En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz y el amor de nuestro Señor Jesucristo, quien por amor se entregó a sí mismo en la Cruz, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
A veces, la vida nos presenta una imagen que se queda grabada en la memoria, no por su grandiosidad, sino por su sencillez: un niño sentado en un parque, mirando con fascinación el cielo mientras un avión cruza las nubes, o quizás, ese momento en que un hermano mayor, con una sonrisa cómplice, le toca la mejilla al más pequeño para hacerlo reír. Son instantes que parecen suspendidos en el tiempo, protegidos de la prisa y de la dureza del mundo. Benjamin Vo era un muchacho que sabía habitar esos instantes. Él tenía esa capacidad, esa curiosidad brillante que lo llevaba a entender la lógica de los sistemas complejos, de los códigos de computación y de la infraestructura de las nubes, pero que nunca le impidió ver la belleza de lo cotidiano. Ben, con su mente analítica y su corazón de niño, nos enseñaba que el mundo es un lugar donde vale la pena asombrarse.
Sin embargo, hoy la liturgia nos coloca frente a una imagen que es, a primera vista, todo lo contrario al asombro: una serpiente de bronce montada en un poste. En el desierto, el pueblo de Israel, agotado por el viaje, cansado de la sed y de la incertidumbre, se volvió contra Dios. '¿Por qué nos han sacado de Egipto para morir aquí?', gritaban. Es el lenguaje del dolor, el lenguaje de quien se siente abandonado en medio de la nada. Y es, a menudo, el lenguaje que nuestro propio corazón utiliza cuando la tragedia golpea, cuando la ausencia se vuelve insoportable y el 'porqué' se convierte en un eco constante en las paredes de nuestra casa.
Sé que hay días, Alan, Thao, Ryan, en los que el peso de la ausencia de Ben se siente como ese desierto. El desierto es un lugar donde las distancias se alargan y donde el silencio puede volverse abrumador. Sé que hay noches en las que la mente, intentando protegerlos del dolor, los lleva a recorrer una y otra vez los últimos meses, revisando los detalles, buscando una respuesta, un error, una omisión. Se preguntan si pudieron haber hecho más, si el sistema falló, si algún detalle se les escapó. Escúchenme bien, porque esta es la verdad que la Cruz de Cristo viene a revelar hoy: ustedes no fallaron. Dios no les está pasando cuentas. La enfermedad que Benjamin enfrentó, esa batalla que él libró con tanta valentía, no fue un castigo, ni fue el resultado de una falta de cuidado. Ustedes fueron para él un refugio, un hogar, el amor hecho carne. No se acusen de lo que está más allá de la voluntad humana. Dios no envía el sufrimiento, pero en la Cruz, Él se hace presente en medio de él. Él no se queda mirando desde lejos; Él carga con el dolor, lo abraza y lo transforma.
Jesús nos dice en el Evangelio: 'Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre'. Esta es la clave de todo. ¿Por qué una serpiente? ¿Por qué un signo de lo que causaba la muerte se convierte en el signo de la salvación? Porque Dios no nos salva evitando el dolor, sino atravesándolo. La Cruz no es un símbolo de derrota; es la prueba de que no hay abismo, ni siquiera el de la muerte, donde el amor de Dios no pueda llegar. Ben, que ahora descansa en el 'Banquet of Heaven', no ha dejado de ser ese niño brillante y curioso. Él ha sido elevado, no a un poste de bronce, sino a la presencia misma del Padre, donde su mente y su corazón han sido perfeccionados. Él ya no conoce la enfermedad, ya no conoce la duda; él conoce la plenitud de la luz. Y desde esa luz, él los mira a ustedes, no con lástima, sino con el amor de un hermano y de un hijo que sabe que el reencuentro es seguro.
Ryan, sé que a veces te sientes como si estuvieras en una pista de aterrizaje, esperando un vuelo que parece retrasado. Pero recuerda que tu hermano mayor te ha dejado un mapa. Él te enseñó a ser valiente, a trabajar duro, a no tener miedo de intentar cosas nuevas, como cuando soñaba con su 'Con Chim Airlines'. No tengas miedo de seguir adelante. Tu vida, tu risa, tus sueños, son la continuación de la vida de Ben. Él vive en ti, en la forma en que cuidas de tus padres, en la forma en que recuerdas sus juegos y sus historias. Él no se ha ido a un lugar lejano; él es parte de tu cimiento, de la roca sobre la que estás construyendo tu propia historia.
Hay una memoria que me conmueve profundamente: ese ofrecimiento de Ben, a los doce años, de entregar su alcancía para ayudar a su tío William. Él no necesitaba romperla, ni hacer ruido. El simple hecho de ofrecer lo que tenía, de querer cargar con el dolor de otro, nos revela la estatura de su espíritu. Ben ya era un hombre de Dios en su generosidad. Y esa generosidad sigue dando frutos hoy. Ese pozo de agua, el 'Giếng Gioan Baotixita' en Cà Mau, es un signo de que su amor sigue fluyendo, sigue dando vida, sigue calmando la sed de los que sufren. Ben no ha dejado de ser un niño que da. Él sigue dando, a través de ustedes, a través de sus actos de caridad, a través de cada pequeña bondad que realizan en su nombre.
La Cruz, nuestra fe, nos enseña que el dolor no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el amor. 'Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único'. Ese es el secreto que Ben descubrió antes que nosotros. Él descubrió que el valor de una vida no se mide por su duración, sino por su intensidad, por la capacidad de amar y de ser amado. Ustedes le dieron a Ben un mundo lleno de amor, de viajes, de curiosidad, de familia. Y ese amor no se pierde. Se guarda en el corazón de Dios. Cuando sientan que la carga es demasiado pesada, miren a la Cruz. No para buscar respuestas lógicas, sino para encontrar consuelo. Miren a Jesús, que también perdió a un hijo, y miren a María, que estuvo al pie de la Cruz con el corazón traspasado, pero que nunca dejó de confiar.
Hoy, al salir de aquí, les pido una cosa sencilla. No busquen cambiar el mundo entero hoy, ni busquen la respuesta a todas sus preguntas. Simplemente, tengan un gesto de bondad, una palabra amable, un momento de paz, algo que Ben hubiera hecho. Háganlo en su nombre. Al hacerlo, verán que él está vivo, que él camina con ustedes, que él es el hermano que los acompaña en cada paso de este camino. No están solos. Tienen a la Iglesia, tienen a Dios, y tienen a Ben, que los espera con esa sonrisa que nunca se apaga. Sigan adelante, con la frente en alto. Sigan amando. El amor es lo único que nos llevamos, y es lo único que permanece cuando todo lo demás se desvanece. La paz de Cristo, que supera todo entendimiento, los guarde hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde; que haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.