen resolver el misterio hoy. Solo busquen un pequeño gesto de amor en nombre de Ben. Quizás una palabra de aliento para alguien que se ve triste, una pequeña ayuda para alguien que necesita algo, un momento de atención real para alguien que se siente invisible. Hagan ese pequeño gesto y verán que el amor de Ben no es un recuerdo del pasado; es una fuerza que sigue trabajando en el presente. Es una luz que sigue encendida. Ustedes son una familia que ha amado bien, y ese amor es el puente que los une al cielo. Que la Virgen María, que también tuvo que aprender a soltar lo más preciado de su corazón para entregarlo al Padre, los cubra con su manto. Que ella les enseñe a confiar en que, en el tiempo de Dios, todo será sanado, todo será restaurado, y el abrazo que hoy extrañan será, al final, un abrazo que durará para siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, que ilumine su rostro sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.