En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén. Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes.
Señor, ten misericordia. Cristo, ten misericordia. Señor, ten misericordia.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Hoy, seis semanas después de que nuestro querido Benjamin Vo fuera llamado a la casa del Padre, las lecturas nos invitan a confrontar la realidad del sufrimiento y a encontrar la esperanza en la justicia divina. Nos hablan de un mundo complejo, donde el bien y el mal coexisten, y nos aseguran que, al final, Dios establecerá su Reino de luz.
En la primera lectura, el profeta Jeremías clama con un dolor desgarrador. Sus ojos se anegan en lágrimas por la devastación de su pueblo, por una herida incurable. Se pregunta: “¿Por qué nos has herido con un golpe que no puede ser curado?”. Es un grito de angustia, una súplica a Dios en medio de la desolación. Jeremías, al igual que nosotros en momentos de profunda tristeza, busca una explicación, un consuelo, y finalmente se vuelve a Dios, reconociendo: “¿No eres tú solo, oh Señor, nuestro Dios, a quien miramos? Tú solo has hecho todas estas cosas”. Es un acto de fe, incluso en la oscuridad.
Luego, en el Evangelio, Jesús nos explica la parábola de la cizaña y el trigo. Los discípulos le piden: “Explícanos la parábola de la cizaña del campo”. Y Jesús responde con claridad: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre, el campo es el mundo, la buena semilla son los hijos del Reino. La cizaña son los hijos del Maligno, y el enemigo que la siembra es el Diablo”. Nos revela que en este mundo, el bien y el mal crecen juntos. Pero Jesús no nos deja en la confusión; nos da una promesa de esperanza: “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre”.
¿No es cierto que a veces la vida nos presenta misterios que nos abruman, como la cizaña en el campo? Nos preguntamos por qué suceden ciertas cosas, por qué hay sufrimiento, por qué se nos arrebatan vidas jóvenes y prometedoras. Benjamin Vo, nuestro querido Ben, era un muchacho que creía firmemente que “intentarlo es todo lo que importa”. Ya fuera en la cancha de bádminton o esforzándose en las pruebas de baloncesto, él daba todo de sí. Esa determinación, esa voluntad de esforzarse y de no rendirse, nos habla de un espíritu que siempre buscaba la buena semilla, que cultivaba la perseverancia en su propio corazón. Su vida, aunque breve, fue un testimonio de que la buena semilla, la que busca el bien y se esfuerza, es la que Dios valora y hace resplandecer.
Para Alan y Thao, para Ryan, para sus abuelos, tíos, tías, primos y todos los que amaron a Benjamin, sé que el dolor es inmenso y que las preguntas pueden ser muchas. Seis semanas es un tiempo para seguir buscando consuelo. Pero la Palabra de Dios nos asegura que, aunque en este mundo la cizaña y el trigo crezcan juntos, al final, los justos resplandecerán. El sufrimiento y la enfermedad no son un castigo de Dios, ni son culpa de nadie. Son parte del misterio de este mundo caído, más allá de nuestro control. No se culpen, no se reprochen. Ben está ahora en la luz de Cristo, donde su espíritu determinado y su bondad han encontrado su plenitud eterna. Su recuerdo, su radiante sonrisa y su espíritu gentil, son un faro de esperanza para todos ustedes. Vivan por Ryan, vivan por Ben, vivan en la esperanza que Cristo nos ha dado.
Y para todos los que nos acompañan desde lejos, especialmente otros niños que sufren y cada familia que lleva una cruz pesada: sepan que no están solos. Dios los ve, los escucha y los sostiene. En este momento de oración, nos unimos como una sola familia en Cristo, llevando nuestras cargas unos por otros, confiando en que la esperanza es más fuerte que cualquier tristeza. Que la memoria de Benjamin nos inspire a vivir cerca de Jesús, del Padre y de nuestra Santísima Madre María. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, los ilumine con su rostro y les conceda la paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.