En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos invita a caminar en la verdad, esté con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros por las veces que hemos juzgado sin mirar nuestra propia fragilidad. Cristo, ten piedad de nosotros por las veces que hemos olvidado correr con perseverancia hacia la meta. Señor, ten piedad de nosotros por las veces que hemos dudado de tu amor en medio de nuestras pruebas.
Imaginen por un momento una pista de atletismo al amanecer. El aire está fresco, el suelo todavía conserva el rocío de la noche, y el silencio es absoluto. Un corredor se prepara. No está allí para lucirse ante las gradas, ni para ganar una medalla que se oxidará con el paso de los años. Está allí porque ha descubierto que el verdadero premio no es el aplauso, sino la carrera misma, el acto de entregarse por completo a un propósito mayor. San Pablo, en su carta a los Corintios, nos invita hoy a mirar nuestra propia vida como esa carrera. Nos dice: 'Corran de manera que ganen el premio'. Y añade algo que nos desarma: 'Yo no corro sin un objetivo, no golpeo el aire como si estuviera boxeando'.
¿Cuántas veces sentimos que nuestra vida se ha vuelto exactamente eso: golpear el aire? Especialmente en estos meses, desde aquel 13 de junio en que Benjamin regresó a la casa del Padre, sé que muchos de ustedes se han sentido así. Como si estuvieran corriendo en la oscuridad, tratando de encontrar un sentido, una respuesta, un alivio que parece esquivo. El dolor, cuando es tan profundo, tiene una forma extraña de nublar la vista. Nos hace mirar hacia afuera, hacia los demás, buscando explicaciones, juzgando las circunstancias, o incluso cuestionando el porqué de nuestra propia cruz. Es en ese momento cuando el Evangelio de hoy nos detiene en seco. Jesús nos pregunta: '¿Cómo puedes decir a tu hermano: "Hermano, deja que te saque la paja que tienes en el ojo", si tú no ves la viga que tienes en el tuyo?'.
Esta imagen de la viga y la paja es una de las más incómodas que Jesús nos regala. No es una crítica para que nos sintamos culpables, sino una invitación a la honestidad radical. Cuando estamos atravesando un duelo, es natural que nuestra visión se estreche. Nos volvemos expertos en analizar el entorno, en buscar culpables, en cuestionar por qué a nosotros, por qué a Ben, por qué el camino fue tan corto. Pero Jesús, con esa ternura que solo Él posee, nos pide que bajemos la mirada de nuestras exigencias al mundo y la dirijamos hacia nuestro propio corazón. Él no nos pide que seamos perfectos. Nos pide que seamos sinceros. Nos pide que reconozcamos que, a veces, la 'viga' que nos impide ver con claridad es nuestro propio miedo, nuestra propia desesperación, nuestro deseo humano de controlar un misterio que pertenece solo a Dios.
Quiero hablarles directamente, especialmente a ti, Alan, a ti, Thao, y a ti, Ryan. Sé que el vacío que Ben ha dejado es inmenso. Sé que a veces la mente, en su intento de protegerlos, los lleva a recorrer una y otra vez cada momento, cada decisión, cada día de su vida, preguntándose si hubo algo que pudieron cambiar. Quiero decirles algo con toda la fuerza del Evangelio: Dios no los acusa. Dios no está buscando errores en su cuidado hacia Benjamin. La enfermedad que le tocó vivir no fue el resultado de nada que ustedes hicieran o dejaran de hacer. Ustedes fueron para Ben un refugio de amor puro. Si él fue un niño que amaba, que soñaba con su 'Con Chim Airlines', que tenía esa mente brillante y esa curiosidad infinita por el mundo, fue porque ustedes le dieron el suelo fértil donde esa semilla pudo florecer. No se carguen con una culpa que no les pertenece. El amor que le dieron no se perdió; se transformó. Y en ese amor, Ben sigue siendo, en la eternidad, el mismo hijo que los miraba con orgullo y gratitud.
