En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo, que nos conoce por nuestro nombre, estén con todos ustedes.
Señor, ten piedad de nosotros. Cristo, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
Cierren los ojos un momento. Imaginen una mesa, un lugar de encuentro donde, a veces, la comida que se sirve es más que alimento; es un símbolo de lo que creemos, de cómo nos relacionamos con los demás, de quiénes somos ante Dios. San Pablo, en la primera lectura de hoy, nos habla de algo que parece muy lejano: la carne sacrificada a los ídolos. Nos habla de la diferencia entre el conocimiento que infla y el amor que construye. Pablo nos dice: 'Si uno ama a Dios, es conocido por él'.
Deténganse ahí. 'Es conocido por él'. No es que nosotros tengamos que demostrar quiénes somos, ni que tengamos que descifrar todos los misterios del universo con nuestra inteligencia, por más brillante que sea. Se trata de ser conocidos, de ser vistos, de ser amados por el Padre que nos formó en el seno materno. Es una verdad que golpea el corazón, especialmente cuando nos sentimos solos. Es una verdad que Benjamin Vo conocía bien, no desde la teoría, sino desde la sencillez de su vida. Ben, con esa mente brillante que lo llevaba a explorar la tecnología, los códigos, la complejidad de las redes, nunca perdió la capacidad de ser un alma tierna. Él sabía, en lo profundo de su ser, que su valor no residía en lo que podía construir o en lo que podía entender, sino en el hecho de que Dios lo conocía y lo amaba.
Hoy, al cumplirse dos meses de su partida, sé que el peso de la ausencia es real. Sé que a veces el silencio en casa es ensordecedor. Sé que hay noches en las que la mente se pierde buscando razones, analizando cada detalle, como si hubiera un código que descifrar para entender por qué el camino fue tan corto. Pero escúchenme bien: la vida de Ben no fue un error, no fue un fallo en el sistema. Fue un regalo, un paso por este mundo que dejó una huella imborrable. Y cuando la duda los asalte, cuando el dolor les pregunte si pudieron hacer más, miren al Señor que dice: 'Te he conocido desde antes de que fueras formado'. Ustedes, Alan y Thao, no fallaron. Ustedes fueron el amor de Dios para Ben. No se acusen de lo que solo Dios comprende. La enfermedad que lo llevó a casa no fue un castigo, ni una omisión. Fue un misterio que escapa a nuestra voluntad, y ante ese misterio, solo queda el abrazo de un Padre que también perdió a su Hijo por nosotros.
El Evangelio de hoy nos presenta una exigencia que parece imposible: 'Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian'. Jesús nos llama a una medida que no es la medida del mundo. El mundo mide, calcula, espera recibir a cambio lo mismo que dio. Pero Jesús nos pide que demos sin esperar nada, que seamos misericordiosos como el Padre. Es una medida que desborda: 'una medida buena, apretada, remecida, rebosante'. ¿No es acaso esa la medida del amor de Ben? Recuerdo cuando, en su bondad, ofreció su alcancía para ayudar a su tío William. No la rompió, no la entregó con estruendo, no buscó reconocimiento. Fue un ofrecimiento silencioso, un gesto de un corazón que, a sus quince años, ya entendía que el amor es darse, no guardarse.
Ryan, tu hermano mayor te mira. Él sabe lo que sientes cuando te sientas en la mesa y falta su risa. Él sabe lo que es querer ser fuerte cuando el corazón está roto. Pero recuerda: él no ha dejado de ser tu hermano. Él sigue estando en tu equipo. Cuando sientas que necesitas fuerzas, recuerda su lema: 'Esforzarse es lo único que importa'. No tengas miedo de vivir, de perseguir tus sueños, de ser el niño curioso que siempre fuiste junto a él. Él está celebrando cada uno de tus pasos desde el 'Banquet of Heaven'. Él no se ha ido de tu vida; se ha convertido en tu intercesor, en ese hermano que, desde la luz, te anima a seguir construyendo tu propia historia, esa historia que él amaba tanto.
El amor, como Ben nos enseñó, no termina con la muerte. Ese pozo de agua, el 'Giếng Gioan Baotixita' en Cà Mau, que lleva su nombre, es un signo vivo de esto. Cada gota de agua que calma la sed de un niño, cada vida que se refresca gracias a ese gesto, es una extensión de la bondad de Ben. Él sigue dando de beber a los sedientos, sigue siendo una fuente de esperanza. Es un recordatorio de que, aunque la vida de un niño sea corta en años, puede ser infinita en su impacto. Ben no ha dejado de amar; él simplemente ha aprendido a amar de una manera que nosotros, todavía limitados por el tiempo y el espacio, apenas podemos comenzar a imaginar.
¿Qué pueden llevarse hoy al salir de aquí? Les propongo algo pequeño. Hoy, al ver a alguien que necesita una sonrisa, un gesto amable, o incluso una palabra de aliento, háganlo en nombre de Ben. No como un acto de tristeza, sino como un acto de continuidad. Que cada pequeño gesto de bondad sea una forma de decir: 'Ben, aquí seguimos, amando como tú nos enseñaste'. La paz de Cristo, que supera todo entendimiento, los guarde hoy y siempre. No busquen respuestas en el pasado, porque el pasado ya está en manos de Dios. Busquen la presencia de Dios en el presente. Él está en la mesa, está en el patio, está en el silencio de su hogar. Él es el Señor que sana los corazones quebrados. Él les dice hoy, con la misma ternura con la que miró a sus discípulos: 'No teman, yo estoy con ustedes'. Ben está en paz, y ustedes, bajo el cuidado de Dios, también encontrarán la suya. Sigan adelante, sigan amando, sigan siendo la familia que él tanto adoraba. El amor no termina; el amor, como Ben nos enseñó, es la única realidad que permanece cuando todo lo demás pasa. Que la Virgen María, que también conoció el dolor de ver a su Hijo en la cruz, los abrace hoy y les susurre al oído que no están solos. Ben está bien, Ben está en casa, y los espera al final del camino. Recuerden, en cada momento de soledad, que ustedes son conocidos por Dios, y que en ese conocimiento, hay una paz que nadie les puede quitar.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Vayan en paz, sabiendo que son amados profundamente.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.