En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
Cierren los ojos por un momento e imaginen la calidez de una cocina al final de la tarde. El sol se filtra por la ventana, el aroma del café o de un té recién servido llena el aire, y hay un silencio cómodo, ese silencio que solo existe entre personas que se conocen tan bien que no necesitan llenar el tiempo con palabras. En una mesa, hay dos hermanos. Ben, con esa mirada curiosa y brillante que siempre parecía estar analizando el mundo, y Ryan, a su lado, compartiendo ese momento de paz, una bebida, una pausa en el día. Es una imagen pequeña, cotidiana, pero en ella reside la esencia de lo que es la vida: no los grandes eventos que aparecen en los libros, sino la presencia, el estar ahí, el compartir el mismo espacio y el mismo aire.
Hoy, el Evangelio nos presenta una escena muy distinta, llena de ruido y de juicios. Los escribas y fariseos se acercan a Jesús con una queja: 'Los discípulos de Juan ayunan y oran, pero los tuyos comen y beben'. Ellos están obsesionados con la forma, con las reglas, con lo que 'debe ser' según la tradición. Están tan preocupados por el vino viejo y los odres viejos que no pueden ver que algo nuevo, algo radicalmente hermoso, está ocurriendo frente a sus ojos. Jesús les responde con una imagen que es un bálsamo para el corazón: '¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?'.
Jesús se identifica a sí mismo como el Novio. Él es la fiesta, la alegría, la razón por la cual la vida, a pesar de sus sombras, es un banquete. Pero luego, con una ternura que nos desarma, añade: 'Vendrán días en que el novio les será quitado'. Él sabe lo que es la ausencia. Él conoce el peso del vacío. Y precisamente ahí, en ese punto donde el novio ya no está visible, es donde el corazón se siente más vulnerable.
Han pasado dos meses desde aquel trece de junio. Para el mundo, es solo un dato en el calendario. Pero para ustedes, Alan, Thao, y para ti, Ryan, es un tiempo que se mide de otra forma: en latidos, en suspiros, en la memoria de una risa que ya no suena en el pasillo. La ausencia de Ben no es una teoría; es una silla vacía, es una habitación que guarda el eco de sus sueños, es el recuerdo de ese niño que, con apenas quince años, ya había recorrido el mundo, desde los grottoes de Lourdes hasta los aeropuertos donde compartía con su padre el ritual sagrado de observar los aviones. Ben era un muchacho que amaba la lógica y la precisión, pero sobre todo, amaba a su familia. ¿Recuerdan ese momento en que, con total sencillez, ofreció su alcancía para ayudar a su tío William? No importa que no fuera necesario el dinero; lo que importa es el movimiento de su corazón. Un niño que está dispuesto a entregar todo lo que tiene, simplemente porque ama, es un niño que ha comprendido el secreto del Reino de Dios mejor que los escribas de todos los tiempos.
Quiero decirles algo muy importante, algo que necesitan escuchar hoy, especialmente si en el silencio de la noche han sentido el peso de la duda o de la culpa. A veces, ante una pérdida tan inmensa, nuestra mente humana intenta buscar explicaciones, intenta encontrar un 'porqué' o un 'qué hubiera pasado si'. Es una carga pesada que nadie debería llevar. Escuchen esto con el corazón abierto: Dios no les pide cuentas de lo que no pudieron controlar. La enfermedad no es un castigo, ni es el resultado de una omisión, ni es culpa de quienes amaron con todo lo que tenían. Ustedes no fallaron. Ustedes fueron el puerto seguro de Ben, su alegría, su hogar, su 'cuatro perfecto'. No se acusen de lo que solo Dios conoce. Dios no acusa a quienes aman; Dios sostiene a quienes lloran.
En la primera lectura, San Pablo nos dice: 'No me preocupa en lo más mínimo ser juzgado por ustedes o por cualquier tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo'. ¡Qué libertad tan profunda! Pablo entiende que el único juicio que importa es el del Señor, aquel que traerá a la luz lo oculto y manifestará las intenciones de los corazones. Y en el corazón de Ben, lo que había era luz, era bondad, era esa curiosidad por el mundo y esa dulzura que lo hacía único. Él no necesita ser juzgado por este mundo; él ya está en el 'Banquet of Heaven', donde todas las preguntas encuentran respuesta y todas las heridas son sanadas.
Ryan, tu hermano mayor te mira desde la presencia de Aquel que conoce cada uno de tus pensamientos. Él no se ha ido de tu equipo; simplemente ha cambiado de posición. Cuando sientas que el camino es difícil, recuerda su lema: 'Esforzarse es lo único que importa'. No tengas miedo de vivir, de reír, de seguir explorando el mundo con la misma pasión que compartían. Ben está contigo, en el aire que respiras y en el amor que te une a tus padres.
El Evangelio nos habla de odres nuevos para vino nuevo. A veces, la vida nos obliga a cambiar de odres. Nos obliga a dejar atrás la forma en que vivíamos antes, el ritmo que teníamos, las certezas que nos daban seguridad. Es doloroso. Pero Jesús nos asegura que Él es quien nos da la fuerza para ser esos odres nuevos, capaces de contener la gracia de una vida que, aunque transformada, sigue siendo eterna. Dios no nos pide que olvidemos; nos pide que permitamos que su amor sea el vino nuevo que nos sostiene cuando el viejo se ha derramado.
¿Qué pueden llevarse hoy al salir por esa puerta? Les propongo algo pequeño, un gesto que Ben entendería perfectamente. Hoy, busquen un momento de silencio, solo un minuto, y miren al cielo, ese cielo que él tanto amaba observar. No pidan explicaciones, porque el amor de Dios no se explica, se vive. Simplemente digan: 'Señor, confío en ti. Gracias por el regalo de la vida de Ben'. Y luego, hagan un pequeño gesto de bondad, algo invisible, algo que nadie más tenga que saber, como aquel ofrecimiento de su alcancía. Quizás una palabra amable a alguien que está solo, o una ayuda silenciosa a quien lo necesita. Que la bondad de Ben siga fluyendo en el mundo a través de sus manos.
La salvación de los justos viene del Señor, y Él es su refugio en el tiempo de la angustia. Ben ya no conoce la angustia. Él está en la paz que nosotros, todavía en camino, buscamos cada día. Que su sonrisa, esa que recordamos con tanto cariño, sea la luz que los guíe en los días de sombra, hasta que el encuentro sea definitivo y la alegría, por fin, sea completa. Dios no los abandona. Él está con ustedes, en el llanto y en la esperanza, hoy y siempre.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga, los guarde en su paz y les conceda la fortaleza de su Espíritu. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.