Ben era un corredor en la pista de la vida. Él no corría para impresionar, sino para vivir. Recuerdo esa imagen de él con su sonrisa brillante, quizás en aquel viaje donde tomaba el cielo con sus manos desde lo alto de una ciudad, o cuando con tanta sencillez, sin buscar reconocimiento alguno, ofreció su alcancía para ayudar a su tío. Ese es el Ben que vive en el 'Banquet of Heaven'. Él no corría sin un objetivo. Su objetivo era el amor. Y ahora, él ha llegado a la meta antes que nosotros. Él no está sufriendo, no está limitado, no está confundido. Él ve a Dios cara a cara. Y desde esa luz, él los mira a ustedes, a su familia, con el mismo amor con el que los miraba cuando compartían una tarde de 'airport spotting' o cuando reían juntos por una travesura. Él los anima a seguir corriendo, no con la carga de la tristeza, sino con la esperanza del reencuentro.
San Pablo nos dice que el atleta se disciplina en todo. ¿Cuál es nuestra disciplina hoy? Nuestra disciplina es la oración. Es aprender a ver a Dios en el silencio, incluso cuando el silencio duele. Es aprender a confiar cuando no entendemos. Cuando Jesús nos manda a sacar la viga de nuestro ojo, nos está diciendo: 'Hijos, dejen de intentar entenderlo todo con la lógica del mundo. Empiecen a verlo todo con la lógica del Cielo'. La viga es nuestra necesidad de respuestas inmediatas. La paja es el dolor que vemos en los demás. Si nos enfocamos en sacar la viga —es decir, en rendir nuestro control ante Dios—, entonces, y solo entonces, podremos ver claramente la paja en el ojo de nuestro hermano. Podremos ver el dolor de los demás y consolarlos. Podremos ver la necesidad del mundo y servirle, como lo hizo Ben con su generosidad silenciosa.
Ryan, sé que a veces el camino se siente solitario. Pero recuerda que tu hermano mayor sigue estando en tu equipo. Él no se ha ido a un lugar lejano; ha cruzado la meta y ahora te espera al otro lado. Sigue sus pasos en la bondad, en la curiosidad, en el esfuerzo. No tengas miedo de ser quien eres, de perseguir tus sueños, de hablar de él con una sonrisa. Él vive en cada recuerdo, en cada avión que surca el cielo, en cada gesto de bondad que tú tengas con los demás. Tu vida es la continuación de su carrera. Corran juntos, en espíritu, hacia ese premio que es la vida eterna.
El Evangelio termina con una promesa: 'Entonces verás claramente para sacar la paja del ojo de tu hermano'. Cuando nos dejamos sanar por Cristo, cuando dejamos que Él quite la viga de nuestra ceguera, nuestra mirada cambia. Ya no vemos solo la pérdida; empezamos a ver la presencia. Empezamos a ver a Dios en el abrazo de un amigo, en el agua que calma la sed de un necesitado —como ese pozo en Cà Mau que lleva el nombre de Ben—, en el consuelo que nos llega cuando menos lo esperamos. La vida de Ben, aunque breve en años, ha sido una carrera ganadora, porque ha sido una vida entregada. Él no golpeó el aire; él amó. Y el amor nunca muere.
Al salir hoy, les pido que se lleven una sola cosa: un pequeño acto de amor realizado en nombre de Ben. No tiene que ser algo grande. Una palabra amable, un momento de paciencia, una oración por alguien que sufre. Hagan ese gesto y digan en su corazón: 'Esto es por ti, Ben'. Al hacerlo, descubrirán que él no está ausente; él está trabajando a través de ustedes. La carrera continúa. Dios no nos pide que seamos perfectos, nos pide que seamos suyos. Que la Virgen María, que también corrió su propia carrera bajo el pie de la cruz, los sostenga hoy. Ella sabe lo que es ver partir a un hijo. Ella los abraza y les susurra que no están solos. Sigan adelante, con la frente en alto, sabiendo que el amor de Dios es más fuerte que cualquier viga, que cualquier dolor, y que el premio que nos espera es la alegría que nunca termina. Ben ya está allí, esperándolos. Sigan corriendo. Sigan amando.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga, los guarde en su paz y les conceda la fortaleza para caminar siempre en su luz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.