En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, nos reunimos hoy para buscar consuelo y esperanza en la Palabra de Dios, confiando en su amor que todo lo abraza.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Nos reunimos hoy, cinco semanas después de que nuestro querido Benjamin Vo fuera llamado a la casa del Padre, y la Iglesia celebra la Fiesta de Santa María Magdalena. Las lecturas de hoy nos invitan a un viaje de búsqueda, de anhelo profundo, y de un encuentro transformador con el Señor.
En la primera lectura, del Cantar de los Cantares, escuchamos la voz de la Novia que dice: “En mi lecho, por la noche, busqué al que mi corazón ama; lo busqué, pero no lo encontré.” Es una imagen poderosa de un alma que busca con fervor, que no se rinde ante la ausencia, sino que se levanta y sale a las calles y plazas, preguntando a los guardias: “¿Han visto al que mi corazón ama?” Y la promesa llega: “Apenas los había dejado, cuando encontré al que mi corazón ama.”
Este anhelo, esta búsqueda incansable, es el mismo que vemos en el Evangelio de hoy con María Magdalena. Ella va al sepulcro temprano, aún oscuro, y encuentra la piedra removida. Corre a avisar a Pedro y al otro discípulo, pero su corazón no encuentra paz. Vuelve al sepulcro, y allí, “lloraba María junto al sepulcro.” Su dolor es palpable, su búsqueda desesperada. Los ángeles le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?” Y ella responde con la angustia de un corazón que ha perdido lo más preciado: “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.”
Piensen en ese momento… en su dolor, en su confusión. ¿No nos sentimos así a veces, buscando a Dios en medio de nuestra propia oscuridad, de nuestras pérdidas, sin saber dónde encontrarlo? María Magdalena, en su desesperación, incluso confunde a Jesús con el jardinero. Pero entonces, Él pronuncia una sola palabra, su nombre: “¡María!” Y en ese instante, todo cambia. Ella lo reconoce, “¡Rabbouni!”, Maestro. Su búsqueda ha terminado en un encuentro personal, íntimo, que transforma su lamento en una proclamación: “He visto al Señor”.
Nuestro querido Benjamin Vo, con su mente brillante y su espíritu gentil, era un muchacho de una curiosidad insaciable. Le encantaba explorar el mundo, desde las bulliciosas calles de Beijing hasta las sagradas grutas de Lourdes. Esa sed de conocimiento, esa alegría por descubrir, es un eco de la búsqueda espiritual que todos llevamos dentro. Ben nos recordaba que la vida es un viaje de descubrimiento, y que en cada paso, en cada experiencia, podemos encontrar destellos del amor de Dios. Su vida, aunque breve, fue un testimonio de una búsqueda alegre y de un corazón abierto al asombro.
Para Alan y Thao, para Ryan, para sus abuelos, tíos, tías, primos y todos los que amaron a Benjamin, sé que el dolor es inmenso. Cinco semanas es un tiempo corto para asimilar una pérdida tan profunda. Pero la Palabra de Dios nos asegura que, como María Magdalena, incluso en medio de las lágrimas, podemos encontrar al Señor. Él pronuncia nuestros nombres, nos llama por nuestro nombre, y nos revela su presencia. Benjamin está ahora en la luz de Cristo, en la presencia de Dios, donde ha encontrado plenamente al que su corazón ama. Su recuerdo, su radiante sonrisa y su espíritu gentil, son un faro de esperanza para todos ustedes. Vivan por Ryan, vivan por Ben, vivan en la esperanza que Cristo nos ha dado.
Y para todos los que nos acompañan desde lejos, especialmente otros niños que sufren y cada familia que lleva una cruz pesada: sepan que no están solos. Dios los ve, los escucha y los sostiene. En este momento de oración, nos unimos como una sola familia en Cristo, llevando nuestras cargas unos por otros, confiando en que la esperanza es más fuerte que cualquier tristeza. Que la memoria de Ben nos inspire a vivir cerca de Jesús, del Padre y de nuestra Santísima Madre María. Amén.
For the intentions entrusted to Ben on our prayer wall:
Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.
Que el Señor los bendiga y los guarde, ilumine su rostro sobre ustedes y les conceda la paz. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
✝ Que os bendiga Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.